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Reducir al mínimo indispensable

DISCUSIÓN

Es natural que ante una evaluación radical de las costumbres y estructuras mentales se produzca una reacción defensiva, sin embargo no se trata aquí de eliminar o combatir sino de observar sin prejuicios ni crispaciones ciertos hábitos de vida que no son ni siquiera personales, antes bien adquisiciones, en su mayor parte inconscientes, que circulan como datos de facto por los canales sociales, políticos y culturales, a manera de “comandos de identidad”. Esta identidad supuestamente humana no es otra cosa que una construcción interesada y circunstancial, un compuesto de accidentes históricos y egoísmos colectivos que mantiene a la especie en un limbo evolutivo. El llamado a reducir al mínimo indispensable ciertas acciones es una invitación a investigar los límites y potencialidades de cada cual, no a generar nuevas prohibiciones.

Sólo un individuo, en la propia intimidad de su ser, allí donde ninguna representación es necesaria, puede definir de cuáles máscaras y roles puede y desea prescindir; cualquier otra intervención, por bienintencionada que ella sea, no haría más que interrumpir o falsear el proceso. Al mismo tiempo, tal proceso sólo hallaría su definición mejor en el seno de una comunidad de individuos sumidos en una investigación similar, una comunidad no conminatoria que no dé por sentada verdad alguna ni practique la conversión de la opinión o el sentido común en ley universal. Ambos elementos son indispensables, el individuo en la extrema soledad del preguntarse para qué sirve esto o aquello, y la comunidad afín como piedra de toque para una transformación no representativa, dado que solo un individuo que quiera honestamente servir a dicha comunidad se plantearía una investigación semejante.  En resumen, el “reducir al mínimo indispensable” lo que sea según el caso no implica la creación de una instancia enjuiciatoria más allá del ser, sino una comunión de investigaciones.

 

Agua. Pocos temas hay tan atrayentes como este para el diluvio de cifras y estadísticas. ¿Cuántas personas mueren anualmente debido a la escasez de agua? ¿Cuántos litros de agua necesita (o usa) diariamente un individuo? ¿Existe una ecuación capaz de conectar estas dos cifras en perenne mutación? En fin, ¿cuánto nos falta para arribar al país de Meñique, y cepillarnos los dientes con Coca Cola, ducharnos con Fanta y descargar el inodoro con Red Bull? Pues, si algo queda claro, es que en un mundo coaccionado por el provecho, podrá desaparecer el agua pero no los productos suntuarios elaborados con ella. Llegará el agua a ser tan cara como el champán, tan rara como la transparencia que ella evoca: “seré tan claro como el agua”… Hace ya tiempo que desconecté la tubería de desagüe del lavamanos y coloqué debajo del tragante un cubo plástico, retiré el tanque del inodoro (pues todos emplean más agua de la necesaria y suelen tener fugas, más o menos insidiosas) y dispuse junto al fregadero otro cubo para recoger los restos dee las operaciones del fregado, lavado de alimentos, etcétera. Sé que estas operaciones parecerán horrendas a la mayoría de las personas civilizadas (es decir, aquellas que no sufren aún, directamente, la escasez de H2O), pues niegan dos de los elementos básicos de toda civilización moderna: la comodidad y el despilfarro. Mas lo he hecho como “experimento existencial”, no como performance con pretensiones teóricas. Funciona.

No he sido llevado a ello por una situación desesperante (tal como la que padecen millones de seres humanos, por no hablar de otros seres vivientes), tampoco por una cuestión de costo monetario. Tal vez el costo mayor, el más oneroso, es el de ver cómo desaparece de nuestra conciencia el simple amor por los elementos, a cambio de un confortable parasitismo ciudadano, eso sí, siempre alerta a derechos y deberes prefijados por la máquina. Que, como cualquier otro elemento, no puede funcionar sin agua.

