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Una rosa, es una

Ivana Vollaro

ARTE

El enrejado portón de entrada de la galería Hache está ubicado con precisión geométrica en el centro de una ochava. Y el dato parece particularmente adecuado en el caso de Ivana Vollaro, habida cuenta de cómo incide en su método el sesgo, el chanfle —los españoles llamaban chaflán a la ochava—, el desvío y, consecuentemente, su variante metafórica, barroca: el corte, que no sólo es atajo o elipsis sino ausencia. “Los chanfles podían evitar choques” pero también “los atracos frecuentes en las esquinas sin ochavas, en las que el asaltante aparece de sorpresa”, anota el arquitecto Miguel Jurado. Llamativamente, en el sistema de Vollaro el “asaltante que aparece de sorpresa” es el efecto ochava; lo que nos asalta es el vértigo, el mareo abismal de la omisión, especulativa o espontánea. La fábula totalizadora es un espejismo retórico, o bien la terminal estribación visible de un aparato conjetural. El virus de la falta, la mudez de aquello que ha huido de la impavidez distraída del objeto, provoca la estridente irrupción del “incesante y vasto universo”, el “primero de una serie infinita de cambios”, como advierte en el comienzo de “El Aleph” un doliente Borges en primera persona.

El recorrido arranca con un pequeño cartel de metal donde alguien ha escrito “HAY LUGAR”, y ese simple enunciado hace de la tautología la obertura perfecta, y de toda la locación una casa de citas. Vollaro concibió otro cartel prefabricado con la palabra “COMPLETO”, que amaga con cerrar la ecuación abierta por el primero, y entre los dos términos no hay cómo no percibir un cierto regusto macedoniano: “faltaban tantos que uno más no cabía”. También, la foto de un inconfundible muro urbano revela cómo otro anónimo escribiente ha dejado inconclusa en un apurado grafiti la famosa frase de Gertrude Stein “una rosa es una rosa es una rosa”, y es dable ponderar cuánto obtiene Vollaro en esa arquitectura: quizás la síntesis emblemática de toda su poética. Ese salto al vacío disfrazado de juego de palabras hace de la recurrencia gramatical un vertiginoso dispositivo de regresión a la impersonal fatalidad matemática, que quiere prestigiarse como perpetuidad.

El simulacro de backlite de supermercado donde se lee “COPACABANA” se vincula con el plasma que exhibe un fotograma con la mención a Copacabana en los subtítulos, instalado en la sala contigua. La tácita diagonal que emparenta ambas piezas, y que induce a la mirada intencionada del espectador a atravesar imaginariamente la pared que divide las dos salas, es otra de las argucias tácticas para proponer la lectura sesgada, la relación no rectilínea, como si los signos desplegados terminaran de adquirir su altura conceptual en la analogía con la situación física.

Con su vigorosa, habitual parquedad, acentuada aquí por la estricta curaduría de Santiago García Navarro, la obra de Ivana Vollaro se justifica y proyecta en la búsqueda de una cifra negativa que altere con la materialidad de su nulidad cualquier lógica que ansíe consolidarse discursivamente, y toda secuencialidad explícita o presunta; he aquí el ruido fantasmático de la palmada de una mano: quien quiera oír, que oiga. Sobre los muros de un blanco casi aséptico, la estratégica noción entre tamaños relativos y proporciones ambientales imponen una microfísica puritana del punto de vista, como requisito terapéutico para respirar una atmósfera de sentencias apenas audibles y cataclismos camuflados, que convierte el espacio en tiempo y el tiempo en reflexión y pensamiento.

 

Ivana Vollaro, Una rosa, es una, curaduría de Santiago García Navarro, Hache, Buenos Aires, 2 de mayo – 9 de junio de 2018.

31 May, 2018
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