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La marca que deja el agua

Laura Garaglia

LITERATURA ARGENTINA

Como las correntadas que se abalanzan por las calles anegadas de Buenos Aires cuando caen las lluvias torrenciales que suelen azotar la ciudad, esta primera novela de Laura Garaglia llega cargada con toda la fuerza de lo íntimo cuando se mezcla con lo comunitario y del pasado cuando se atasca con el presente y desborda hacia el futuro.

En La marca que deja el agua, la voz de una niña nos cuenta cómo llueve y no para de llover; cómo la humedad lo va invadiendo todo; cómo se suspenden las clases, pero la hermana mayor decide salir igual porque está buscando trabajo; cómo se corta la luz y el día encerrados se vuelve interminable; cómo, poco a poco, la casa se va llenando de vecinos expulsados de sus propios hogares, ya que esta es la única edificación del barrio que no se inunda “porque está arriba de un escalón”. Los acontecimientos fluyen, se acumulan con su color de barro que todo lo confunde y sacan a flote temores e historias escondidas: recuerdos de juegos y vacaciones, pero también la preocupación por los chicos que viven en El Pasillo y seguro no tienen dónde resguardarse durante la tormenta; cospeles y fibras Sylvapen, pero también vecinos violentos que sacan todos los muebles a la calle cuando enfurecen; abuelas y tíos cariñosos, pero también la casa tapiada en la que vivía un muchacho al que “se lo llevaron”. Y en medio de todo, un padre “que siempre piensa en los demás”, como dice la tía Cholita mientras lo abraza; un padre que quiere ayudar, en silencio, con acciones, un padre como los de antes, que recibe a todos en su casa, quizá por culpa —una culpa humilde, "culpa de que a él justo no le entró el agua"—, y que se mete en lo profundo de la inundación para rescatar a un chico perdido, pero no puede, no puede.

La que narra no es cualquier niña. Es la hija de este padre y es, también, la que tiene los recursos propios de una artista en ciernes: la que se queda embelesada sobre el escenario del Teatro Colón durante una visita escolar, la que presta atención porque es “la reina de escuchar conversaciones” y la que se detiene buscando la expresión adecuada porque es la que “sabe de palabras”. En la narración, frente a nuestros ojos, se va construyendo esta subjetividad escritora, que se afirma cada vez con más certeza. Y de su mano surge un relato que se alimenta del empeño infantil para intentar la salvaguarda de un mundo que quizá ya no exista: el de gente buena, un vecindario solidario, una red de rescate sostenida por las distintas figuras de la vida cotidiana y, también, por una trama institucional en la que nadie duda de la presencia sólida de trabajo, escuela, sindicato, Estado. Sin ingenuidad, pero con ternura, la narración nos recuerda que supimos tener sueños como sociedad. Y aunque en el futuro va a seguir habiendo inundaciones, “porque acá nunca nadie hace nada”, nos pide, con voz de niña, que no los abandonemos.

 

Laura Garaglia, La marca que deja el agua, Corregidor, 2026, 160 págs.

11 Jun, 2026
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