Fabio Kacero

Graciela Speranza

11 Ago, 2022

No contento con su célebre intervención de la Mona Lisa, en diciembre de 1919 Marcel Duchamp creó una obra todavía más capciosa al borde del franco delito. Por todo pago a su dentista, le entregó un cheque por ciento quince dólares, escrupulosamente copiado del de un improbable banco neoyorquino —“The Teeth’s Loan & Trust Company Consolidated”—, cruzado y sellado “Original”. Claro que Daniel Tzanck, que además de su dentista era un sofisticado coleccionista de arte, no dudó en aceptarlo, sospechando que no sólo había recibido en pago un ingenioso ready-made “rectificado e imitado”, sino también una firma original. Lo conservó, de hecho, durante veinte años, hasta que el propio Duchamp se lo compró para incluirlo entre las miniaturas de su obra que reunió en la Boîte-en-valise. Más le hubiera valido conservarlo un poco más.

Un siglo más tarde, Fabio Kacero multiplica el fraude en una obra más minimalista y sin embargo más monumental. Copia las firmas de ciento ochenta y dos artistas, escritores, críticos, curadores y galeristas con cuotas variables de fama, a veces las retoca o incluso las inventa, pero invariablemente las firma al pie, para dar crédito a una obra hecha “en colaboración con vivos y muertos” o, en todo caso, de sus esmeradas dotes de falsificador. No sin sutil ironía, los pequeños dibujos dispuestos en largas líneas paralelas se pierden en el gran cubo blanco por lo demás vacío, pero la audacia del “campeón de los fantasmas” no sorprende. Lleva años empeñado en un ejercicio del auto-desvío (Detournalia se llamó su retrospectiva de 2014), y quizás por eso fue apartándose de la pura visualidad de la escultura de sus comienzos, hasta concebir la obra del ...

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