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La serie negra

Washington Cucurto

LITERATURA ARGENTINA

Contextos como el de una Argentina potencia editora en la que leer es una política de Estado celosamente regulada; un argumento que encadena a Bolivia, una fábrica voladora de Coca Cola, una inundación colosal que sumerge casi toda la tierra en un mar del oscuro brebaje y en el que “los buenos” quieren resucitar a Bukowski —otro en el que un virus espacial transforma a la hija del poeta Elejandro López (sí: Elejandro) en una dragoiguana en celo y cuyo clímax parece ser la presencia de Dios en Parque Lezama—; o personajes como Lorcadio Mendieta, ex concejal de Lomas de Zamora y “peronista incluso antes de Perón”, que llega a presidente de la sede altiplano de la multinacional —o Gómez Cósmico, una cyborg detective que se excita y acaba en potecitos de yogur—, son apenas una mínima muestra del arsenal imaginativo que estos cuatro relatos despliegan en su breve y desencajado recorrido.

En “La serie negra”, por ejemplo, se agita la idea de que el Borges que conocemos fue un actor de sí mismo mientras que el verdadero escritor era otro, un plan macabro que graciosamente elucubró un tal Lisandro Emecé, ahora de apellido Planeta: sagaz broma para iniciados. Antonio Abal Medina Bello —un poco de prosapia justicialista y otro toque de antiguo puntero derecho—, en “Bukowski”, o la “mandataria Alicia Cristina de Kirchner”, en “La serie negra”, son parte de un elenco de personajes menores cuyos nombres, deformados por el ingenio, pican contra la escena política argentina. Tetas, la castiza referencia a “fornicar” y su contraparte más ordinaria “calentura” les dan a la serie su ingrediente lúbrico y sexual. Un Ford Galaxy aporta una pizca retro-chic; y la épica de las ediciones cartoneras, la impostergable reminiscencia a Eva Perón, cierta geografía onda mundo-conurbano y un diccionario fierita, chabón o papá proveen ese condimento que se cosecha en las quintas del campo popular.

Con todo, aunque la trama de cada relato vire, pegue un salto, se salga de un hipotético eje o nunca termine, no sería apropiado afirmar que estos cuentos son el fruto de cierta clase de experimentación formal. Tampoco parecería que mediante el uso libre de la mordacidad o la sátira traten de incidir de alguna forma en el panorama político actual, o que sus selecciones de léxico o de gramática los transformen en emergentes de cierta literatura de clase, si algo como eso existiera. La sensación es que, hinchados por la fuerza centrífuga de su misma presión acumulativa —darle cabida a una nueva excentricidad, en un espacio finito, tiende a empujar a la anterior hacia afuera—, se agotan en la sola puesta en página de ese enloquecido muestrario de ocurrencias, uno en el que la vocación por la desmesura puede encaminarse a un precipicio, desnudando el truco como puro mecanismo. A veces no basta con “escribir las cosas que vemos, delirándolas un poco”.

 

Washington Cucurto, La serie negra, Paisanita editora, 2015, 100 págs.

19 Nov, 2015
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