Jorge Carrión

Juan F. Comperatore

19 May, 2022

Antes que a las piezas que cobija, todo museo tiende a salvaguardar una mirada sobre el pasado. Por más que en su seno albergue experiencias estéticas que distan de la mera contemplación pasiva y procuran cuestionar el estatuto del objeto artístico en provecho de una conmoción integral, esas obras nacen ya muertas. La lengua del museo es fúnebre y su mirada, eminentemente retrospectiva. Al invertir la flecha del tiempo y postular un museo, no del futuro, sino en el futuro, Jorge Carrión, en Membrana, su más reciente novela, propone tensar el presente y leer allí el reverso de lo que vendrá.

Presentada como el catálogo de la muestra estable de un museo del siglo XXI inaugurado en los albores de la centuria siguiente, y cuya curaduría es asumida por la voz plural y poco fiable de una inteligencia artificial (o un enjambre de ellas), la novela propone un recorrido —puntuado por un inventario de objetos y el diagrama del emplazamiento de los paneles de la exhibición— que se remonta al origen de la humanidad y la invención de los primeros rudimentos tecnológicos, pasa por los hitos industriales y las masacres concomitantes, y llega a la duplicación virtual y el paulatino reemplazo de la humanidad en provecho de una razón algorítmica cuya autonomía entraña el riesgo no sólo de la merma de la capacidad de deliberación del humano —la “administración robotizada de nuestra existencia”, en palabras de Éric Sadin—, sino además la posibilidad de su propia abolición.

El escorzo entre un cauce abstracto, al amparo de una lengua deslocalizada —repleta de repeticiones, muletillas, torsiones sintácticas y particularidades semánticas—, y otro en el que priman los trazos narrativos viene a subrayar el hecho de que el museo, lejos de ser un mero receptáculo neutral, delimita líneas de tensión y establece un reparto de lo sensible: más que a lustrar los objetos del mundo profano, todo museo, y este en partic ...

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