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Hong es un breve relato en el que Gonzalo Maier ensaya diversas aproximaciones a la obra de Hong Sang-soo, cineasta surcoreano independiente de estilo minimalista, mientras va entreverando esos ejercicios, un poco a la manera del Aira de Cumpleaños, con anécdotas personales que derivan en reflexiones sobre el arte y la vida, todo esto contado desde la perspectiva de un escritor que se acerca a los cincuenta.
El libro comienza con una serie de escenas autobiográficas juveniles, en las que el hilo conductor es la pregunta ética por cuál es el modo de vida más conveniente para alguien que siente una vocación por la literatura y decide abrazarla. La cuestión se presenta de manera directa, sin esquivar el bulto a los lugares comunes, a partir de pequeñas decisiones vitales. La primera, que Maier toma de manera temprana y sostiene hasta el presente, es escribir en una pequeña computadora Dell de apenas doce pulgadas. “Pensaba que si tenía poco me podría mover rápido y mejor, como el capitán de una guerrilla imaginaria. Y aún más: si tenía poco me acostumbraría a la escasez y, con el tiempo, seguiría necesitando poco, o quizás menos”. La descripción de esa vieja Dell puede leerse como una declaración de las potencias de la literatura: “una máquina pequeña y portátil, eficaz y ligera, capaz de moverse y de no estar atada a nada”.
Independencia, disponibilidad, tiempo. Criterios que conducen a la segunda determinación juvenil. Se acerca el verano y la disyuntiva es: trabajar para poder irse al Amazonas con la novia, o quedarse todo el verano leyendo en casa de sus padres. La conclusión llega luego de solo una mañana desempeñándose como repositor en un supermercado: “No iba a trabajar si no estaba obligado”.
Alguien podría decir que no faltan clichés románticos en este retrato de artista adolescente (que lee a Joyce y se identifica con él), y no estaría faltando a la verdad. Pero lo que sorprende es cómo, a partir de premisas conocidas, Maier va hilvanando reflexiones hasta llegar, sin estridencias, a conclusiones incómodas para la moral hegemónica del campo intelectual (otra vez: como en los ensayitos de Aira). La primera de esas sorpresas fue para mí con qué sencillez Maier va desplegando la ecuación que lleva desde la decisión de consagrarse al arte, pasando por la de no trabajar más allá de lo estrictamente necesario, hasta llegar, como conclusión, a la determinación de ser profesor en la universidad. “Necesitaba plata, entonces, y tenía pocas ganas de trabajar. Y tal como a varios de los personajes de Hong, e incluso como a él mismo, un día se me ocurrió que la universidad me la entregaría. No sería mucho, pero al menos, visto desde afuera, parecía seguro”. Antes incluso de haber comprendido muy bien por qué, para alguien como yo, que viene trabajando, entre otras cosas, como docente universitario desde hace más de un cuarto de siglo, que ama esa actividad, pero nunca soñó con ser un académico, ni un investigador, ni un militante, sino algo más cercano a un escritor o un artista, leer ese párrafo constituyó una especie de iluminación, uno de esos momentos en que uno recuerda algo importante que siempre supo, pero había olvidado.¡Claro! Era por eso que había elegido esa forma de vida. Porque la mayoría de los trabajos, en el capitalismo, demandan mucho tiempo y son muy aburridos, pero uno necesita plata, y en ese sentido la universidad es, o podría ser, una buena opción. Un lugar relativamente estable, en el que se trabaja, sí, pero no en los niveles asfixiantes del mundo corporativo, se gana poco, pero lo suficiente para vivir, y que te deja tiempo y energía para escribir, crear, vivir. Y en el que, además, desde esa posición un poco al margen, es posible transmitir algo singular que interpele a los estudiantes. Digo esto sin desconocer la distancia creciente, abismal, entre ese sueño juvenil y lo que significa trabajar en la universidad, particularmente en la Argentina. Pero una cosa no debería tapar la otra. Maier lo dice así: “La academia, en el mundo de Hong, es otra cara de la precariedad de los artistas”. Una frase engañosamente simple, que tiene, desde ya, su faceta gremial, de denuncia de las condiciones de flexibilización en que se trabaja en la universidad, pero que se abre a otras dimensiones, porque “la precariedad de los artistas” no es algo que pueda o deba resolverse, sino su condición misma. En ese sentido, el principal peligro de la necesidad apremiante y cotidiana a la que nos arrojan las condiciones laborales de estos tiempos de indigencia es que la vida se concentre en sobrevivir. Acusados permanentemente de “no trabajar”, “no producir nada útil”, los docentes e investigadores en artes y humanidades nos vemos lanzados a repetir con orgullo, hasta terminar creyéndolo, que somos esforzados y útiles trabajadores, abrazando así consignas y valores tan caros al capitalismo, pero tan reñidos con la frágil ligereza del arte.
