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Kryptonita

Nicanor Loreti

CINE y TV

Habría que ver hasta qué punto Kryptonita es una película “vieja” y no clásica, al menos no clásica en el sentido en que la entienden sus autores, que citan más o menos explícitamente a John Carpenter y la saga Sin City. Entre estos dos referentes hay un nexo casi paradojal: Carpenter es hoy un clásico porque fue, en su momento, un renovador de tradiciones, y las películas de Sin City son pésimas e invisibles porque acumulan una estética “posmo” y hueca sin referentes de peso (más allá de la obra original de Frank Miller), en una época de memoria cinéfila extremadamente corta. Abrevar en el noir clásico para facturar un engendro paradigital como lo era el colectivo de Miller, Rodríguez y Tarantino resultó en su momento un gesto tan vacío y “tribunero” como lo es ahora plantar una épica de superhéroes en el conurbano bonaerense. En el primer caso, su público potencial carecía de la memoria emotiva necesaria para reconocer tipologías como las del “perdedor” o la “mujer fatal”. De ahí el envoltorio artificial, de videogame gigante, excusa para excitar los sentidos. Las limitaciones presupuestarias podrían haberle jugado a favor a Kryptonita, que parece hecha para esa platea que era adolescente en los noventa —la década que habrá que rescatar y revalorizar en algún momento, pero que, entre otras cosas, se llevó puesta buena parte de la industria del cómic local sobre la base de la apertura indiscriminada a la importación de los universos DC y Marvel— y que hoy se siente algo incómoda, desubicada frente a la proliferación digital de imágenes en movimiento y películas pensadas para un público más infantil. Kryptonita es una película de carne y hueso, pero resulta imposible agradecer su fisicidad porque juega siempre con ropas y mitología prestadas —que le quedan siempre grandes— y lo hace de manera insegura, llamativamente torpe por momentos. Imaginar un Superman, un Batman, una Wonder Woman o un Flash desde la imaginería chabona y orgullosamente lumpen que caracteriza los libros de Leonardo Oyola requería, curiosamente, una seriedad que la alejara del grotesco y la parodia. De ahí el ruido a máquina floja, fuera de punto, cuando se convoca al creador de Halloween (1978) y Asalto al Precinto 13 (1976), que siempre se tomó las cosas muy en serio. Kryptonita es la foto freak de una época —la de formación intelectual de sus autores, probablemente—, pero su trasfondo sólo es visible para la gente que creció en ella o, aun a disgusto, permaneció cerca de sus marcas y señas. Su atractivo no es el de la revisita o la reformulación, sino el del paisaje intervenido, que requiere, siempre, cierta inmunidad frente al poder de fascinación del objeto con el que se trabaja. Aquí no hay homenaje sino rezo, no hay reformulación porque el guión es llamativamente pobre en todo sentido, y la apropiación del mito pasa únicamente por los colores del vestuario. Kryptonita, incluso, está mal actuada, con puntos bajísimos en Juan Palomino, Pablo Rago y —¡díficil de creer!— Diego Capusotto, como si nadie hubiera creído nunca que la cosa podía salir bien. A Carpenter le pasó algo parecido cuando le encargaron hacer una película “a lo Indiana Jones” y entregó Rescate en el Barrio Chino (1986). Hoy, sus fans más acérrimos miran con simpatía esa enorme pavada llena de monstruos y chinos voladores. De las películas posteriores de Loreti puede depender el futuro de Kryptonita, si es que tiene alguno. Su presente no dice casi nada.

 

Kryptonita (Argentina, 2015), guión de Nicanor Loreti y Camilo De Cabo, con la colaboración de Paula Manzone y Nicolás Britos, sobre la novela homónima de Leonardo Oyola; dirección de Nicanor Loreti, 80 minutos.

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