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El fin de los días

Jenny Erpenbeck

OTRAS LITERATURAS

“El verano pasado aún fuimos de aquí a Marienbad. ¿Y ahora, adónde vamos ahora?” se pregunta W.G. Sebald desde el epígrafe que abre esta novela. La referencia a aquellos autores europeos de posguerra que —como Alain Resnais—, abrumados por el infierno de las dos guerras, encontraron la forma de narrarlo en estilos que los hicieron únicos, permite ubicar a Jenny Erpenbeck, nacida en Alemania Oriental, en esta misma serie.

Con una prosa de una exquisitez notable, Erpenbeck narra la historia de tres generaciones de mujeres de una familia judía, en su desplazamiento por el territorio que formaba el Imperio austrohúngaro, desde los años previos a la Revolución Rusa hasta la caída del Muro de Berlín. Frente al horizonte de la muerte individual y colectiva, y contra la idea de que una vida puede ser contada linealmente, imagina para la protagonista distintas vidas posibles según el momento en que sobrevenga su muerte. Con estos hilos tramará la historia del siglo que Eric Hobsbawn definió como “corto” —pero que para quienes lo transitaron fue de una crueldad tan diversa e intensa que lo distinguió de sus predecesores— y logra convertir cada uno de sus párrafos separados y yuxtapuestos en una pieza de orfebrería.

Hay un núcleo del cual la novela pareciera surgir y es la idea de frontera, que explora en toda su densidad conceptual. Es la frontera de los límites de ese imperio que la Gran Guerra reformuló. O la que, separando dos mundos irreconciliables, la protagonista encuentra en la ciudad de Berlín y en el muro que la atraviesa, cifra de un territorio escindido que no es otro que su yo (porque esta autora lo sabe: lo personal siempre es político). O el mismo frente de batalla como única frontera posible (“¿Entonces la muerte no era un momento, sino un frente, a lo largo de toda una vida?”), y también la de un territorio difuso donde los comunistas europeos podían ser fusilados tanto por el ejército nazi como por la inteligencia estalinista.

Como poética de frontera podríamos definir la que pone a sus personajes y a sus lectores frente a frente. ¿Se llama cobardía el abandono de la mujer frente a la muerte del hijo, o fortaleza para empezar de nuevo? ¿Cómo se mide el valor de un ser humano que se prostituye? ¿Dónde estaba realmente un poema mientras era traducido de una lengua a otra? Sobre la base de interrogantes como estos, Erpenbeck construye escenas que, con diálogos mínimos y condensadas en un gesto, van al hueso de la historia.

La suya es una narrativa que busca contar explorando “la forma en que cada palabra se abre paso por entre la espesura de las palabras”. Vuelve sobre las escenas para contarlas otra vez y en esa repetición reformula el sentido. Es un procedimiento que la poesía conoce muy bien y que los escritores de la Opoyaz, durante los primeros años de la revolución soviética, pusieron en primer plano, convencidos de la función revolucionaria de las palabras, en una época en que “la literatura misma era algo tan real como un paquete de harina, un par de zapatos o una multitud alborotada”. Un pequeño manifiesto para una extraordinaria prosa poética.

 

Jenny Erpenbeck, El fin de los días, traducción de Carlos Fortea, Edhasa, 2016, 312 págs.

24 Nov, 2016
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