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Zigzag

ARTE

A sesenta kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, hay un nivel subterráneo donde conviven en paz y armonía las cuatrocientas obras de arte del as del marketing informático devenido coleccionista. Este relato ensaya un recorrido por la muestra inaugural de la sala de arte de Alec Oxenford en su casa de Pilar.

Algunas descansan y esperan en un prolijo megadepósito su momento para brillar. Otras, unas pocas, tuvieron la suerte de ser seleccionadas por Juan José Cambre para conformar la muestra inaugural de la luminosa sala de arte de la casa.

Las obras de Sergio Avello, siempre vigentes. Una, en tierras, casi como un muro, con un marco de madera lustrada. Dos rayadas, enigmáticas, modernas, arcaicas, eternas.

Una jaulita de Jorge Macchi, una tramperita rellena con tierra. Un especie de mazacote que es lo contrario del vacío.

Siguen dos fotografías de Bruno Dubner: una persiana de comercio cerrada con fogonazo absorbido por ella y un estacionamiento tipo Hitchcock. Hermosas ambas.

Una foto de Alberto Goldenstein de un espectador mirando un Cy Twombly en cuyo vidrio se reflejan varios otros espectadores en actitudes variadas. A su vez, nosotros al mirarla nos reflejamos en el vidrio, y es un doble reflejo y es un juego de grises y negros.

Arriba de una repisa, una obra muy extraña, como un taco entintado, o resma, un cuadrado de negro brillante, los bordes como páginas, en rojo. Autor: Eduardo Costa.

Hay varias piezas de brea solidificada emparentadas con la obra de Costa. Son de Jane Brodie y comunican muy bien con el tótem íntimo de Dolores Furtado, en rosa carne desnuda o Dior.

Arrancamos con las pibas: la obra de Gilda Picabea, muy sintética y alegre, hermana de las abstractas de los cincuenta como Lidy Prati pero post todo.

Sigue un enorme papel estampado con tinta por Paula Castro, una visión aérea de texturas como si fueran campos labrados vistos desde la luna.

Hablando de luna, hay varios arcos en negativo trazados por ella y capturados por Érica Bohm en fotografías estenopeicas, prolijamente dispuestas en una cama baja de madera.

Sofía Böhtlingk, obra presencial, silenciosa y corpórea, casi efímera por el gesto, patentizada por la premeditación.

La obra de Juan Tessi, rara, como si hubiera alguien detrás, o un objeto punzante, implacable, presionando desde atrás la tela, lo último que quisiéramos. Deja una marca imposible, provoca un pliego. Convive muy bien con la cortina azul ultrasofisticada de Cecilia Szalkowicz y con el crepúsculo casi nocturno de la foto de Ignacio Iasparra, el negro profundo.

Como un soplo de aire fresco, los cuadros que cuelgan de una rama enorme nos recuerdan que Magdalena Jitrik anduvo por la sierra experimentando otras realidades.

Los bodegones de Carlos Herrera.

Las obras de Bianchi, un helmutnewtoniano aparato ortopédico con stilettos. Otra sutil, casi un Giacometti de tan elemental. Cerámica y madera sin embargo.

La vitrina vacía de Gastón Pérsico es el gran vidrio.

En un rincón, aparte, un tomate y una manzana se contagian colores, según Ramiro Quesada Pons. La alfombra de Mariela Scafati, desparramada por el piso, y un sol negro de Karina Peisajovich. A su lado: detalles de Un condenado a muerte se escapa, de Bresson, los traduce Alan Segal como nudos marinos o arañas. Handwriting.

Dos cuadritos de Juan Odriozola parecen señales náuticas, y uno grande, vertical, atajando en su geometría un pantone enloquecido.

Hay un proyector al entrar, que como un elefantito mecánico proyecta sobre la pared a Totloop, el muertito, de Fabio Kacero, y es como el anfitrión de la muestra.

Todo esto en una sala subterránea, cálida, con techo vidriado y luz cenital. Curada por Juan José Cambre como si estuviera pintando un cuadro, en el sentido de que cada obra es una pincelada de una obra mayor que es la muestra entera.

Me recuerda esta muestra suburbana a otro momento glorioso de nuestra historia, cuando Berni y amigos llegaban a la solitaria estación de Don Torcuato a ayudar a Siqueiros con el mural en el sótano de la quinta de Botana, luego de que este lo hiciera venir prometiéndole una ciudad lista para la expresión callejera.

De momentos, sueños y fantasías de artistas y coleccionistas está hecho este mundo del arte que nos toca.

Mientras termina de retocar una base de madera, uno de los miembros del tremendo equipo de montaje me señala una gotera en la claraboya que no resiste las lluvias de mayo. Mientras caen las gotas en un balde de plástico me dice: una instalación de Bianchi. Nos reímos.

También de esos momentos está hecho el mundo del arte.

 

Zigzag, curaduría de Juan José Cambre, Colección Oxenford, Pilar, desde el 25 de mayo de 2018.

28 Jun, 2018
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