Patricio Lenard

13 Dic, 2018

El latifundio se revela si se convierten a hectáreas los cinco millones y medio de kilómetros cuadrados que hoy tiene la Amazonia. Es más de la mitad del territorio selvático que existe en el planeta Tierra, y el sesenta por ciento le pertenece a Brasil, país cuyo Instituto Nacional de Investigación Espacial ha establecido, a través de un estudio que hace con imágenes satelitales, que entre agosto de 2017 y julio de 2018 se perdieron 7.900 kilómetros cuadrados de vegetación, casi cuarenta veces la superficie de la ciudad de Buenos Aires. Con datos como estos repitiéndose año a año (millar de kilómetros más, millar de kilómetros menos), el negocio es redondo como tronco de lapacho tumbado, como semilla de soja transgénica, como barril de petróleo. En el país que se precia de ser el mayor exportador de carne y soja del mundo, donde ha habido casos como el de Cecílio do Rego, un terrateniente que se apropió de cinco millones de hectáreas en el corazón de la Amazonia, con minas de oro y reservas indígenas adentro, no se deforesta sólo por la madera sino para conseguir parcelas que se vuelvan campos.

La promesa de campaña de Jair Bolsonaro de que en la selva amazónica “no habrá un solo centímetro cuadrado demarcado como reserva indígena”, viniendo de alguien que supo convertir a los aborígenes en objeto de su discurso xenófobo cuando los tildó de “indios hediondos, no educados y no hablantes de nuestra lengua”, como si se tratara de extranjeros nativos, no se contradice a priori con su designio de aprovecharse de sus derechos a esas tierras ancestrales para transformarlas en plantaciones, minas, latifundios. Una “reforma agraria” a la manera de Bolsonaro no tendría en cuenta ni uno solo de los reclamos históricos del Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra de Brasil, a quienes considera “bandidos” y “terrorist ...

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