Ana Basualdo

Manuel Crespo

24 Sep, 2020

En la entrevista que cierra El presente, Ana Basualdo ubica la contención entre los atributos vitales para escribir crónica. Contención en un sentido vasto: derogación de las opiniones personales, invisibilización del yo, ajuste del oído para captar las inflexiones sin despeñarse en manierismos costumbristas o idiosincráticos. No se trata de recrear la realidad, de volverla palabra ni mucho menos poesía, sino de indagarla con toda la verdad de los cinco sentidos. Si acaso un significado asoma detrás de los acontecimientos, bastará con mostrarlo tal cual es. O tal cual fue descubierto, porque de eso se trata.

El resultado es una exhibición de periodismo hondo y clarividente, uno que quizás ya no exista. Hace tiempo que la crónica se ganó un lugar de privilegio en las mesas de las librerías, pero la de Basualdo tiene poco que ver con ella. Aunque se sabe que no hay prosa sin montaje, sin un pulso individual que la guíe, los textos de El presente dialogan entre sí a partir de los personajes que retratan. Muchos de ellos están mutando —Leonardo Favio en la víspera de Juan Moreira, a punto de soltarle la rienda a su cine— o ya mutaron del todo —Ada Falcón en la sierra cordobesa, instalada desde hace años en su éxtasis de clausura—. Otros son mitos en busca de una reencarnación inminente o lejana, interludio o purgatorio del que la autora da cuenta a través de datos y descripciones. En su tríptico peronista —completado por una semblanza fantasmagórica de Eva y una investigación sobre la secta Anael, pata esotérica de la Triple A—, al narrar las supuestas dificultades inmobiliarias del General en su vuelta al país, Basualdo libera metáforas que en realidad el texto no concede. Hay un inventario de ruinas, un recorrido cronológico por los sucesos que hicieron de la quinta de San Vicente una casa de retiro para sordomudos, pero nada más. La crónica ya hundió su aguijón oblicuo: que ahora el lector ...

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