David Cronenberg

Federico Romani

22 Sep, 2022

Lo más desconcertante del último cine de David Cronenberg se halla en esa treta de arte y muerte que siempre se las ingenia para resultar incómoda aun en plena sobredosis audiovisual. Demasiado acostumbrados como estábamos a tratarlo de anatomista obseso o caníbal místico pasado por sucesivos filtros orgánicos, quizás sea hora de asumir su vocación perversa y aceptar la extinción del sistema de abyecciones en el que consistía su mundo original (el que llega hasta ExistenZ, de 1999) para pasar a considerarlo una especie de humanista extraviado en una época en la que a los cuerpos comienza a faltarles función y sentido. Una vez que habíamos logrado asimilar su estética gelatinosa y revulsiva, Crímenes del futuro se ofrece, más que como una película sobre el cuerpo, como la crónica del nacimiento de su plano interior: una organicidad futura y más trabajosa, un sistema de conexión con la realidad en el que la piel es un obstáculo y la genitalidad un impedimento.

Conviene prestar atención a lo que se habla en Crímenes del futuro, una película feral por lo que se dice y no tanto por lo que se hace en ese mundo futuro donde el carácter mortífero de la mutilación parece devaluado y apenas puede justificarse en distintos objetos de consumo, entre ellos los “órganos” que el cuerpo de Saúl Tenser (Viggo Mortensen) crea espontáneamente para que sean trabajados por su amante/artista Caprice (Lea Seydoux) en espectáculos performáticos muy exclusivos. Por momentos, los diálogos, que casi siempre discurren sobre algún tipo de monstruosidad, tienen una gravedad y una desazón shakespereanas, llamativas por ser omnipresentes en una película consagrada a una extraña celebración de la vida.

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