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Cuentan que a los doce años Steven Spielberg fue a visitar a John Ford para pedirle consejo sobre cómo convertirse en director de cine. El viejo maestro, siempre irascible, y sin quitarse el cigarro de la boca, lo instó a que dijera qué veía en los paisajes que decoraban su oficina. El joven se acercó y comenzó a describir lo que reconocía en el cuadro. “No, no, no; ¡¿dónde está el horizonte?!”. Spielberg dudó y respondió: “Abajo”. Luego Ford le hizo la misma pregunta sobre otra pintura y Spielberg, lento de reflejos, volvió a describir el paisaje. Ahí Ford, visiblemente exasperado, le gritó: “¡El horizonte!”, y dio por terminada la sesión asegurando que, cuando aprendiera dónde poner el horizonte, sería director de cine.
Los años transcurrieron y Spielberg se consagró en la industria, pero a juzgar por sus películas no podemos asegurar que haya entendido cabalmente lo que Ford le quiso decir, porque ¿qué significa para un cineasta —o para un pintor— saber dónde se pone el horizonte?
La anécdota revivió apenas ingresé en Liquidación, la más reciente muestra de Alfredo Dufour, quien pareciera responder, por medios diversos, la pregunta de Ford. La exposición reúne veintitrés pinturas de paisajes de cada una de las provincias argentinas (a excepción de la Ciudad de Buenos Aires), colgadas sobre una pared similar a un muro de nieve en proceso de derretimiento. Pero la propuesta de Dufour desborda la simple —o compleja— ubicación del horizonte, ya que el montaje de las pinturas subraya un horizonte alterado, inquieto, que apenas se sostiene en un equilibrio precario.
Tenemos entonces, frente a nosotros, al menos tres horizontes: el del interior de las pinturas (de una luminosidad exquisita), el del cuadro-soporte montado (a punto de venirse abajo) y el nuestro (móvil e intercambiable). Así, la exposición, poblada de preciosos paisajes, a primera vista se presenta como una reflexión sobre el espacio; sin embargo, el horizonte nunca es solo espacio: es también tiempo. Es la línea del futuro, de aquello que todavía no está.
Sería una buena estrategia recorrer la exposición no como una muestra de veintitrés pinturas, sino como una instalación de postales argentinas: un repertorio de estereotipos, un recorte interesado del país, los cuatro climas, todos los paisajes. El artista elige un modo de mostrar y lo sobrecodifica, lo satura con formas y colores. Todo es al mismo tiempo artificial y real. Dufour pone el foco en la realidad del artificio (y, por tanto, en el artificio de lo real).
Liquidación no remite solo a vender un producto a precio inferior. Implica, además, saldar una deuda. ¿A quién le debe Doufour? ¿Qué deuda intenta saldar? ¿Una con la tradición paisajística argentina? ¿Con los escritores que describían la pampa húmeda sin haberla pisado? No es una mera coincidencia que su muestra anterior se titulara Vendo miedo (2023). ¿De qué miedo pretendía desprenderse? Lo cierto es que ambos títulos convergen en una misma operación: emplear terminología comercial para hablar de otra cosa. ¿De él? ¿O de nosotros? ¿De la realidad? ¿De la ficción? Detrás del ingenio y la ironía de Dufour siempre resuena una pregunta incómoda.
Mientras todo se liquida —los glaciares, las convicciones, la idea de nación—, no dejen de visitar la muestra de Dufour. Será una de las experiencias más intensas del año.
Alfredo Dufour, Liquidación, Constitución Galería, 30 de mayo – 1 de agosto de 2026.
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