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Final de partida

Samuel Beckett

TEATRO

Cuando se preparaba el estreno de Endgame en Londres, el Lord Chambelán, que en aquellos años oficiaba de censor, cuestionó la escena del rezo en la que Hamm, refiriéndose a dios, dice: “The bastard! He doesn’t exist”. Luego de resistirse, Beckett ofreció el no más dulce swine (“cerdo”) para reemplazar bastard. En un país tomado por la euforia papista, es un pequeño acontecimiento que Alfredo Alcón, el actor más querido y popular –al menos del teatro–, a sus 83 años, vuelva al escenario para hacer Final de partida en los roles de director y actor.

Lo más destacable del excelente montaje de Alcón es que no hay atisbo de solemnidad en las actuaciones. El Hamm que interpreta él mismo va y viene entre sus raptos de autoritarismo y una fragilidad que llega a ser conmovedora –cada vez que pregunta si no es la hora de su calmante, uno tiene el impulso de extenderle un blíster de ibuprofeno–. Amo paralítico y ciego, Hamm tiene en Clov (Joaquín Furriel) a un sirviente, cuasi hijo adoptivo, sumiso y desafiante a un tiempo. La juventud y la elasticidad –pese a su paso apretado, es difícil ver que sus piernas están “mal”, como dice el texto– del Clov de Furriel lo tornan más amenazante ante su amo impedido. En la desolación postapocalíptica que los rodea, ellos insisten en sostener ese vínculo que los ata y da sentido a sus vidas. “¿Por qué te quedás conmigo?”, pregunta Hamm. “¿Por qué me retenés?”, contesta Clov con su mirada extraviada y perturbadora. Cada vez que Nagg (Roberto Castro) y Nell (Graciela Araujo), los viejos padres de Hamm, salen de sus tachos, interrumpen la partida amo-esclavo en el momento justo en que está por estallar o por cansar. Sutilmente clownescos, Castro y Araujo provocan la risa genuina, más o menos negra, sin excesos ni esfuerzos. Los vestigios del amor que hay entre ellos y la infinita ternura de Araujo cada vez que dice “ah, ayer” alcanzan para imaginar que en algún momento las cosas fueron diferentes.

La puesta de Alcón sigue rigurosamente las minuciosas didascalias beckettianas, al igual que la escenografía de Norberto Laino (con énfasis propios, como los más altos y pequeños ventanucos que agudizan el encierro pesadillesco). Cumbres crepusculares del modernismo, los textos de Beckett se caracterizan, ya se ha dicho, por una ascesis radical. ¿Será por su bajo espesor referencial e histórico que el teatro de Beckett no parece admitir la posibilidad de algo así como una versión o adaptación, a la manera, por ejemplo, de lo que hizo Daniel Veronese con Chéjov e Ibsen? En cualquier caso, la decisión de seguir la inmediatez y las acciones físicas de la partitura beckettiana resulta acertada. Con excepción de los dos o tres “carajo” que irrumpen con su argentinidad, la traducción de Francisco Javier facilita la fluidez y el ritmo perfectos de la interpretación. “¡Mentiroso! No existe”, dice un ofuscado Hamm-Alcón ante el silencio de dios, en una opción acaso más tímida que la censurada versión inglesa, pero igual de contundente.

 

Final de partida, de Samuel Beckett, dirección de Alfredo Alcón, Teatro San Martín, Buenos Aires.

13 Jun, 2013
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