 

Arrogancia. Ningún ser vivo justifica su existencia en tanto que materia prima para la existencia de otro ser vivo, sea el que fuere. Si bien nociones tales como “la cima de la cadena alimentaria”, “la supervivencia del más apto”, etcétera, nos han acostumbrado —con la bendición implícita en la frase “a Su imagen y semejanza” — a practicar la ley del más fuerte a escala empresarial, promoviendo una industria de la muerte y el consumo que —¿cómo podría ser de otra manera? — no exime, en su avidez, ni a los propios humanos, la realidad biológica de la cual no somos más que una ínfima parte es, afortunadamente, mucho más compleja. No existe, ni puede existir —ni siquiera en los ámbitos enrarecidos de la ciencia ficción— un espacio vital cien por ciento humano, dado que el propio cuerpo humano es el espacio vital de miríadas de otras criaturas cuya inteligencia está hoy fuera de toda duda digna de llamarse científica. La catastrófica situación que la comunidad humana enfrenta en este mismo instante en su guerra imposible contra las bacterias es un claro ejemplo de cuán poco inteligente ha resultado el negar la conciencia a las formas más minúsculas de vida. Por no hablar de aquellas otras formas diminutas pero no invisibles que, como las hormigas, por su organización y eficiencia elementales parecen reírse silenciosamente de la caótica, destructiva masa humana.

Entonces, mirando abajo, arriba, adentro, a todos lados, hay que dar gracias a las innumerables y variadas formas de vida que nos rodean y que, aunque nos sirvan, no fueron creadas para ello. Y, en cuanto a aquellos que fueron creados por la inteligencia humana, a través de la domesticación y el cruzamiento genético, habría que preguntarse, no qué sería de ellos sin nosotros sino qué sería de nosotros sin ellos.

 

Agricultura: Masanobe Fukuoka y la intervención mínima. “Creced y multiplicaos”; así como hay resortes para aumentar —la intervención, el volumen, el control—, también puede haberlos para disminuir. Masanobe Fukuoka, campesino japonés convertido en especialista en la universidad urbana, quiso volver a la tierra para poner en práctica su visión radical de las artes agrícolas. Como si hubiera visto la luz por la fisura entre ciencia y naturaleza, a fin de cuentas estaba habituado al uso del microscopio, Masanobe llega a la conclusión, estilo Shakyamuni, de que no sabemos nada y, por lo tanto, no conocemos el conocimiento. Este es el resorte que le permite imaginar una agricultura basada en el mínimo de intervención humana.

Tras varios años de experimentos fallidos y cuasi catastróficos en los naranjales y otros cultivos paternos, logró echar las simientes de una agricultura permisible que no maltrata ni mercantiliza la tierra que la sostiene. Los detalles técnicos los encontramos en el libro The One-Straw Revolution que narra, literalmente, un viaje a la semilla. Baste señalar que en esta aventura no participan químicos industriales en forma de herbicidas, pesticidas o abonos puesto que estos factores “de control” se encuentran presentes ya en la propia tierra, su entorno y habitantes, ni tampoco se admite “labrar” la tierra, perforarla ni rasgar su manto, o mantillo vegetal.

Fukuoka distingue tres tipos de agricultura, tres modos de tratar (de maltratar o no) la tierra: el industrial, el tradicional (cuyo emblema local serían los plantíos de arroz) y el suyo propio, una ocupación mansa de la tierra sin mayores pretensiones que la mera convivencia y la producción que de ella emana. Agricultura, permisible o permisiva, el modo Fukuoka conviene a quien precise de la tierra sin pretender por ello fetichizarla en propiedad o convertirse él mismo en máquina roturadora, segadora y cosechadora.

 

Comida. El plato de comida es uno de los frutos más acabados del triunvirato trabajo-dinero-consumo; de la cornucopia a la canasta básica, el módulo cultural llamado “comida” está vinculado, de manera casi umbilical, con la cantidad, aparece así una idiosincrasia del volumen. Grandes volúmenes de comida, o por comer, representan éxito, victoria sobre la miseria y en esa misma línea de celebración gloriosa, aparece el despilfarro y luego la miseria que había sido derrotada. El cuerno de la abundancia es también una caja de Pandora.

