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Sueños de trenes

Clint Bentley

CINE y TV

A los seis años, Robert Grainier (Joel Edgerton), huérfano que no sabe ni cuándo nació ni quiénes fueron sus padres, es enviado en tren a Fry, Idaho. Allí trabaja en una tienda y es testigo de la deportación masiva de inmigrantes chinos que desde 1892 había llegado a Estados Unidos para trabajar en las minas de oro, la industria textil, la agricultura y el tendido de las vías del ferrocarril. A esto se va a dedicar Robert casi el resto de su vida: todas las primaveras emprende un viaje en tren para pasar el verano hachando árboles para hacer durmientes y puentes para el Spokane International Railroad. Sin ser violento, de chico se acostumbra a la violencia como algo natural. Abandona la escuela antes de terminar y no tiene ningún propósito en la vida. Hasta que conoce a Gladys Olding (Felicity Jones) y comienza su modesto sueño americano. Construyen una cabaña a orillas del río Moyie y tienen una hija, Kate. Y allí viven, sueñan y descansa el protagonista hasta su siguiente temporada de leñador. Trabaja con gente de lugares que ni imagina, como Shanghái. Trabajadores golondrina, nómades sin familia. Todos destinos anónimos, pero con historias detrás, historias cambiadas, fugitivos. Un tópico muy propio de la narrativa norteamericana: reinventarse, ser otro, tener una vida nueva y dejar la pasada. Robert, que no conoce siquiera su propia historia, desea ser sedentario en su cabaña, con Gladys y Kate. Todo en él es puro futuro. 

Sueños de trenes, adaptación de la nouvelle homónima de 2011 de Denis Johnson, es un post western comprendido entre dos épocas: la conquista del Oeste y la conquista del espacio. A su vez, la biografía de Robert está contada en dos temporalidades. Por un lado, la narración en off cuenta su historia con flashbacks. Por otro, aparecen imágenes posteriores que anticipan el final de su vida, cuando conoce una ciudad y asiste a una serie de novedades de los años sesenta: ve por televisión a John Herschel Glenn Jr., tercer astronauta estadounidense en el espacio, vuela en avioneta y ve el mundo desde el cielo, va al teatro y llora con la historia de un niño lobo, ve su reflejo por primera vez en una vidriera. 

Sin embargo, hay en el guion otro procedimiento temporal quizá más importante, que recoge el impacto de la palabra de los otros sobre el protagonista y transmite de manera notable la totalidad de una vida común. Por un lado, están las temporalidades cortas: el día a día del trabajo, las amistades con sus colegas, las charlas y los silencios, la violencia de la explotación laboral, las muertes cruentas de los compañeros sin tiempo para duelos, apenas el ritual de clavar sus botas en los árboles. Luego, las estaciones, el otoño e invierno familiar, el amor de su esposa y de su hija, las tres o cuatro temporadas felices. Por otro, las temporalidades largas: los extensos períodos de la historia; los comentarios del veterano dinamitero Arn Peeples (William Macy) sobre los árboles de quinientos años que talan y sobre las carpas del siglo XIX que se usaron en la Guerra Civil y en las que todavía duermen los hacheros; los hábitos e instintos de los animales explicados por Gladys y su amigo indígena Ignatius Jack (Nathaniel Arcand); las eras geológicas que comprende la empleada del Servicio Forestal, Claire Thompson (Kerry Condon), las inundaciones posteriores a los glaciares que dieron origen al valle y a los lagos donde vive Robert, esa agua de milenios que llegó demasiado temprano para apagar el fuego arrasador que marcó su vida para siempre. 

Así contrastan la angustia del instante, los pequeños momentos de no saber por qué pasa lo que pasa y el tiempo extenso que empequeñece las vicisitudes de una mínima vida humana. Cuando los demás hablan de las cosas moldeadas por el tiempo, Robert muestra un interés que nos hace pensar que se acaba de dar cuenta de algo. Esa epifanía nunca es eufórica sino apenas un gesto que transmite una comprensión, algo que parece dejarlo más tranquilo. El peso de las eras y los siglos abandonan la escala humana de la narración y le dan paz al protagonista, para alivianar su tragedia, como cuando descansaba su cabeza en el regazo de Gladys y ella simplemente le repetía su nombre: Robert. 

Robert Grainier vivió más de ochenta años en Bonners Ferry, Idaho. Solo, casi sin sociedad. “No sé a dónde se van los años”, reflexiona en un momento. Se le fueron construyendo los rieles para los trenes que iban hacia el mar que nunca conoció.

Train Dreams (EEUU, 2025), guion de Clint Bentley y Greg Kwedar a partir de la novela de Denis Johnson, dirección de Clint Bentley, 102 minutos, disponible en Netflix.

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