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APARTE 2. Un recorrido por los monumentos de Passaic, New Jersey

DISCUSIÓN

 

El martes 20 de mayo de 2025 fui a Port Authority, la terminal de ómnibus de Nueva York, en la calle 41 con la 8va avenida. Compré el New York Times y una edición de bolsillo de la novela The Ministry of Time, de Kaliane Bradley, publicada en Estados Unidos en abril de ese año. Elegí ese título no tanto por la recomendación de Barack Obama, sino porque me fue imposible conseguir Earthworks de Brian Aldiss, la novela que debería haber llevado conmigo para repetir la performance que me disponía a traducir; por más que en este caso, casi sesenta años después, esa repetición solo pudiera concretarse como una serie coherente de variaciones. También porque, de la limitada selección que ofrecía el kiosco de la terminal, me pareció el más aproximado por la coincidencia de género. Ambas novelas son distopías, si bien el libro de Aldiss, publicado en el 65, imagina un mundo estragado por la catástrofe ambiental y la desigualdad socioeconómica, en tanto que el de Bradley relanza el viejo sueño de viajar por el tiempo para reescribir la Historia.

¿Qué entiendo por traducir? El ejercicio creativo de hacer lo mismo sin decirlo igual, lo cual implica que lo hecho deja de ser lo mismo en el camino. Me proponía repetir una experiencia, publicada en Artforum en el 67, del artista y escritor estadounidense Robert Smithson, a partir de un recorrido por los monumentos de Passaic, la ciudad donde nació. Al dirigirme a la ventanilla 21 para comprar un boleto de ida, me distraje pensando en el problema de traducción que planteaba el detalle de que Smithson hubiera vuelto a su ciudad natal para mirar la geografía íntima con ojos renovados; una mirada que en la prosa se vuelve a veces cortante y otras de una elegancia retorcida, como los “monumentos” que describe: un puente, una alcantarilla, una torre de bombeo, un arenero en una plaza. Yo, además de inmigrante, era un turista que visitaba por primera vez una Passaic que Smithson pudo volver a imaginar porque la conocía demasiado bien.  Acto seguido, fui al tercer nivel y me subí al 190 de la New Jersey Transit.

Elegí uno de los primeros asientos, del lado de la ventanilla, y abrí el New York Times como hizo Smithson. A juzgar por lo abundante del reporte, la sección de Artes había experimentado un adelgazamiento radical: apenas pliego y medio. En la segunda página, Christie’s confirmaba que ni el fetichismo del lujo escapa a la inflación. El texto anunciaba “turbulencias en el mercado de primavera”. En una entrevista, la nueva directora de la Maestría en Historia del Arte y Arqueología de la Universidad de Nueva York llamaba a “descentralizar las narrativas curatoriales del poder” y pronosticaba el auge de los micromecenazgos. Más abajo, un artículo sobre unas esculturas diseñadas por inteligencia artificial e impresas en 3D, tituladas Self-Portraits as a Minor Data Breach. En otro recuadro, el único dedicado al arte latinoamericano, alguien celebraba una “poética migrante del archivo”, ilustrada con la foto de una caja de cartón vacía del tamaño de una sala de museo. Al mirar con atención, vi lo que parecía un tendedero con ropa puesta a secar en alambres de púa. El pie de foto sentenciaba: “tejido comunitario como forma de resistencia en la diáspora”. En el centro de la sala una nube colgaba del techo. La obra aludía a la economía política de las plataformas: blanca, inflada, la nube flotaba inofensivamente. En el suelo, la silueta de la sombra de la nube en tiza blanca como una escena del crimen.

Mis ojos saltaron de un titular a otro: “Renacimiento textil en Corona, Queens”, “Hackear el pasado para viajar en el tiempo”. En la página siguiente, una reseña de la exposición de un artista cuyo trabajo buscaba “sabotear los algoritmos de reconocimiento facial por medio de una coreografía del cansancio”. Afuera, un anuncio monumental de un local de pollo frito con el eslogan “Para chuparse los dedos”, que luego supe que habían archivado al comenzar la pandemia por motivos de salud pública.

Cuando levanté la vista, un cartel luminoso me informó que el recorrido seguía hasta Paterson, la ciudad de William Carlos Williams. Smithson nació en Passaic pero pasó su infancia en el vecino municipio de Rutherford, a unos kilómetros de ahí. Durante esos años lo atendía el doctor Williams, que además de médico era poeta. Hijo de una boricua y un británico criado en Santo Domingo, escribía poemas en inglés y ocasionalmente traducía del castellano. Es probable que también lo hablara.

Abrí la novela y leí algunas páginas. No me encontré con un cadáver meciéndose en el aire como en el principio de Earthworks, sino con un burócrata del tiempo en misión de rescate. Aldiss imaginó un futuro devastado por la escasez de agua, de tierra, de sentido. En la novela de Bradley, el problema era opuesto y quizá complementario: la inflación de un pasado siempre disponible. Me sorprendió que no faltasen futuros potenciales sino que los hubiera en exceso.  Así, el “pasado” se volvía a injertar en el presente como si nunca hubiera terminado de ocurrir. También me llamó la atención que la narradora fuese una intérprete. Su tarea consistía en acompañar a un hombre del siglo XIX, traído al presente por un programa estatal que se dedicaba a reciclar figuras históricas para la vida contemporánea. No podía intervenir, solo traducir, como el propio Smithson. Sin embargo, en el caso del artista, el acto de mirar y volver a nombrar transformaba, monumentalizándolo, el paisaje.

