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Gritos de neón

Kit Mackintosh

MÚSICA

Gritos de neón (prologado por Simon Reynolds) es una excursión a la tierra póstuma del género musical que definió la última década del siglo XX, o una visita guiada a la dimensión callejera y futurista en la que el hip-hop agresivo de los noventa muta en una serie de sonidos que llegan después de todo, principalmente del reggae, el rap y el jungle, pero muy especialmente después de los seres humanos. Es un ensayo partido en microrrelatos de una cibernética violenta corriendo hacia el vacío, y en los que un posthumanismo centrado en la voz se entretiene con la barrera del sonido y la capacidad cognitiva del cerebro.

El joven inglés Kit Mackintosh sostiene que el procesador de voz bautizado Auto-Tune creó una vanguardia basada en una brutalidad sonora, una sexualidad androide y un culto a la personalidad que emerge de las trap-houses, pero instala sus altares en el terreno no localizable de la red. Los géneros musicales del futuro ya no serían un producto de la guerra entre el humano y la máquina sino una alianza ciberpunk basada en las tecnologías de la corrección del pitch (para eso fue inventado el Auto-Tune) y esto, en parte, es así: la música de Vybz Kartel, Lil Gotit, Future, Huncho Jack y Young Thug reavivó un paisaje apagado bajo una capa de cenizas (¿las que quedaron luego de la cremación del cuerpo del gangsta?), porque modificaron el aparato sensorial del oyente y lo corrieron hacia un lugar de ciencia ficción. A su manera, y a través de su docilidad vocal digitalizada, géneros como el drill y el bashment evitan los recorridos étnicos o globales y juegan con los errores de cálculo políticos. En un futuro posthumano, Kartel puede aclarar su color de piel de manera artificial porque su propia mitología predomina sobre el trayecto hacia la fama o el éxito. Ya no hay industria a la que “ofender”, y el culto a lo políticamente correcto empieza a manejarse con categorías perimidas.

A diferencia de lo que ocurrió con el jazz en los setenta (que murió freído en la silla eléctrica de la “fusión”), Mackintosh propone la nueva música no como un corrimiento de la frontera de extinción de un sonido reconocible, sino como una secuela de traumas físicos y psíquicos; un enfrentamiento con la violencia y la muerte corporales procesado por máquinas hoy casi autónomas que ya tienen la capacidad de elaborar un discurso y un saber sobre su tema. Contrariamente a los ritmos “metalmecánicos” del siglo de Kraftwerk, estos no son géneros musicales sino posturas estéticas. YouTube transmite por el sistema nervioso de la humanidad lo que ocurre en las calles y destierra para siempre las fantasías millonarias del rap, esas que, afirma Mackintosh, redujeron la fuga y el desorden de la música negra urbana a las etiquetas Parental Advisory que pegotearon demasiadas cajitas de CD hasta construir una cultura del simulacro por excelencia.

Si se considera que Gritos de neón habla de un no-lugar (un espacio paralelo basado en la alucinación y el terror), su ritmo y ambición (propios de la teoría-ficción) son irresistibles. Es como si Mackintosh se entusiasmara con lo que va contando al punto de potenciar artificialmente los méritos de la música que escucha para efectuar un salto planetario. Así, el lector-oyente queda flotando en el espacio frente a una constelación de voces nacidas deformes, torcidas mientras crecían, torturadas por programadores zombis. A diferencia de la cinematográfica (que quedó, con razón, reducida a la nostalgia), la crítica musical —aquí representada por Kit Mackintosh— se ha transformado en una adivinación del porvenir, y sus cronistas parecen escondidos dentro del cerebro de un demente-visionario. El objeto de estudio, a veces, puede llegar a ser lo de menos. Quizás se trate, simplemente, de hacer lugar con las palabras para que pueda entrar lo que viene.

 

Kit Mackintosh, Gritos de neón. Cómo el drill, el trap y el bashment hicieron que la música sea novedosa otra vez, prólogo de Simon Reynolds, traducción de Micaela Ortelli, Caja Negra, 2022, 168 págs.

26 Ene, 2023
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