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Zama versus Zama. La piedad de Lucrecia Martel

DISCUSIÓN

Cuando un director de cine se atreve a adaptar un libro excepcional, el lector más o menos ortodoxo sentirá culpa si se acerca a ver la película antes de haber leído el libro. Sencillamente, porque siempre es preferible tener la libertad de imaginarlo todo y no de andar haciendo un collage mental con los rostros salidos de un casting, los escenarios que supo conseguir la producción, voces (que, por fortuna, en nuestro país nunca se doblan), encuadres, astucias de cámara y todo lo que un director haya interpretado con mayor o menor inteligencia.

Contra este prejuicio bien fundado, sin embargo, creo que hubiera preferido leer Zama de Di Benedetto después de ver la adaptación de Martel y no antes. La sintaxis díscola, el estilo poético en un sentido austero y ese nuevo lenguaje para ese nuevo mundo que el escritor mendocino imagina al construir el soliloquio áspero de Zama no alcanzan para que el lector, sobre todo al principio de la novela, no sienta que para seguir los pasos de Don Diego de Zama (un hombre gris que no invita a ser seguido) debe abrirse paso a machetazos.

Con Martel, la cosa arranca distinta. Zama, por supuesto, sigue siendo Zama: un funcionario español, americano de nacimiento, que quiere irse del inhóspito lugar en que se encuentra y espera, sin suerte, la carta del rey mientras corren los últimos años del siglo XVIII. Lo que cambia es el efecto que ese Zama provoca en el espectador: la empatía. El Zama de Martel no es necesariamente una buena persona pero es alguien a quien se le puede tener piedad. (No es novedad que un personaje de Martel inspire compasión. Hasta el doctor que apoya a una adolescente en La niña santa termina por dar lástima. No hay seres que merezcan el infierno en ninguna película suya, quizá porque el infierno tan temido está acá en la tierra). El protagonista del libro, en cambio, provoca en el lector un sentimiento menos cristiano; a uno no le importaría realmente que muriera en medio de cualquier oración de la novela. Racista, lascivo, propenso a la ira, de ánimo pendenciero y capaz de saltar de la fantasía de su testosterona a la violación, el Zama de Di Benedetto peca de egotismo y nos condena a los círculos concéntricos de su hipnótico infierno interior.

Martel oculta el lado más oscuro de Zama con un par de elipsis estratégicas y, sin prometer el paraíso, vuelve a Zama interesante desde el primer fotograma. Irresistible resulta en medio de la perspectiva de una playa semivacía ese hombre solitario que, con su sombrero como canoa de tres puntas y su chaqueta púrpura, se recorta bajo un cielo plateado mientras sus botas se entierran en la arena angosta de la orilla. Hombre de la orilla que, de espaldas al continente, mira hacia algún horizonte, pensando, quizás, que nada de lo que atraviese ese espejismo llegará o partirá intacto, y soñando, seguramente, con su traslado a Lerma (un guiño de Martel a su Salta natal) mientras espera.

El soliloquio de Zama se intuye en la película más de lo que se oye, porque Martel en ningún momento hace uso de la voz en off. Se intuye por los planos cortos e insistentes que Martel hace sobre Zama, el polifacético Daniel Giménez Cacho —una vez, cura pedófilo de Almodóvar; otra, asesino de Ripstein—, mientras este guarda silencio y sobre su rostro (un rostro cuyos gestos son tan sutiles que parecen variantes de lo inmóvil, atisbos de gestos, gestos a mitad de camino, incompletos, y sin embargo capaces de transmitir su interioridad de un modo elocuente) se escuchan, como si vinieran de lejos, los diálogos ajenos.

Otra cosa que hace Martel para volver a su Zama alguien más querible es ponerlo incómodo. Siempre hay una dificultad para entrar o salir de los espacios cerrados, ya sea su casa o su lugar de trabajo. Siempre una silla por delante, un marco de una ventana demasiado alto, un animal que se cruza, un esclavo que entorpece el paso. Los techos bajos resultan aplastantes y la oscuridad de los ambientes advierte del peligro que lo acecha. Zama no encuentra refugio ni en la intimidad de su habitación; el salvajismo del paisaje se filtra por cada hendija y lo persigue sin pausa, como la propia sombra.

Las personas que lo rodean también contribuyen para que el espectador se ponga de su lado ya que lo incomodan de un modo más explícito que en el libro: los esclavos a medio vestir lo miran con recelo, las mujeres blancas que desea son de una sofisticación dudosa, los niños, como en las películas de Raúl Ruiz, misteriosos y agoreros, y los gobernadores vulgares al punto de colgarse al cuello, uno de ellos, las orejas de un muerto. Sólo los fantasmas de la fiebre se parecen a los fantasmas del libro, que a su vez recuerdan a los de Rulfo en su Pedro Páramo, publicado apenas un año antes que Zama.

Ventura Prieto y Vicuña Porto, que llevan las mismas iniciales y una sonoridad afín, también están vistos con el cristal deformante de Martel. A Ventura Prieto lo convierte en un sobreadaptado, un triunfador, desenvuelto con las mujeres y cómodo con su puesto, que Juan Minujín, con su porte y andar de bailarín clásico, interpreta con la justeza de una bestia negra, la de Zama, que cada vez que lo mira se siente traicionado. A Vicuña Porto Martel le insufla aún más ferocidad. Es una creación monstruosa, una suerte de Calibán shakespeareano escupido por una tempestad turbia de río. Un espíritu maligno y rastrero que busca la riqueza dentro de unos cocos y a cuyas esperanzas Zama se atreve a decirles no.

En comparación con los personajes de Ventura Prieto y Vicuña Porto que recrea Martel, Zama se vuelve tremendamente humano. Pero tal vez la muestra de mayor humanidad, y el as en la manga de Martel, sea la ocurrencia de que, a diferencia de lo que sucede en el libro, Zama no tenga un hijo con una española viuda sino con una india. Dicho de otro modo, el corregidor de Martel no siente tanto asco por el otro. Hay una aceptación del nativo, aunque sea inconsciente.

Y esa concesión que hace Zama permite reconfigurar el final y leer ese alistarse en el ejército no como un manotazo de ahogado, empecinado y terco, para seguir soñando con el traslado que nunca llega, como ocurre en la novela, sino más bien como una aventura, un entregarse al continente al que, hasta ahora, le había dado la espalda: cambiar una locura por otra. Terminar, por supuesto, termina mal en los dos casos. Malherido y en una canoa río abajo, Zama, como un reptil que perdió su piel para renacer más viejo, se aferra a lo que le queda de vitalidad. Eso sí, cuando abre los ojos, el niño del Zama de Martel no es rubio sino moreno.

 

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