El celo por encontrar la mejor analogía posible entre las dos novelas me distrajo del camino y, cuando solté la de Bradley, temí haberme perdido del primer monumento. (Luego confirmé que habría sido imposible: el 190 atraviesa el Lincoln Tunnel y sigue por la ruta 3, mientras que Smithson cruzó el George Washington Bridge y bajó por la 4). Donde el artista vio fábricas carcomidas de herrumbre, postes de luz torcidos y un muelle en ruinas, yo me encontré con depósitos de Amazon, una planta de reciclaje, iglesias evangélicas con carteles en español y una orgullosa bandera de México que ondeaba sobre el techo de un food truck fuera de servicio.

Smithson llevó una Instamatic 400 y fotografió el primer monumento desde el ómnibus, el puente sobre el río que conecta la ciudad con Rutherford, al sur de Passaic. Yo, en cambio, llevaba una Pentax 645 NII: una cámara de formato medio y aparición tardía (2001), pensada para registrar bodas, no monumentos. Pesa más de un kilo, tiene autofocus y emite un chasquido demoníaco pero encantador cada vez que dispara. Dudé un momento cuando hacía el bolso, pero era tarde para indecisiones. Le cargué un rollo en blanco y negro Ilford HP 3200, que tenía un grano parecido al de las fotos de Smithson, y me llevé otro. Quizá lo más aproximado, o lo más honesto, habría sido usar el teléfono. Pero me entregué, como hacemos los traductores, a una intuición muscular que es también de la mente. Una forma de mirar que empieza por las manos. Algo que no se piensa: se carga, precisamente para dejarse transportar.

Pronto caí en la cuenta de que, perdido en la traducción y en mis cavilaciones, había olvidado una cuestión esencial: no sabía dónde bajarme. Estaba convencido de que Smithson se había desplazado del centro a la periferia, cuando de hecho el artista se había bajado en el límite sur de Passaic, en la intersección de Union Avenue y River Drive, para fotografiar su primer monumento, el puente que conectaba la ciudad con Rutherford. Supuse que Smithson había elegido ese itinerario para comenzar la visita por la zona que probablemente conociera menos, e ir avanzando hacia lo conocido con ojos cargados de extrañeza. En mi olvido, le pedí al chofer que me avisara cuando llegáramos al centro de Passaic, imaginando que desde ahí no me sería difícil encontrar el río, a lo largo del cual se erigían los monumentos de Smithson. No conocía la ciudad más que por el ensayo del artista. Aun así, al bajar del ómnibus, supe de inmediato que algo había cambiado. No en la topografía ni en la urbanización: en la lengua.

Passaic no cambió de nombre ni de lugar. Cambió de idioma. En todo el recorrido, que duró varias horas, no escuché a nadie hablar en la flamante lengua oficial del país. Por mi interés en Williams, sabía que la zona había sido una de las primeras en recibir una nutrida inmigración boricua y dominicana, aunque a fin de preservar la integridad de la experiencia, evité estudiar los datos demográficos. Por eso no podía saber que, al llegar a Passaic, había atravesado un portal que me llevaba a una novela de ficción especulativa cuya premisa era la extinción del inglés en Estados Unidos.

La novela, que podría haberse llamado Colony Collapse, imaginaba un futuro no tan lejano y, como lo exige el género, catastrófico: Estados Unidos, tras perder su hegemonía mundial, se reducía ahora a un solo estado, Texas, cuya gente resistía la presión de la bárbara cultura invasora. En su ensayo, Smithson comparaba Passaic con Roma. A mí se me ocurrió otra analogía: Fordlandia, el típico pueblito estadounidense que Henry Ford construyó en la Amazonía brasileña para alojar a los empleados de su fallida expedición cauchera y, de paso, evangelizar a los nativos en el estilo de vida americano. Salvo que, en este caso, me encontraba en una auténtica urbanización mexicana que se superponía al trazado de New Jersey.

Me perdí por el centro de Passaic buscando monumentos. Saqué fotos en un supermercado mexicano muy bien abastecido, donde vi productos que en Nueva York no se encuentran ni en Sunset Park. Fotografié unos pocos edificios antiguos, la mayoría ruinas del paso de los polacos y otros pueblos eslavos por Passaic. Creo que anduve en círculos porque llegué a una plazoleta triangular, a la vuelta de la parada donde me había bajado del ómnibus. En el centro, sobre un pedestal, un busto de bronce con bigotes, levita y moño me recordó al poeta Leopoldo Lugones. Un monumento literal que el tiempo había subtitulado.