Pero pasemos al segundo hallazgo feliz que me deparó la lectura de este librito de Gonzalo Maier. Tal vez permita precisar qué es lo que corre el riesgo de perderse al abrazar el espíritu de pesadez. Volvamos al joven narrador: se ha quedado sin dinero, sin viaje al Amazonas (y, presumimos, sin novia), pero con mucho tiempo para leer y ver películas, en la diminuta pantalla de su Dell. Lo hace guiado por un solo “método” (así lo nombra), el azar y la afinidad: “si veía o leía algo que me gustaba, buscaba otras cosas del mismo autor, sobre todo entrevistas, y me fijaba en quiénes citaba”. Parece una perogrullada, lo sé, pero esta elemental declaración metodológica me dejó pensando qué poco presente estuvo durante años en mis propios recorridos de lectura, cómo cuando uno está inmerso en planes de estudio, proyectos de investigación, preparación de clases, etcétera, muchas veces no se desvía por el sendero de lo que le gusta, y prevalece en cambio la decisión de continuar por caminos prefijados. Como mucho, uno toma nota mentalmente para volver “más adelante” sobre la autora o autor en cuestión, olvidando cuán time sensitive son estos enamoramientos (como todos los demás, por otra parte).
Es llevado por el azar de las afinidades electivas como el joven Maier llega a Night and Day, la primera película de Hong que ve en su vida, y desarrolla “una fidelidad extraña” hacia este prolífico director, que ha dirigido más de treinta películas, siempre con plazos de filmación muy breves y magros presupuestos. “Me pregunto por qué lo veo. Por qué insisto. A fin de cuentas, las películas de Hong me aburren con rapidez, y a veces debo hacer esfuerzos olímpicos para no dormirme frente a la pantalla”, tratan todas “más o menos de lo mismo… cineastas de poca suerte y amores frustrados”. Una de las búsquedas que orientan el libro es tratar de comprender las razones de esa persistencia. La explicación que encuentra Maier es que, tanto para él como para las nuevas generaciones de jóvenes cineastas, Hong representa lo más cerca que se puede estar de su modelo de artista en el mundo contemporáneo. “El de Hong es un cine, me gusta pensar, que refleja la liviandad que yo pretendía llevar en esos años de incipiente adultez”. Filma sin un presupuesto importante ni actores profesionales, en la escuela de Jean-Luc Godard o Raúl Ruiz, y así logra una autonomía casi impensable en el cine contemporáneo. “Desde que descubrió las cámaras digitales, se alejó con alegría de lo que se supone que es una película y cómo se debe filmar. La libertad verdadera, tal vez, está en los materiales. En poder prescindir de ellos”.
Caigo en la cuenta de que esta reseña se acerca a su fin y estuve refiriéndome, casi exclusivamente, a las primeras páginas del libro de Maier. Creo que hay una buena razón: aunque se lee de un tirón, por su brevedad y por la simplicidad de su estilo, uno tiene la sensación, al leerlo, de que en realidad ya dijo “lo que tenía que decir” en las primeras diez o veinte páginas. Como si el resto en algún sentido “quedara disponible”, pero sin que esto sea un problema, sino al contrario, como si el resto del libro fuera un espacio disponible para que, después de haberse dicho “lo importante”, la conversación continuara. Hay una curiosa relación de homología con varias conversaciones de las películas de Hong, en las que los personajes se dicen lo que tienen que decirse al principio, de manera muy directa, y luego guardan un silencio incómodo (que recuerda bastante al de las películas de Rejtman). El espectador se aburre un poco, pero si tiene paciencia y espera, algo pasa: una especie de “conversación después de la conversación”, algo así como la contracara feliz y despreocupada de “Una cosa más” ese cuento demoledor de Raymond Carver en el que un hombre violento, borracho, destrozado, antes de dejar para siempre el hogar que comparte con su mujer y su hija adolescente, piensa que estaría bien decir una cosa más, pero no se le ocurre qué podría ser esa cosa. Quizás la situación no ayude. En Hong, por el contrario, la serenidad de haber dicho ya lo que tenía que decir le permite a Maier seguir explorando, sin prisa, diversos aspectos de las relaciones entre el arte y la vida, el enamoramiento y la familia, las mujeres y los hombres, el ensayo y el relato, la literatura y el cine, hallazgos reflexivos, siempre al borde de la insignificancia, como en una buena conversación entre amigos un poco entonados.
Gonzalo Maier, Hong, Eterna Cadencia, 2026, 88 págs.
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