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CINE y TV

Hay una escena recurrente en el cine de Lucrecia Martel. Un grupo de mujeres susurran, hablan, cuchichean entre ellas, mientras alguien, otro (el espectador, casi siempre) las espía, las escucha, las acecha en silencio. Ocurría en La ciénaga (2001), con ese clan estropeado envuelto en una ceremonia turbia de disección familiar; era una confirmación de superficies en La niña santa (2004), esa obra maestra calenturienta sobre la fascinación y el rechazo por las cercanías; y definía, a través del desenfoque, la atmósfera y los tonos de La mujer sin cabeza (2008), que es, esencialmente, una película de terror. Zama se inicia con un motivo similar: el protagonista espía a un grupo de mujeres que secretean y conversan en algo que parece guaraní, hasta que es descubierto. La experiencia de los límites, entonces, está clarificada desde el comienzo. Dos mundos independientes conectan en esa escena, definiendo de allí en más la estética de una película que gira casi exclusivamente sobre una propuesta de espacios vigilados, invadidos, penetrados, aunque inconciliables. Todo está intrusado en Zama (empezando por la intimidad, siguiendo por el sexo y culminando en la propia mente de Don Diego) como si Martel —en pleno dominio de un arte que le pertenece casi exclusivamente— ya diera por sentado que hay partes, dimensiones de la realidad condenadas a repelerse entre sí, que sólo pueden insinuarse las unas a las otras en el instante mismo de su desaparición, cuando lo único que queda de ellas es una especie de huella sonora, de traza o reverberación acústica que, por un extraño milagro de puesta en escena, llegara a volverse efímeramente lumínica. ¿Cuántas películas se ven y se escuchan como Zama, especialmente en sus escenas nocturnas o crepusculares, y ya no en el cine argentino —esa cosa en su mayor parte inútil y autocomplaciente— sino en el cine del mundo entero? Casi ninguna, en la medida en que la mayoría de los cineastas ha renunciado a explorar el desnivel peligroso entre el deseo y el misterio. Se ha dicho que Zama es una película sobre “la espera”, algo que es cierto pero que también puede llevar al equívoco de considerarla un prodigio de morosidad. Esto es, más precisamente —y arriesgamos—, un ejercicio respiratorio sobre la experiencia de atravesar la realidad. Un rito fúnebre obsesionado con la meta imposible de imitar el lenguaje de la naturaleza; esa que, a lo largo de todo el metraje —y como en los primeros films de Terrence Malick— parece contemplar la agonía humana con una terrorífica ajenidad. Hay más influencias y asociaciones posibles (de Werner Herzog a Glauber Rocha, pasando por los westerns abstractos de Monte Hellman y llegando, incluso, y mal que le pese a Martel, al Apocalypto de Mel Gibson), pero ahondar en ellas distraería de lo que verdaderamente importa: señalar la unicidad de esta película hipnótica y acuosa, que demanda más de una visión y que confirma a Martel como la gran, imprescindible, casi inaprehensible cineasta que es.

 

Zama (Argentina/Brasil/España/Francia y otros, 2017), guión de Lucrecia Martel sobre la novela de Antonio Di Benedetto, dirección de Lucrecia Martel, 115 minutos.

 

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