Otra Parte es un buscador de sorpresas de la cultura
más fiable que Google, Instagram, Youtube, Twitter o Spotify.
Lleva veinte años haciendo crítica, no quiere venderte nada y es gratis.
Apoyanos.
Desde un formato que nos recuerda a la trilogía Antes de… de Richard Linklater, Rodrigo Sorogoyen elige narrar Los años nuevos a partir de la elipsis. La serie cuenta la historia de Óscar (Francesco Carril) y Ana (Iria del Río) a lo largo de diez episodios que se desarrollan en un momento específico: el último día del año y el primero del siguiente, entre 2015 y 2025. En el primer episodio los encontramos con casi treinta años en una discoteca. Ahí se conocen, se hacen amigos. Luego, pareja. Más adelante se separan. Cada año nuevo los vemos sortear las vicisitudes de su vida en común: romance, desencuentros, amistades, la pandemia, y en distintos escenarios —Madrid, Berlín, Lyon, Valencia—. La elipsis, la omisión de todo un año entre un episodio y el siguiente, nos confronta como espectadores a un relato lleno de vacíos, olvidos, grietas por rellenar. Pero narrar desde lo que falta no solo es una estrategia conceptual, sino que también reduplica los caminos que toma la relación de Óscar y Ana, y a un nivel más abstracto cuestiona las ideas mismas del amor.
Con sus pérdidas, fracasos, imperfecciones, desequilibrios, incomodidades, Sorogoyen propone también que el amor forma parte de una narrativa que lacanianamente “se escapa”, de una serie inasible que nunca puede decirse en su totalidad. “Inexpresable amor”, lo llamó Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso: “Querer escribir el amor es afrontar el embrollo del lenguaje: esa región de enloquecimiento donde el lenguaje es a la vez demasiado y demasiado poco”. En este sentido, quizás, tanto el hiperrealismo fascinante como el tempo lento que dominan la miniserie —por ejemplo, en las escenas de intimidad sexual o en algunos minuciosos diálogos de pareja— operan como mecanismos compensatorios, y al mismo tiempo desequilibrados, entre la imposibilidad de decir el amor y la búsqueda de decirlo todo.
En el trabajo sobre las focalizaciones, cada episodio propone a su vez un juego casi foucaultiano de miradas. Solo en el tercer y cuarto episodios vemos a Oscar y Ana en una relativa plenitud de su vida amorosa, capaces de hablar y observarse de frente. En los dos primeros episodios domina la amistad, cargada de cierto coqueteo, fisgoneo y tensión sexual. En los últimos seis, la distancia, la separación y un estado melancólico del que los personajes no pueden salir, a pesar del paso del tiempo.
Hay dos episodios —que coinciden con la pandemia— que focalizan en un personaje a la vez: primero en Óscar, luego en Ana. Por primera vez asistimos a esa mirada única, que subraya la soledad y la extrañeza de estos personajes en su separación. Aquí, el otro “anhelado” se afantasma, hasta el punto de que Ana, un tanto agobiada en su nueva vida en Lyon, concibe a un Óscar imaginario a quien confiar los pormenores dolorosos de su vida, como en el pasado. Esta intervención sobre la focalización también parece proponer algo sobre los vínculos, nuevamente en relación con la incomunicabilidad del amor. Aquí los personajes solitarios casi encarnan esta pregunta de Julia Kristeva: “¿No son dos amores esencialmente individuales, y por tanto, inconmensurables, condenando así a la pareja a no encontrarse más que en el infinito?”.
Esta carga de desencuentro, de inefabilidad, de soledad, pero al mismo tiempo enmarcada en un vínculo y una historia elíptica que no termina, se confirma con el cierre del penúltimo capítulo, con la extremadamente melancólica canción de Gabo Ferro “Volver a volver”: “Me haré un tornado dulce, un perfume, una piel, / seré mi propia madre y así voy a aprender / que irse es volver a volver / y a volver / y a volver / y a volver”.
Los años nuevos se une así a una amplísima serie contemporánea de películas que hablan del amor de un modo nuevo —solo por citar algunos ejemplos brillantes de los últimos años: El hilo fantasma (Paul Thomas Anderson, 2017), Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017), Past Lives (Celine Song, 2023) u Hojas de otoño (Aki Kaurismaki, 2023) —. En conjunto, conspiran contra esa idea ya antigua de menospreciar el cine romántico como género menor, como discurso, al decir de Barthes, “hablado por miles de personas, pero al que nadie sostiene”.
Los años nuevos, guion de Rodrigo Sorogoyen, Sara Cano, Paula Fabra, Marina Rodríguez Colás y Antonio Rojano, dirección de Rodrigo Sorogoyen, Sandra Romero y David Martín de los Santos, Mubi, 2024, 10 episodios.
Ryan Coogler se dio a conocer con Fruitvale Station (2013), un film independiente que narraba las últimas veinticuatro horas de Oscar Grant, un joven afroestadounidense asesinado arbitrariamente...
El teatro es el arte de la presencia: se puede hacer teatro sin presupuesto y sin texto, pero no sin poner a seres humanos juntos en un...
Si hay algo que Weser —segunda entrega de la trilogía de Fernando Spiner sobre Villa Gesell después de La boya (2018)— propicia, es aquello...
Send this to friend