Peroratas

Fernando Vallejo

LITERATURA IBEROAMERICANA

Perorar, además de hacer comentarios molestos o inoportunos, es repetir una súplica o petición. ¿Y sobre qué perora Fernando Vallejo? En este volumen que recoge sus ensayos, conferencias y artículos periodísticos, síntesis inmejorable de la coherencia conceptual con que este novelista de ideas y autobiógrafo compulsivo ha elaborado una de las obras más provocativas de las letras actuales, el pensamiento que más se repite, eje de sus acostumbradas cantilenas, es el primero de sus dos «mandamientos»: “No te reproduzcas que la vida es un horror e imponerla el crimen máximo”. Pesimista y antinatalista como Schopenhauer, Vallejo insiste en alertar sobre los peligros de la superpoblación a nivel mundial –sobre la “paridera”, como le gusta decir–, denunciando los nexos entre la moral religiosa y el problema de la expansión demográfica. Así, su condena del cristianismo adquiere un sentido tanto humanista como ecológico: ante una Iglesia católica que no deja de hacer campaña a favor de la familia, exhortando a tener hijos; ante una Iglesia que no sabe distinguir entre prevención e interrupción del embarazo y que combate el sida recomendando la castidad; ante una Iglesia que considera la contracepción un pecado mortal en la creencia de que “todo esperma es sagrado”, ¿cómo no ver al Papa como el responsable de la máxima irresponsabilidad? “Con los espermatozoides que se pierden en un día en esta Tierra –ironiza Vallejo– hay para llenar de gente el sistema solar y esta galaxia. ¿Por qué no recoge todas esas eyaculaciones, Su Santidad, para que no se pierdan, y las congela en frasquitos?”.

Desde 1950, la población mundial se ha triplicado, y en este tiempo hemos alterado el planeta más que en los doscientos mil años de historia humana. Cada semana, más de un millón de personas aumenta la población de las ciudades del mundo. Ahora bien, ¿hay que ver en la prédica antinatalista de Vallejo una utopía de extinción (extravagante como la idea de Orígenes de suicidarse dejando de respirar), o una hipérbole cuyo fin último sería subrayar la necesidad de promover el control demográfico? “Todo es cuestión de bioética”, concluye el autor, de lo que se desprende su “segundo mandamiento”: respetar a los animales que “también son nuestro prójimo y sienten el dolor y tienen alma y no son cosas”. La única salvedad que hace, en este sentido, es con la paloma del Espíritu Santo (“Caldo de Espíritu Santo a las finas hierbas: con tomillo, abracadabra, perejil…”), al tiempo que sólo recupera la figura de Cristo para machacar: “No se reproduzcan, así como él no se reprodujo”.

Ni teofanía, ni parusía, ni juicio final: la catástrofe ha dejado atrás las imágenes del libro del Apocalipsis para plasmarse en las líneas de una gráfica. Y si Vallejo está muerto, como él nos quiere hacer creer, tal vez se deba a la causa egoísta de la muerte de cada uno. ¿A quién puede importarle, después de todo, que el mundo sea aniquilado si no podemos vivirlo? Al igual que Thomas Bernhard, otro artista de la monotonía y la repetición (en opinión de Bernhard, sólo los mediocres buscan variaciones; el genio se repite), Vallejo es la prueba viva de que la esperanza se nos da a través de los desesperados.

 

Fernando Vallejo, Peroratas, Alfaguara, 2013, 316 págs.

18 Jul, 2013
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