LITERATURA ARGENTINA

Casi veinte años separan a Avión, la última novela de Eduardo Muslip, de la primera, Hojas de la noche (1996). En el camino parece haber construido una voz mediante un tratamiento del lenguaje en el que la frase surge como raspada por un filo a contraluz, que le quita toda impureza, elimina lo que sobresale y resulta en un estilo liso y terso.

El vuelo entre Los Ángeles y Buenos Aires, regreso de unas breves vacaciones por invitación de una hermana radicada en Estados Unidos, desata este relato en tiempo real donde, aparentemente, no hay mucho para contar. Ese estado de tránsito, en el aire, fuera de toda territorialidad, parece clausurar las opciones de la trama y convierte el viaje en una espera que pone en evidencia un límite: cómo narrar el vacío de anécdotas. La respuesta está en la conciencia del narrador, que fluye sin desorden al recuperar historias de la infancia. El registro que su mirada constante hace sobre los pocos pasajeros que lo acompañan —cual cámara de vigilancia— selecciona cualidades físicas o sutiles detalles que disparan las relaciones con el pasado. De esta manera, el tiempo muerto de este espacio vacío se completa con relatos pretéritos que, como injertos prescindentes, terminan por darle peso al texto. En Avión no hay espectáculo —ni accidentes, ni secuestros, ni atentados—; tampoco hay política —no se mencionan la crisis argentina de 2001 ni la crisis norteamericana post Torres Gemelas—, aun cuando el viaje está fechado el 7 de mayo de 2002. Lo que hay, en cambio, es el relato de la vida cotidiana. Muslip trabaja con la generalidad para descubrir allí la particularidad y demostrar que todo puede ser narrado: la vida común también esconde debilidades y miserias.

El acierto está en la inflexión que une esa mirada con un modo de decir: si no pasa nada, no se escribe nada, sólo se hace el registro. El narrador de Avión no se hunde ni se eleva, no se apasiona ni se conmueve. Su tono es uniforme y constante, sin énfasis; como el avión mismo, avanza a velocidad de crucero sin detenerse. Pero eso que falta —los “fantasmas” de la imaginación, o el aura del exilio que se presume en aquellos pasajeros que llenaron los asientos a la ida y no los ocupan en la vuelta— está latente por su misma ausencia y se hace presente a través de las palabras. Una forma es la elección que descarta lo nuevo para conservar lo seguro —“Hace poco me enteré que trigueño significa moreno, y todavía no pude acostumbrarme a ese cambio”, dice; o también, “El gato es atigrado, barcino, como me enteré hace poco que se dice. Qué lindo gato barcino. Mejor sigo diciendo atigrado” —. La otra es el efecto de superficie sin rugosidades que esa misma estrategia arma y su consecuencia: palabras que, como si fueran cortocircuitos, provocan chispas y resaltan. “Pija” es una de ellas: despunta de manera sutil en el principio y estalla de forma insistente sobre el final, con su repetición acumulada en pocos renglones mientras se narra una inesperada escena de sexo explícito. Es ese quiebre lo que también hace al estilo de esta voz que es capaz de hurgar en diferentes niveles siempre manteniendo su tono medio y neutral.

Avión es una novela que, como el vuelo mismo, navega sin turbulencias por encima de las nubes. El viaje es entretenido, nunca interrumpe su avance y encanta hasta su arribo.

 

Eduardo Muslip, Avión, Blatt & Ríos, 2015, 137 págs.

5 Nov, 2015
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