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Versiones del paraíso

Carolina Esses

LITERATURA ARGENTINA

La naturaleza y sus fenómenos, tan bellos como inquietantes, tienen un lugar clave en la poética de Carolina Esses, como pudo apreciarse, ya desde el título, Temporada de invierno, en su libro anterior. En este, Variaciones del paraíso, más notoriamente en la primera parte, la poeta agudiza el ensamble de observaciones reflexivas sobre la vida afectiva ―asombro, penas, decepciones, y también celebración, interrogantes, incertezas― con el medio natural por el que los versos avanzan “Como la corriente lenta pero constante / que arrastra peces y aves marinas / […] / capaz de elegir por nosotros un destino, / el mallín nos llevaba hacia lugares que no conocíamos”.

La naturaleza que se describe es fondo o marco, pero no en sentido estricto; más bien hay voluntad de ser con la naturaleza, de que la naturaleza funcione, según los principios de Emerson, como fuente de lenguaje y vehículo de pensamiento. Dice la poeta: “Si fuésemos como Walden. / ¡Ah, si fuésemos como Walden!”, sorprende esta expresión de deseo; el yo poético no aspira a ser el autor de La vida en los bosques, ni estar en los bosques, sino ser el bosque, la laguna misma; o, para el caso, el “mallín”.

El mallín (zona de tierras bajas, inundables, fértiles o salinas, pueden conformar pequeños ecosistemas en zonas relativamente aisladas, permanentes o temporales), lugar al que la poeta alude en su libro anterior, en Versiones del paraíso tiene un lugar casi protagónico, símil ineludible que refiere a la familia: “Hicimos de la orilla, una casa / a la altura de las circunstancias, / pensamos: nada puede llevarnos de vuelta / estamos a salvo / y nos dimos a la tarea de construir una familia. / Nuestros hijos crecerían entre cañas / les lavaríamos el barro de las piernas / cuando atravesaran, descalzos, la laguna”. Pequeño ecosistema, la familia, con sus virtudes y vicisitudes: “no imaginamos… / no podíamos imaginar / que no había raíz ni cimientos / y abríamos las manos / pero en lugar de arcilla fértil sólo era tierra oscura”.

Esses no escribe sobre la familia al estilo de los poetas estadounidenses para quienes el tema es tradición, pero se nutre sabiamente de ellos; lejos de la atrevida Sharon Olds, o de la confesional Anne Sexton, se acerca más, sin perder fuerza enunciativa, a la sobriedad de Louise Glück, a quien cita en uno de los epígrafes.

Versos sutiles, sin estridencias, armoniosamente equilibrados, la belleza del lenguaje que acepta la vida como es, en una de estas Versiones del paraíso, azorada ante el amontonamiento de hojas secas, escribe: “A ver: esta promete un futuro apacible / pero esta otra; […] / acaricio la posibilidad de una catástrofe / la destrucción total y más perfecta / de este andamiaje familiar que nos sostiene”; pero otra versión dice: “salvo que nos ofreciéramos / a la mordida filosa de los ratones / y nos transformáramos / en gozosa / fugaz celebración de lo que queda”.

Hasta aquí, la primera parte del libro. En la segunda, más breve, el paisaje cambia radicalmente, aparece lo urbano que nos aqueja, lo doméstico de un “Bucólico paisaje de clase media”: “¿En qué idioma hubiésemos hablado / de quedarnos para siempre en esta cama?”, como si se tratara de una isla, con la familia completa, en la que los riesgos son conocidos, monedas, botones. Entonces, anclar el cuerpo al parquet, los isquiones como raíces, y retrotraerse a la realidad material de la escritura: un breve viaje en taxi con el maestro Padeletti a quien no logra arrancarle una sola palabra sobre poesía, sino tan sólo algunas desdichas de la vida cotidiana.

 

Carolina Esses, Versiones del paraíso, Ediciones del Dock, 2016, 52 págs.

15 Dic, 2016
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