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La patota

Santiago Mitre

CINE y TV

El clásico que Daniel Tinayre dirigió en 1960, La patota, llegó a las salas como una ficción moral que intentaba enseñar la fe en la reforma de los jóvenes descarriados por la gracia del perdón cristiano y el producto edificante de la educación, creando una forma narrativa y un repertorio de imágenes que, sostenidas en lo mejor de la tradición noir, aseguraron tanto el tono anímico de la acción como el paisaje urbano donde el Bien y el Mal arreglaban sus diferencias. Más de cincuenta años después, la remake del director de El estudiante se desliza desde aquel didactismo conservador hacia una heteronomía irónica sobre la política como práctica transformadora, y desde aquella sofisticación de la puesta en relato y las evocaciones del alfabeto expresionista, hacia una búsqueda en torno al punto de vista y una elaboración realista de la puesta en escena que pierden en el camino la elocuencia estilística y la coherencia entre forma y contenido del antecedente que se versiona. Ese desplazamiento con respecto al original aprieta donde más le duele al progresismo: la relación siempre problemática entre la militancia y el destinatario de su acción bienintencionada, el pueblo o las múltiples figuras de la otredad.

Paulina, la protagonista, una abogada porteña que viene de la familia judicial y de buena posición, abandona un inminente doctorado y una carrera segura y parte hacia Misiones para dar clases en una escuela rural, como parte de un programa de ampliación de derechos. Pero el viaje no responde a las expectativas de su activismo: los alumnos, lejos de ver en el esfuerzo docente una oportunidad para atenuar las exclusiones de un orden social injusto, experimentan la incomodidad y la reticencia que les despiertan un aula que no han elegido ocupar, una gringa incapaz de entender el guaraní y recién llegada de la Capital que impone las reglas en esas cuatro paredes, y su discurso, que les es ajeno. Y, en el colmo de la tensión de clase y de mundos, un operario de la industria maderera —con la complicidad de algunos pibes que asisten al curso que Paulina dicta— la viola. Civilización y barbarie, o una parábola libre del guión original de Eduardo Borrás, que se convierte en una provocación sobre un potencial sujeto político del campo popular. En la cámara de Mitre y la letra de Mariano Llinás, por un lado, el idealismo dogmático y obstinado le impide a Paulina ver la complejidad de la realidad que enfrenta y, en el extremo de la contradicción, le imposibilita pensar la responsabilidad individual de quienes la han victimizado; por el otro, los habitantes de la tierra roja son sustituidos menos por la concepción de Paulina, que los percibe como víctimas de un sistema cruel, que por los trazos de un retrato estereotipado que los vuelve expulsivos para el sentido común.

En esta dificultad para representar al otro, la crítica que Mitre lleva a la pantalla encuentra su límite. La patota que ejerce violencia sobre la mujer aparece de principio a fin como una presencia casi anónima y brutal, desprovista de progresión e indiferente al sacrificio profano de Paulina, que renuncia a judicializar su drama y elige continuar con el embarazo que ha llegado con el abuso. El riesgo de construir la mirada de ese grupo, que convive con la selva (lo otro de la ciudad) y que es actuado sin llegar a saberlo por una cultura machista y una ciega impulsividad (lo otro de la razón crítica de Paulina), languidece en una narración cuya polifonía se agota en correr la cámara unos metros y volver a contar desde otro ángulo (Paulina percibida por una subjetiva de la pandilla que espera en lo alto de la obra en construcción, y luego arrastrada hasta la escena del ataque), pero sin que los hechos y su entorno se revelen con un nuevo aspecto, desconocido hasta ese giro de la mirada. La protagonista queda arrinconada en el dilema ético de priorizar el bien común, optando por evitar el camino del castigo, o el interés individual, persiguiendo una reparación legal para el perjuicio sufrido. Quizás ahí, en cierto escenario de libertad que asoma por momentos como un fugaz resplandor, brille el verdadero filo del film: la subjetividad como barricada y espada, o el plano final de Paulina con su decisión y el horizonte rojo detrás.

 

La patota (Argentina, 2015), guión de Santiago Mitre y Mariano Llinás sobre guión original de Eduardo Borrás, dirección de Santiago Mitre, 103 minutos.

13 Ago, 2015
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