Cuando me paré a sacarle una foto, se me acercaron dos hombres a los que había oído conversar en español, recostados en una pick-up amarilla con la leyenda SUPERVISOR. Uno tenía puesta una camiseta amarilla fluorescente y una gorrita que lo identificaba como empleado del Departamento de Obras Públicas de Passaic. Tenía acento boricua, aunque pronunciaba algunas palabras con la boca más cerrada, como si se hubiera criado en inglés. El otro, bastante mayor que él, llevaba puesto un hoodie marrón sobre el uniforme de trabajo y hablaba con un inconfundible acento dominicano. Me preguntaron qué buscaba. Les pregunté quién era el de la estatua. “Ese es Juan Pablo Duarte, nuestro prócer”, dijo el dominicano. “O era, porque ahora parece que nos anexó México”. Me dijo que había llegado a Passaic en los noventa, cuando al barrio se lo repartían dominicanos y boricuas. “Los mexas llegaron después, calladitos, y ahora nos miran como si fuéramos los gringos”. El de la camiseta fluorescente, más introvertido, sentenció: “Otra vez nos volvimos inmigrantes”.

Les pregunté si todavía quedaban gringos en el barrio. Se miraron sonriendo. “Hay unos que viven en una casucha cerca del río. Dicen que son artistas y que en vez de licor toman vinagre”. “Yo escuché que eran nómadas digitales”, terció el más joven. “Últimamente está llegando mucho turismo”.

Seguí caminando, ahora sí en busca del río, a cuyas orillas la mirada de Smithson había moldeado sus monumentos. Al consultar Google Maps, descubrí que no estaba tan cerca. El sol pegaba fuerte y tenía hambre, la excusa perfecta para hacer una parada estratégica como la del artista. Entré a un restaurante, Guadalupe Hidalgo’s, y pedí un menú corrido que me costó menos de diez dólares. Eran unas flautas con arroz, frijoles y ensalada. (Estaban deliciosas, crujientes y picantes). Tras preguntarle al encargado cuál era la manera más rápida de llegar al río, me trajo con la cuenta un papelito con el nombre de un negocio cercano para que lo buscara en Google Maps.

Salí del restaurante y me puse a caminar siguiendo las indicaciones de la aplicación. En el trayecto pasé por una suerte de réplica a escala de la Plaza Garibaldi en la Ciudad de México, aunque enrejada. Busqué edificios viejos, algo que pudiera asemejarse a un monumento exhumado de las ruinas del futuro. Lo único que encontré fue una casona de 1909, con una leyenda tallada en piedra: POLISH PEOPLE HOMES. Saqué un par de fotos aunque sabía que estaba desperdiciando película.

Seguí por una calle que se llamaba Monroe hasta que al fin vi el río. Crucé el puente que, según Google Maps, conectaba Passaic hacia el norte con Garfield, buscando una vista del río que de alguna manera rimara con la escena inaugural de Smithson. Pero del otro lado no descubrí monumentos para fotografiar. Más bien lo que el artista habría llamado “un panorama cero”: no un paisaje, sino una escena que se resistía a la traducción del encuadre.

Mientras cruzaba, me llamó la atención una trocha cuya entrada, del otro lado, se veía cubierta de una vegetación que se beneficiaba de un misterioso microclima tropical. A primera vista era una especie de muelle, pero enseguida distinguí unos rieles sobre durmientes gastados y una pasarela de hierro con algo de óxido. Técnicamente, la trocha se encontraba en otra jurisdicción pero volvía viboreando a Passaic desde Garfield. Me quedé unos instantes mirando el río con nostalgia anticipada. Ya del otro lado, decidí explorar la trocha. Al fondo, medio escondido detrás de una curva, se adivinaba un galpón o una casa tomada. En el techo flameaba una bandera de colores. No se alcanzaba a ver si era una wiphala indígena o una bandera del orgullo.

Avancé unos metros y pateé sin querer una botella de kombucha. Más adelante, vi dos sillas plegables de metal esmaltado, tendidas en el piso sobre el eje de los rieles, una detrás de la otra. Eran de color crema y daban la impresión de haberse congelado en mitad de una larga travesía de vuelta a casa. La simetría con que estaban dispuestas era, sin duda, parte de una composición, un gesto coreográfico. De inmediato pensé en la tapa de Debí tirar más fotos, del boricua Bad Bunny: como protesta ante la gentrificación de su isla, dos sillas blancas de plástico en un jardín desierto.

Esta escena, en cambio, no tenía nada de antillano. Las sillas no eran jardineras sino de interiores, de las que los gringos alquilan para eventos. Era una instalación de sitio específico, unas ruinas al revés. La protesta muda de los últimos gringos del pueblo, si es que todavía quedaban. Saqué la Pentax y disparé. Había encontrado un monumento.

 

 

 

 

 

 

 

Para Graciela Speranza y a la memoria de Marcelo Cohen

 

Imagen de portada: fotografía digital de una impresión doméstica de la hoja 055 del mosaico aéreo de New Jersey, ca. 1930. Passaic y sus alrededores, a partir de la imagen digitalizada por la New Jersey Office of Geographic Information Systems.

 

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