Esta identificación, técnicamente hablando, religiosa, entre gloria y volumen, que da a la comida su arquitectura: torres de hamburguesas, castillos de merengue, y desde luego la casita de chocolate, puede ceder ante una catástrofe, natural o provocada; tras un tsunami, durante una guerra, la combustión entre volumen y felicidad se apacigua en la misma medida en que el valor de todas las cosas se pone en entredicho. Dado que felicidad, bienestar, estar simplemente, no son mensurables, no están circunscritas al área del volumen aunque participen del volumen. Hablaremos de esto cuando afrontemos el tema del volumen, especialmente en el sonido y, de manera específica, en música.

Lo cierto es que, tras una crisis, un desastre que subvierta el orden de los valores, la ecuación bienestar-volumen se recupera gradualmente, puede decirse incluso que más rápidamente que los volúmenes físicos propiamente dichos. A fin de cuentas, así como se come “por los ojos”, se puede generar una realidad mirando a través del embudo del volumen. Por cualquiera de los dos orificios. Mas difícil es, sin embargo, que este mecanismo ilusorio se desconecte por sí solo; hay que desconectarlo o esperar por alguna intervención dramática estilo deus ex machina.

Cuando alguien desconecta la relación bienestar-volumen, el entorno se ve apaciblemente modificado. Es posible comer menos sin experimentar un descenso en los indicadores de bienestar, es posible incluso ser feliz en ayunas. Sin pretender ir demasiado lejos, recordemos que la literatura mística abunda en casos de éxtasis con la barriga vacía. Esto no sólo confirma que bienestar y volumen no pertenecen al mismo orden de cosas, sino también que al disminuir el volumen de un elemento cualquiera, digamos el ruido en la cocina de un restaurante, otro elemento puede hacerse audible. Así como cerramos un ojo para ver mejor con el otro, como en lo oscuro se ve mejor la luna, al acallar una fuente de información sensorial, otra fuente aparece.

 

Despilfarro de productos alimentarios. Cerca de 1,3 billones de toneladas de productos alimentarios son desechados en todo el planeta, es decir, un tercio de la producción alimentaria. Con lo que se bota bastaría para nutrir a los 795 millones de individuos que sufren de subalimentación crónica.

Todos son responsables del despilfarro a lo largo de la cadena de distribución, a partir de la etapa de la producción agrícola hasta el consumo (supermercados, puntos de venta, centros de alimentación colectiva tales como hospitales, escuelas, universidades, comedores, etcétera, así como en establecimientos privados y hogares).

 

Las pérdidas de productos alimentarios se evalúan en:

un 32% en la fase de producción

un 21% en la fase de transformación

un 14% en la fase de distribución

un 33% en la fase de consumo.

 

Las causas del despilfarro son múltiples:

Sociológicas: ritmo de vida, estructura y organización familiar, gestión deficiente.

Culturales: criterios estéticos (calibre, color, conservación, fecha de caducidad, etcétera).

Modo de alimentación.

Campañas publicitarias y promocionales: incitación a sobreevaluar las necesidades.

Cantidades problemáticas durante el consumo.

Reservas demasiado voluminosas.

Almacenamiento deficiente, retardo en la distribución, mala organización del transporte, mala organización de la conservación (ruptura en la cadena de refrigeración).

Económicas: sobreevaluación voluntaria de la producción, la cual genera la especulación sobre los productos alimentarios.

 

Resultados:

Aumento de espacios agrícolas monopolizados.

Aumento del empleo de pesticidas.

Despilfarro de agua de regadíos.

Aumento de la producción de envases (madera, plástico, tejidos).

Aumento de uso de energía en cultivos y cría de animales.

Aumento de energía en la refrigeración.

Aumento de energía en transporte y distribución.

Impacto en la salud: dos tercios de los desechos alimentarios deben ser incinerados o enterrados, dando como resultado la contaminación del aire, los suelos y el agua, con el consiguiente impacto climático reflejado en los gases de efecto invernadero.

