Sergio De Loof

Mariano López Seoane

12 Dic, 2019

King of Beauty and Happiness, Sergio De Loof rehúye tanto del juego de ocurrencias del arte contemporáneo como de los gestos irreverentes del arte moderno. Su educación estética se produce en el Parnaso de las Bellas Artes en su sentido más amplio y conservador: los grandes clásicos de la literatura universal y las obras más excesivas del Louvre (nunca del Pompidou). A los que suma, en su gesto más actual, el manual de consumo sofisticado que ofrecen las páginas de Vogue. Esta es la patria estética de las palabras que repite golosamente y escribe a mano en sus cuadernos, y que aparecen estampadas en una de las primeras salas de su exhibición en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, custodiando sus modelitos icónicos con la ayuda de unos Faubergé fotocopiados: “Haute Couture”, “Fashion”, “Fragonard”, “Decoración”, “Arte”, “Luxury”, “Style”. Son las palabras que jerarquizan el bochinche del Cotolengo para elevarlo a la categoría de bazar de lujo. No por casualidad las paredes que las enmarcan imitan el tono sobre tono cálido, de interior aristocrático, que asociamos inmediatamente con Versalles y que constituye la clave del éxito comercial de las tiendas La Durée, dedicadas a vender macarrones y tés de tradición parisina a un público cada vez más masivo y más global. La marca De Loof funciona del mismo modo: su misión política parece ser acercar a las masas todo aquello que previamente ha definido como top. Si el arte de De Loof es una alquimia abocada a trastocar las valoraciones sociales que rigen el universo de las cosas, su gesto más subversivo es su imparable tentación democrática, el furor distributivo que guía cada uno de sus pasos.

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