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En una de las escenas más extensas de Un punto oscuro, las tres hermanas que conforman el núcleo de la dramaturgia que se le presenta al espectador ponen en escena un juego. Uno más, entre los tantos pasatiempos que ellas echan a andar en el interior hogareño en el que transcurre la obra. El juego consiste en representar un álbum de fotos en las que su padre (ya moribundo, casi a punto de pasar a ser un ausente) hace distintas cosas: pequeñas acciones que una cámara analógica fue registrando a lo largo del tiempo y que se volcaron en imágenes de papel (fotográfico) para que, una vez reveladas, esos inaprensibles instantes pudieran verse todos juntos, como un recordatorio enviado a la posteridad. ¿O acaso para qué acumulaban en otro tiempo las familias sus álbumes de fotos? Papá riendo, papá pensando, papá manejando un Ford Escort, papá etcétera. La hermana mayor (María Villar) dirige la escena, convocada por sí misma a ocupar ahora de manera vicaria la función del padre. A medida que pasa de página y describe las fotos, genera como respuesta una especie de dígalo con mímica de parte de sus dos hermanas menores (Carolina y Felipe Saade). Ellas imaginan al padre, lo emulan, se lo representan con alguna pantomima. ¿Cómo era ser papá? No un papá cualquiera, sino el nuestro. Y es que a lo largo de la obra las tres hermanas no hacen otra cosa que representar: a personajes de Sófocles; a las hermanas de Mujercitas, la novela de Louisa May Alcott; a los protagonistas de Franny y Zoey, el relato de Salinger. Representando, se ubican en relación con el ausente e interpretan lo que son, o ambas cosas al mismo tiempo. Haciendo de Antígona o Ismene, se reconocen a ellas mismas. Una es rígida y apegada a las leyes. La otra es un puro latido de corazón, como un fuego hasta en las cosas que hielan. La tercera y más pequeña experimentó ya el desencanto ante la superficialidad del mundo. Leyendo o memorizando un parlamento, tejen su historia. De eso está hecha la casa: de un gran tejido de lana que acaso una madre silenciosa (Amalia Bocazzi) hiló de a poco a lo largo del tiempo, mientras cantaba alguna tonada que hiciera dormir a las niñas. Así como las tejedoras hablan de un punto jersey, un punto calado o un punto arroz, ¿será el punto oscuro al que refiere el título eso que toda familia hila incesantemente sin saber lo que está produciendo?
La obra de Agustina Luz López escenifica el indisoluble anudamiento de esos planos que por comodidad llamamos realidad y ficción, como si en ese par hubiera uno de los dos que tuviese un estatuto mayor y pudiera aislarse sin caerse él mismo o sin producir en el otro una fisura. La literatura es la primera tecnología (la más antigua, y posiblemente la mejor) capaz de crear eso que hoy nos representamos como mundos virtuales y que, sin embargo, se habitan al modo de la llamada realidad y están imbricados con ella. Si se tira de un hilo, se desarma el tramado, o se deshilacha.
La sugestiva interioridad en la que transcurre la escena está sostenida por la bella ambientación que propone la escenografía de Mariana Tirantte: grandes tejidos de lana blanca (el color símbolo de la pureza y la inocencia) que hacen de paredes de la casa y en las que las hermanas se resguardan de un afuera que quizás evitan y que las acecha y les espera. Hay, en ese espacio hogareño que el duelo vendrá a resquebrajar, cierta familiaridad o aire de familia con Abrir puertas y ventanas, la película de Milagros Mumenthaler de 2011 en la que tres hermanas deben decidir su futuro y el de su casa una vez muerta la abuela que las ha criado. Y por supuesto, como figura estelar de la evocación y el recuerdo, casi una figura adherida a la piel (como un tatuaje auditivo): la música. Esas canciones escuchadas como música de fondo (las que las madres y abuelas cantaban mientras de niño se hacía otra cosa) y que sin embargo en la percepción se aparecerán, años más tarde, como imagen misma de la identidad personal. Aquí ese rol lo cumple una canción con aire flamenco y andaluz, “Todo es de color”, del dúo gitano Lole y Manuel.
Un punto oscuro, texto y dirección de Agustina Luz López, Espacio Zelaya, Buenos Aires.
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