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El mal inglés

DISCUSIÓN

No creía en el Brexit, pensaba que sólo un pueblo de borrachos podía decidir una catástrofe autodestructiva semejante. Me olvidaba de que los ingleses son, de hecho, un pueblo de borrachos. Bromeo, naturalmente, ya que no creo en la existencia de los pueblos. Pero creo en la lucha de clases, y la decisión de los trabajadores ingleses de hundir definitivamente la Unión Europea es un acto de desesperación que sucede a la violencia del ataque financiero que desde hace años empobrece a los trabajadores de todo el continente, y también a los de esa isla de mierda.

Desgraciadamente, los trabajadores ingleses que votaron masivamente por el Brexit han cometido un error colosal, como suele sucederle a quien, debido al empobrecimiento material y psíquico, ha perdido el bien del intelecto. Es cierto que la Unión Europea se ha convertido con el tiempo en un monstruo neoliberal, pero el origen de la demencia neoliberal, que destruyó a Europa y que arrasa el mundo entero desde hace cuarenta años, está justamente en el país de Margaret Thatcher. No es Inglaterra la que debe salir de la Unión Europea, sino la Unión Europea la que debería salir de Inglaterra. Lamentablemente, ya es tarde para hacerlo, porque tras haber contraído el mal inglés, la Unión Europea se reduce actualmente a ser un dispositivo de empobrecimiento de la sociedad, de precarización del trabajo y de concentración del poder en manos del sistema bancario. Gran parte de las motivaciones que han llevado a los trabajadores ingleses a votar por el Brexit son comprensibles. Pero el problema no está en las razones, el problema está en las consecuencias.

La Unión Europea dejó de existir hace tiempo, al menos desde julio de 2015, cuando Syriza fue humillado y el pueblo griego fue definitivamente sometido. ¿Necesitamos quizás una Europa más política, como repiten ritualmente las izquierdas al servicio de los bancos? Durante años creímos en el cuento de hadas de una Europa que debía volverse más política y más democrática, pero de Maastricht en adelante, y ya contraído el mal inglés, la Unión Europea se convirtió en una trampa de los financistas.

Un artículo de Paolo Rumiz (“Come i Balcani”), publicado el 23 de junio en La Repubblica, dice algo que desde hace algún tiempo me parece claro: el futuro de Europa es la Yugoslavia de 1992. Rumiz tiene razón, sólo que olvida el rol que tuvo el Deutsche Bank en empujar a los yugoslavos hacia la guerra civil (algo en lo que Wojtila también hizo su parte).

Ahora creo que es preciso decirlo sin eufemismos: el futuro de Europa es la guerra. Su presente es ya la guerra contra los migrantes, que ha costado hasta el momento decenas de miles de muertos y una violencia incalculable. Quizás suene un poco antiguo, pero al menos para mí sigue siendo cierto que el capitalismo lleva la guerra como la nube lleva la tempestad.

¿Qué se hace en estos casos? ¿Se detiene la guerra imponiendo los intereses de la sociedad por sobre los de las finanzas? Naturalmente que sí, cuando esto es posible. Pero hoy no es posible detener la guerra porque ya está en marcha, aunque hasta el momento los muertos sean decenas de miles de migrantes, en un Mediterráneo cuyas aguas saladas han sustituido al Zyklon B.

Uno tras otro, los movimientos han sido destruidos. ¿Y entonces? Entonces pasamos a la otra parte del adagio de Lenin (señalo, por si a alguien le queda alguna duda, que nunca he sido leninista y no pretendo ahora convertirme en uno).

La guerra imperialista se transforma en guerra civil revolucionaria. ¿Qué quiere decir esto? No lo sé y nadie puede saberlo hoy. Pero en los próximos años creo que vamos a tener que pensar únicamente en eso. No en cómo salvar la Unión Europea; que el diablo se la lleve. No en cómo salvar la democracia, que jamás ha existido. Sino en cómo transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. Pacífica y sin armas, si es posible. Guerra de los saberes autónomos contra el control y la privatización.

En conclusión, no llevo luto porque los ingleses se van. Llevé luto cuando los griegos fueron obligados a permanecer en las condiciones en que lo hicieron (y ahora ¿qué será de ellos?). Cien años después de Octubre, creo que nuestra tarea es preguntarnos: ¿qué significa Octubre en la era de Internet, del trabajo cognitivo y precario? El abismo que nos espera es el lugar donde tenemos que pensar en esto.

 

 

Traducción: Ezequiel Gatto y Emilio Sadier

Fuente: «L’inglese se n’è gghiuto e soli n’ha lasciati», Comune, 24/6/2016.

 

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