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El final de la historia

Lydia Davis

OTRAS LITERATURAS

¿Cómo escribir acerca del amor que pasó? Esta pregunta, que miles de plumas intentaron contestar honestamente durante varios siglos, se ha convertido desde hace décadas casi en un juego. Uno que desafía la inteligencia de las capacidades creativas. Como un cubo de Rubik que se encuentra en alguna casa a la que uno fue invitado. Imposible no intentar resolverlo. Imposible de resolver también. Hay excepciones; algunos lo logran. Lydia Davis, por ejemplo.

La autora afronta este desafío. Literalmente, se hace la pregunta: ¿cómo escribir? ¿En primera o en tercera persona? ¿De modo cronológico o respetando la serie de recuerdos que pasan por la cabeza? Y además: ¿los recuerdos son reales o se van tergiversando con los años? Y más complejo aún: ¿escribir sirve de algo? Y aunque nada de esto tenga respuesta: ¿cuál es el primer paso? “Hubiera sido más sencillo empezar por el principio —escribe—, pero el principio significaba poco sin lo que venía a continuación, y poco significaba lo que venía a continuación sin el final. Quizás me negaba a elegir un punto desde donde comenzar, o quería contar al mismo tiempo toda la historia y todas sus partes”.

La protagonista, que narra en primera persona, se acerca al amor que ya pasó como un taxidermista inexperto al cadáver de un enorme mamífero. La cadencia acelerada, resbaladiza (que la traducción sabe respetar), le da ritmo a la memoria de su relación amorosa con un muchachito poeta e inmaduro cuya madre tiene apenas cinco años más que ella. Al igual que en su oficio de traductora de libros, la narradora a veces no puede encontrar la palabra precisa para avanzar en el texto. Y lo confiesa. El amor muerto también es un lenguaje extranjero. Y como cualquier lenguaje, tiene sus límites. No alcanza. La única manera de salir del laberinto es acumulando recuerdos, uno detrás del otro, amontonados y en patota anárquica. La ferocidad que brota de ese animal muerto y caliente hay que controlarla con alguna forma escrita.

Davis maneja la alegría, el drama, el humor, la tristeza, la nostalgia, la ironía. Pero no como si se tratara de piezas separadas y desmontables, sino como si fuera una sola emoción rabiosa. Así se suceden anécdotas que puede encastrar (o no) en algún lugar, personajes de vida larga o breve, premisas que llegan (o no) a algún silogismo, minicuentos, fábulas de moralejas bicéfalas, perfectos bonsáis de ensayos literarios y demás magias. A su modo va encontrando un orden: “Descubro cosas que me desconciertan porque no las recuerdo en absoluto, como un primer proyecto de novela que esbocé a lápiz y dejé en un sitio donde era prácticamente imposible que volviera a encontrarlo como no fuera por casualidad”.

Del cadáver del mamífero que se quería embalsamar sólo se sacaron los órganos, que quedaron desparramados por el suelo, de modo aleatorio. Imposible avanzar. Porque de eso se trata, parece decir Davis. De ningún modo eso que respiró alguna vez podrá redimirse en un animal duro y frío que parezca vivo.

Las instrucciones de Davis para resolver su cubo de Rubik de un modo perfecto caben en un párrafo: “Luego, después de que él me dejara, el principio se convirtió en algo más que el primer momento feliz que abría un número infinito de ocasiones felices: también contenía el final, como si la atmósfera de aquel café en el que nos sentamos juntos, en aquel lugar público, donde se inclinó sobre mí, sin conocerme apenas, y me habló al oído, ya contuviera el final, como si las paredes estuvieran hechas del final de la historia”.

 

Lydia Davis, El final de la historia, traducción de Justo Navarro, Alpha Decay, 2015, 248 págs.

17 Dic, 2015
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