Despilfarro de dinero cuyo costo va a parar al consumidor (alza de precios de venta y coste por el tratamiento de los desechos quee equivale a 750 billones de dólares anuales en todo el planeta).

 

Fuentes: Ministerio de la Transición Ecológica y Solidaria, ADEME y “cero desperdicio”.

Redacción: Ana Luna. Marsella. Diciembre 2019.

 

Dinero. No vamos a contar aquí la historia del dinero, enumerar sus funciones ni contabilizar las tragedias asociadas a su influjo. Baste decir que, en el transcurso de milenios de usos y abusos, el sirviente se convirtió en señor, el medio en fin, la herramienta en dios. Si en su origen el dinero es un mecanismo poético, una metáfora del valor, su propia capacidad simbólica le confiere, al mismo tiempo, una considerable fuerza para el sometimiento. No obstante, la “magia” que ha llevado al dinero a ocupar el centro de nuestros altares mentales puede desglosarse en actitudes o gestos comunes que tienen menos que ver con la economía que con la psicología.

En tanto que status symbol —“tanto tienes, tanto vales” — el dinero es una verdadera muleta psíquica, útil para recorrer con soltura el paisaje social mientras se disfraza cualquier carencia interior. No menos formidable es su capacidad compensatoria: se gasta dinero, ya no para mostrar que se tiene, sino para llenar un vacío emocional o sentimental, para premiarse a sí mismo por un sacrificio de “energía” o “tiempo” hechos, justamente, ante el altar del dinero, es decir, el trabajo mercenario. Es obvio, aunque vale la pena recordarlo, que la férrea cadena trabajo-dinero-consumo puede presentar un eslabón más “débil”, es decir más asequible a la observación individual, y es el del consumo, no pocas veces fortalecido con necesidades artificiales, actividades compensatorias o representativas que contribuyen, inevitablemente, a fortalecer el resto de la cadena.

¿No se desprende acaso de lo anterior que, en realidad, lo que conviene reducir al mínimo indispensable es el consumo y no la circulación y acumulación de dinero? Así lo parece y, sin embargo, lo que aquí se presenta como núcleo incandescente de nuestra actividad socioeconómica, es decir el sempiterno ciclo consumo-trabajo-dinero (que en este caso el orden de los factores no va a alterar la medida de la esclavitud), es también uno de los “centros hipnóticos” que detiene a la especie humana en su travesía evolutiva. Cuando ha sido posible disminuir el volumen de trabajo, gracias a la tecnología, el aumento consiguiente, y forzado, del consumo ha sido tal que reducir el trabajo a su condición de necesario se ha visto obstaculizado por toda suerte de nuevos deseos transformados en necesidades perentorias. ¿Magia? Es posible, en todo caso la rueda gira y, dado que “los últimos serán los primeros”, todos empujamos. ¿Qué tal si uno de los forzados dejara de remar?

 

Sonido. Silencio, escucho los autos por la avenida. En ráfagas, en olas. Estas me impiden escuchar las olas marinas que esperan del otro lado de la avenida, más allá de los carros. Debo admitir q, si me detengo a escuchar mi propio pensamiento (llámese “diálogo interno” o “flujo de la conciencia”) incluso el sonido vehicular pasa a un segundo plano y desaparece. ¿Con qué, entonces, escuchamos?

 

Televisión: un ejercicio de des-identificación. El joven protagonista de la novela de Alan Sillitoe, La soledad del corredor de fondo, descubre que puede suprimirle el audio al televisor y además agregar él sus propios sonidos. Al intervenir en la heterogeneidad calculada del canal televisivo, que es en sí misma una forma de homogeneidad, el muchacho reduce el volumen de la identificación y propone una lectura improvisada del aparato y, si se quiere, del sistema al cual el aparato responde.

El tareco mágico colocado en el centro de la pieza familiar, como parte de un retablo o sustituto del hogar de leños, propone, es más, dispone un espacio de identificación e hipnosis parecido al ojo de Mordor en El señor de los anillos de Tolkien. Es posible encenderlo, como la atávica fogata, adorarlo y en silencio rezar “La televisión soy yo” o quitarle el audio y recitar, como Gil Scott Heron, The revolution will not be televised.

