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LITERATURA ARGENTINA

Los versos de Un veneno de sí articulan una poética original a partir de la tensión en los límites de lo decible. Fernando Araldi Oesterheld elige y decide escribir desde la pérdida; la pregunta que invita a formularse es de qué forma materializamos la ausencia o la hacemos texto.

Escribir supone inventar una lengua, en este caso un idioma complejo semejante a la mudez de las piedras o a las notas de sonido guardadas en una caja de resonancia apenas audible. Así el lenguaje sería, más que un instrumento, un espacio donde acontece toda forma de vida: “Hubo un idioma para despertar, / el silencio más íntimo / nos da lo que no podemos dejar ir”. Si forjamos filiaciones con los otros, si edificamos sentidos, lo podemos hacer en la medida en que el lenguaje nos lo permita y funcione como una especie de ancla para aferrarse a lo real.

Pero la poesía —y Un veneno de sí daría cuenta de ello— no siempre es un ancla sino más bien urgencia, y ¿quién dice que no pueda ser el poema una suerte de oración o de plegaria para ordenar de alguna manera la experiencia traducida a imágenes que rozan lo onírico?: “Yo soy mis ojos calavera, los labios de negro, / los huesos blancos y desnudos / como rayos en la luz que vibran / con todo lo que enloquece la realidad”. Momentáneos, súbitos chispazos en este libro nos hacen pensar en el poeta como un animal imaginario que se encarga de enunciar la palabra inicial que activa y resignifica todo lo vivido: “Estás respirando, hay lluvia que cae, / así es tu resplandor / y todo un temblor como un tiempo inacabado, / único, para mirar y existir, no hablar y que hable / la noche / Estás respirando, hay lluvia que cae, / así es tu resplandor”. Esos mismos chispazos, que parecieran no tener dirección, dislocan la lectura, abriendo en la página espacios en blanco y redefiniendo un mapa de ruta improvisado para el lector; de ese modo encandilan a la manera de un brillo intenso o un fogonazo que rompe la distancia entre el destinatario ocasional y el propio texto. En otras palabras, a la hora de tejer una referencia concreta con el mundo nos preguntamos qué somos antes de nacer: ¿acaso somos sombra?, ¿somos voz?, ¿luz?

Hay una iconografía religiosa elaborada con aquello que a cada segundo se apaga y se pierde, y la memoria se sostiene mediante sensaciones minúsculas: “El ángel de la guarda afila sus uñas, alisa sus cabellos / y traza un jardín […] ¿Pero qué dijo antes de hablar, / por quién juró bajo las nubes y ya no pudo / contener esa promesa de una vez / y para siempre?”. A lo mejor desde esos puntos de apoyo la tarea del poeta consiste en restaurar la pérdida, mantener imborrable esa palabra originaria en el corazón del silencio que nos mantiene a salvo de la intemperie. De ahí el resplandor sombrío de la poesía y de los versos de Oesterheld, que parecieran dibujar temporalmente las coordenadas desde las que narramos nuestra identidad sin mucho más para decir.

 

Fernando Araldi Oesterheld, Un veneno de sí, Mansalva, 2016, 64 págs.

25 Ago, 2016
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