Diego Bianchi

Alfredo Aracil

18 Abr, 2019

Materiales pobres, estructuras que apenas se sostienen, gusto por lo fragmentario, una crisis por venir y, por supuesto, la presencia/ausencia del cuerpo humano que, una y otra vez, es expuesto a situaciones donde el placer entraña subordinación. Estas son las ideas que aparecen al referirse a la trayectoria de Diego Bianchi. Todas ellas más o menos útiles dependiendo del proyecto, aunque quizás no tanto para abordar su muestra en la galería Jocelyn Wolff.

Porque salta a la vista que estamos frente a uno de los proyectos de Bianchi más editados hasta la fecha, que además supone un giro respecto a su producción anterior. Y no tanto por el tipo de impulso taxonómico que agrupa, de nuevo, un conjunto de objetos y disposiciones heteróclitas: un sistema que patéticamente busca dotar de orden a aquello que elude cualquier clasificación. Giro, decíamos, nucleado en la emergencia de dos materiales nuevos: gomaespuma y látex. Un encuentro feliz, que no se agota en la apariencia o la textura de las superficies, abriéndose a un juego de metáforas encarnadas que hacen de lo blando y de lo rígido una forma de evocar los límites de la conciencia y la percepción. Vidas desnudas, que eXistenZ a pesar de nuestra atención.

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