 

Zapatos. Tuiavii de Tiavea, de las Islas Samoa, viajó a inicios del siglo pasado por varios países europeos, como parte de un grupo de representantes de las gentes de la Polinesia. Sus impresiones fueron recogidas por Erich Scheurman, un misionero, quien las diera a la imprenta en 1920. De la costumbre de usar zapatos, dice Tuiavii (quien, según Scheurman, era un gigante con voz de muchacha) que el europeo elabora con piel “una canoa para el pie izquierdo y una para el derecho. Estas barcas para los pies son atadas y anudadas con fuerza al tobillo con cuerdas y ganchos de modo que los pies estén en una sólida concha, como el cuerpo de un caracol marino”. Nota que el europeo lleva estos caparazones en los pies noche y día, dentro o fuera de la casa, haga frío o calor, por lo cual los pies “están como muertos y apestan”. De aquellos días a la fecha, mucho ha mejorado la situación del calzado, no así la de los pies.

Como vivir con guantes perennes en las manos es la institución de los zapatos; con su carga moral, histórica y simbólica del statu quo, es un milagro psicológico que nos permitan aún alzar los pies. Añadimos los lentes en los ojos, los audífonos en las orejas, el celular en las manos y, ahora, el nasobuco en lo que quedaba de rostro y vemos al hombre, cosmonauta en su propia tierra. ¿Recuerdan a Neil Armstrong andando como una marioneta sobre la luna? Se dijo entonces que era “un gran paso para la humanidad”. Pasos de marioneta.

La frase “tiene un zapato en la cabeza”, además de ser sinónimo de estupidez, ¿qué más puede señalar?

Tal vez, hacia la creencia en que los pies fueron creados para los zapatos, y no viceversa. Hay, por suerte, un sinnúmero de refrescantes excepciones a la susodicha fe: Isadora Duncan rechazando las coercitivas zapatillas de danza para exclamar “Yo puedo bailar esa silla”; La Lupe, soltando los zapatos en cualquier dirección para poder cantar, descalza, “lo tuyo es puro teatro”; Abebe Bikila desdeñando a Adidas para correr descalzo la maratón olímpica de Roma. Y en el plano de la política que llaman “alta”, cuya única altura se debe quizás a la medida de los tacones, no hay que olvidar a Nikita Khruschev quitándose el zapato en la ONU, ni a aquel periodista que disparara sus zapatos en dirección a George Bush. Con otros ojos podemos ver a Chaplin comerse sus zapatos en La quimera del oro.

Recuerdo que, en Milán, me llamó la atención que aquellas personas con las que te cruzabas en la calle, no te miraran a los ojos sino que te examinaran, al paso, los zapatos, como evaluando tu condición humana. Milán, que no sólo es capital industrial sino también metrópolis fashion, ofrecía a la vista una pasarela de veloces uniformados “a la moda”, obligándome a recordar al Martí que definiera el mundo de hoy como “vasta morada de disfrazados”. ¿Sería incorrecto afirmar que ese disfraz comienza por los zapatos? Lleva uniforme el abogado, el médico y el deportista; lleva uniforme el rapero, el hipster y la pole dancer (pues un cuerpo desnudo es más sexy con tacones); lleva su uniforme el monje (quien nunca debió llevarlo), la aeromoza y el obrero, “y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son”… a partir de sus zapatos.

Veo una foto de Rimbaud bajo el sol de Abisinia; no muestra la cabellera parisina, ni pipa ni sombrero, ya no lleva el uniforme de poeta vanguardista: está descalzo.

 

El autor invita a lxs lectorxs a continuar esta lista de formas de dilapidación, malos usos y confusiones con temas como la propiedad, la interferencia y la intervención, el volumen (de la producción industrial al arte: en la música, la arquitectura, etcétera), la política, la hipocresía, la representación, las drogas, la especialización, el sacrificio de animales, el ruido.

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