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El mal recibido

Ignacio Apolo

TEATRO

Unas pocas sillas y algunos bancos dispuestos en semicírculo delinean el espacio desde el que asistimos a la escenificación de cuatro relatos de vida que –corporizados en cuatro personajes diferentes– conforman al mismo tiempo una indagación sobre el hecho teatral y sus categorías. Si el teatro tiene capacidad narrativa, ¿cómo se construye ese relato?

Los avatares del ex guerrillero vuelto pastor electrónico, los de la empleada municipal que –contra la hipótesis del accidente– apuesta al femicidio como causal de muerte de otra congénere, el derrotero del hijo piromaníaco (o casi) que asiste impotente a la enfermedad terminal de la madre y el del hombre que cambia la propia identidad para disimular una responsabilidad ominosa son las historias que Ignacio Apolo pone a circular durante el espectáculo.

En el marco de un dispositivo escénico mínimo, se destaca la pantalla encendida de un televisor como ícono de la cultura audiovisual y emblema del modo de percepción del espectador contemporáneo: simultaneidad, alternancia, fragmento y repetición son categorías que Apolo –en su rol de dramaturgo y director en vivo– imprime a la forma de las tramas que se suceden frenéticamente, sin solución de continuidad. Los textos proliferan como las imágenes mediáticas: no se callan nunca; los personajes, tampoco.

Martina Viglietti, Lucas Barca, Mario Jursza y Alejandro Dufau saben muy bien lo que están haciendo. Es por eso que lo inquietante o enigmático de sus actuaciones, lo que convoca irremediablemente la mirada, se produce en el momento previo al comienzo de la ficción, cuando todavía no se sabe qué es del orden del teatro y qué no. Las charlas entre ellos, la lectura de mesa, el mate que circula ¿forman parte de la puesta o son lo real? Poco importa. Lo que cuenta es nuestra voluntad inclaudicable de descubrir el simulacro, porque en esa operación queda cifrado el mecanismo de la teatralidad.

Si hay algo que El mal recibido da por cierto es que el teatro es convergencia. Las tramas heterogéneas admiten homogeneizarse porque lo que las define no es tanto de la naturaleza del contenido como de la forma que las aglutina. Los personajes adquieren su entidad por la diferencia con los otros, y los otros se revelan imprescindibles para esta construcción. El mal recibido es una confluencia ininterrumpida de relatos desopilantes y desgarradores que, en los cuerpos permeables de sus actores, intenta –al menos por el tiempo efímero que dura la representación– conjurar el vacío que produce el silencio, el vacío de la propia pantalla mental.

 

El mal recibido, dramaturgia y dirección de Ignacio Apolo, Sala Machado, Buenos Aires.

2 May, 2013
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