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Laura Poitras posee un ojo único para detectar personajes con historias y circunstancias únicas y convertirlos en meditaciones sobre la condición humana, el poder, la historia y, las más de las veces, en una indagación filosófica de esa complicada intersección entre la excepcionalidad desproporcionada y la figura pública. Poitras tiende a transformar el material profílmico en una performance de la interpretación, en un ejercicio de lectura y reorganización de la historia contemporánea a partir de una galería atípica de personajes: Edward Snowden (Citizenfour, 2014), Julian Assange (Risk, 2016), Nan Goldin (All the Beauty and the Bloodshed, 2022). En cada película, Poitras documenta al personaje, eventos sísmicos de la historia e inevitablemente se documenta a sí misma como mediadora de la narrativa documental. Desenmascarar complots y el encubrimiento de información por parte de corporaciones e instituciones gubernamentales compone el pilar de una práctica documental que registra, al unísono, lo sórdido del poder y la paradójica naturaleza de héroes que se mueven entre el narcisismo y el bien común. Poitras nunca se esconde como cineasta y como sujeto político, y su más reciente filme Cover-Up, codirigido con Mark Obenhaus y dedicado al célebre periodista norteamericano Seymour Hersh, continúa ese impulso vital que comparten los cineastas y sus sujetos. 

Cover-Up intenta abarcar la carrera larga e ilustre de Hersh como periodista de investigación. Con un impacto único en la vida política de Estados Unidos, Hersh ha trabajado para publicaciones como el New York Times y The New Yorker, ha publicado once libros y ha sido figura decisiva en traer a la luz pública escándalos y atrocidades cometidas por la casta política norteamericana. A lo largo de más de cincuenta años, Hersh ha cubierto y expuesto eventos como la masacre de My Lai durante la Guerra de Vietnam —trabajo por el que recibió el premio Pulitzer en 1970—, el escándalo de Watergate, los programas de espionaje doméstico de la CIA y el caso de tortura en la cárcel de Abu Ghraib durante la guerra de Iraq. 

Pero Cover-Up parece tomar otro camino. Donde un personaje fascinante podría haber abierto esa ventana ideal para un documental que indagase en la construcción de la historia como producción del ego del héroe, el filme parece desorientarse ante el volumen de material. Cover-Up se estructura en capítulos que siguen la carrera de Hersh. Comienza in medias res con su cobertura de ejercicios militares y la tragedia de My Lai y culmina en un trabajo en curso sobre las víctimas palestinas en Gaza. En ese marco histórico, la voz de Hersh se apodera de la pantalla, controla la narrativa y se impone como protagonista y como archivista de sí mismo. 

Su vocación por montar una autoficción cáustica e incesante domina la película a pesar de los tímidos intentos de los directores de documentar las fascinantes contradicciones del personaje al que se enfrentan. En la danza entre sujeto y documentalistas, Hersh marca el ritmo y los cineastas nunca anticipan el paso siguiente. El filme comienza, precisamente, reconociendo esa voluntad imposible de domar: el primer intertítulo anuncia que Hersh resistió durante veinte años la invitación de Poitras para realizar un documental sobre su vida. Las razones de la negativa —que quizás hubieran sido un camino promisorio de exploración del personaje— nunca son exploradas en Cover-Up, pero en la estructura misma de la película podemos intuir una respuesta. Hay una tensión casi palpable en el material del documental. Por una parte, Hersh se encuentra incómodo a la hora de confrontar los límites de su trabajo o de su personalidad, lo cual es ratificado por sus colaboradores y por el intento de abandonar el rodaje que los cineastas capturan. Por otra, incluso en la edición y organización del documental, las imágenes no se acoplan, no se suceden como indagación de una historia o un contexto específico, sino que se amalgaman en un todo escabroso cuyas uniones aparecen débiles y dictadas más por el recuento que por un ángulo de indagación distinto. La información ya conocida sobre los eventos que marcaron la carrera del periodista —a fin de cuentas, Hersh vive de exponer secretos y su notoriedad resulta del conocimiento público de lo que cubre con su trabajo— se vuelve redundante, perdiéndose el metraje en revisitar lo que Hersh ya expuso en décadas anteriores. Poitras y su colaborador Obenhaus pierden el juego en el que siempre ganó Poitras: descubrir no el evento, sino al personaje fascinante detrás de la acción. 

Si las preguntas inevitables para cada documental son qué es lo que se documenta y por qué, Poitras y Obenhaus nunca logran responderlas claramente, confiando en el poder de estrella de su protagonista y en el uso didáctico y cacofónico del material de archivo. Hersh les gana la partida a los realizadores y sale intacto de la indagación documental. Cover-Up termina siendo un biopic generoso, aunque a ratos superficial, y un monumento a su personaje principal, quien, al final, se erige como un impenetrable narrador de sí mismo.

 

Cover-Up (Estados Unidos, 2025), dirección de Laura Poitras y Mark Obenhaus, disponible en Netflix. 

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