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La flor

Mariano Llinás

CINE y TV

Con toda lógica, La flor, la película de catorce horas que Mariano Llinás filmó durante diez años con las actrices de Piel de Lava, se abrió por fin en la Sala Lugones el día de la primavera. Fue una fiesta del cine, como casi siempre en la cinemateca, y hasta quizás un récord entre sus históricas pruebas de resistencia. Dividida en tres partes de entre cuatro y seis horas con intervalos, se proyectó completa ante un público tenaz que, contra viento y granizo, abandonó el atracón solitario de series de la pantalla chica y perseveró durante tres fines de semana en el rito comunitario de la sala oscura, entregado al magnetismo de los relatos. Y aunque la película es larga, por momentos larguísima, no es la duración lo que la vuelve única, sino su furor narrativo, la impetuosa máquina de contar que brilla como pocas en el repertorio más bien anoréxico del cine argentino. Más que a los tiempos dilatados de Warhol o Béla Tarr, más que a las largas tomas del slow cinema, La flor recuerda a Preston Sturges, a Hitchcock, a Hergé o a Stevenson, y entre sus contemporáneos, a Miguel Gomes o a Rafael Spregelburd. Por momentos coquetea con algún fondo pero, como Balnearios o Historias extraordinarias, es pura superficie, puro género, pura libertad, pura forma.

En el comienzo, sentado a la mesa de un ACA al costado de una ruta, el propio Llinás resume en off el exuberante plan de la película, mientras dibuja la flor del título en una libreta, para graficar la estructura episódica de cuatro historias que empiezan y no terminan, una quinta que empieza y termina y una última que acaba sin empezar, protagonizadas casi invariablemente por las mismas cuatro actrices, Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa. “La película está hecha con ellas y en algún punto es sobre ellas”, dice Llinás y es cierto. Porque aunque a lo largo de los seis episodios desfila el elenco casi completo del teatro local independiente, son ellas las únicas protagonistas. Y si en Historias extraordinarias las mujeres imponían un desvío, un descarrío narrativo, ahora ocupan el centro de la pantalla, se adueñan de todos los géneros, ganan los primeros planos en el cine clase B, el musical, las tramas de terror o de espionaje, el remake o el experimento, y hasta defienden su lugar de privilegio en la delirante parábola metaficcional del cuarto episodio, en el que el director es un empecinado, un casanova, un loco, y las actrices son musas, espías o brujas. La fascinación con que la cámara las mira animar los personajes más dispares y sumarse a las tramas más descabelladas llega al paroxismo en la secuencia de retratos animados que cierra el cuarto episodio, donde sólo quedan ellas y el paisaje de fondo, sin personajes, sin trama, sin relato.

Pero hay otras claves en la breve escena del comienzo. El cine de Llinás no es literario, como suele decirse, sino que florece entre la imagen y la letra escrita, o mejor, en los innumerables juegos del “entre dos” que la imagen soberana le propone a la palabra, para librarse de la esclavitud narrativa al que la someten las convenciones del cine de la industria. Aquí la voz en off es la que cuenta (o cuenta el texto escrito en libretas, cartas, pantallas de computadora, mensajes, subtítulos o intertítulos), pero también especula, metaforiza, traduce, interpreta, ironiza, resume o recapitula, para que entretanto la imagen se entregue al puro derroche: las Piel de Lava en la sierra o el mar, en Siberia, París o Londres, un ballet de avionetas que dibujan el cielo con estelas blancas, una historia de cautivas del siglo XIX filmada con una cámara oscura, un Renoir renacido en el parque recreativo de un ACA.

Toda la película, si vamos al caso, se escribe al costado de una ruta en un Automóvil Club Argentino, inopinado aleph de la llanura, donde pueden convivir todos los géneros, el cine, la literatura, las lenguas y las fantasías de cuatro continentes. Y más: abierto a las mezclas más inesperadas, el cine puede reencantar la Pampa, el interior, las rutas desoladas y los desangelados hoteles de provincia, y dotar a la llanura monótona de aventura y maravilla.

La flor es caprichosamente larga, es cierto. Pero anímese, espectador, la próxima vez que se proyecte. Mientras se va deshojando, la felicidad de Llinás contagia y después dura.

 

La flor (Argentina, 2018), una producción de El Pampero Cine y Piel de Lava, dirección de Mariano Llinás, 807 minutos (sin intervalos).

 

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