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El ángel de lo súbito

Noni Benegas

LITERATURA ARGENTINA

El nombre El ángel de lo súbito es secretamente significativo. Benegas cuenta en el epílogo que evoca un cartel luminoso que se abría y cerraba a la entrada de Buenos Aires cuando era niña. Marca entonces el relampagueo de toda iluminación, tan rápida como huidiza, que culmina al precio de su inmediata evanescencia.

“Súbito”, etimológicamente, hace referencia a un hecho repentino que surge desde abajo. Adjetivación contradictoria del impulso angélico que sólo podría descender de lo alto y que dibuja, así, un juego pendular que caracteriza la dinámica de la antología.

Porque este ángel súbito hace de ella una poesía atópica, que no radica en un solo sitio, transita entre muchos y sólo parece vincularse a la desestabilización de todo lugar, al desarraigo. Y no me refiero a una cuestión biográfica, a la condición de Benegas de argentina establecida en Madrid, como si la argentinidad no fuera en sí misma una identidad suficientemente nómada. Hablo de una disposición errante, como carta de naturaleza de su poética. La heurística de un poema de Noni es ya un pensar en itinerancia: su lógica trabaja la imposibilidad de residir y acaba pensando como sitio propio un no-lugar: inocente, que debe haber sufrido mucho y sobre el que nada puede asentarse. “Buscaba un lugar / del que colgar y balancearse, / no un lugar-excusa al que se vuelve / y en el que nunca se está entera. / Un lugar vertical / adonde hundirse o ascender / ambas decisiones a tomar / entre vaivén y vaivén”. Ese entre podría hacernos pensar en una región intermedia, un lugar al fin. Porque —con ser ambiguo— el espacio entre es ya una manera de ubicación. Pero no, aquí se busca hacer habitar el poema en una oscilación, que marca incluso el argumento. En uno de los más bellos, “La casa”, Benegas narra en el poema deshaciendo narración: “Cómo disolver una casa, la estructura / de canela simple, sólida en la memoria, / los travesaños de letras de molde / y las ventanas, que enmarcan un único paisaje / lívido, de la infancia. / Cómo estallar la ceniza y absorberla / por un agujero negro o mejor luminoso, clarísimo / que brille hasta el fin y se apague. / Cómo no entrar ni salir que no haya un porche / ni una escalera, ni una sala, ni una madre / al fondo de un sillón y un hermano por siempre en el baño / descubriendo su adolescencia. / Cómo, una vez la casa quieta, borrar la ausencia del padre / instalada con rabia de polvo en el vacío”. Pareciera que de la experiencia de la pobreza del narrar contemporáneo que diagnosticara Benjamin puede salvarnos esta redistribución de funciones genéricas que inaugura la poesía de Benegas, no sin pagar un alto costo: el de la imposibilidad caracterológica del poema en tanto discurso relatante, como dicción que narra.

Silvia Plath decía que podía contar el cuento de una cebolla en la cocina y el cuento se articulaba sin problemas, pero si insertaba la cebolla en un poema, esta crecía, añadía capas, omnipresente, hasta deshacerlo. Esa imposibilidad de contar dentro del relámpago que se enciende y apaga que es el poema lo contagia con el pathos de la dicción frustrada del cuento deseado, que finalmente no se relató. Estaríamos ante el arranque de una historia inconclusa, una no-intriga: “Lo que amaste / debes / paso a paso / desandarlo. / Chorros de campos de nieve/ fuente robada”.

De esa dicción que vuelve sobre si y se desanda nace toda la emoción, la conmovedora excelencia que tiene para mí la poesía de Benegas: esa tentación de contar y la interrupción de lo que iba a narrarse, esa iluminación repentina de una historia perdida y el destello de un hilo de relato con un sentido roto.

 

Noni Benegas, El ángel de lo súbito. Antología esencial, FCE, 200 págs.

30 Abr, 2015
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