Otra Parte es un buscador de sorpresas de la cultura
más fiable que Google, Instagram, Youtube, Twitter o Spotify.
Lleva veinte años haciendo crítica, no quiere venderte nada y es gratis.
Apoyanos.
Hasta hace unos días era una suerte de amigo imaginario. Podía fantasear con asomarme a las instalaciones inmersivas donde el artista suizo Thomas Hirschhorn conseguía trocar rápidamente el espacio de la galería en una caverna de cinta y toneladas de cartón, o museos, transformados con sillones, neumáticos y telgopor en epicentros asamblearios donde podían sucederse actividades, clases, bailes, talleres, a un ritmo impredecible. A través de una obra que avanza estimulando todos los sentidos, veía las fotos y la amistad imaginaria crecía a la distancia, pero al desordenado conjunto de humanos, cartones e instituciones del Primer Mundo la lejanía le daba un halo de sueño marciano.
Y un día, gracias a la gestión del Centro de Arte de la Universidad Di Tella, labor conjunta de Diego Bianchi y Sol Ganim, Thomas Hirschhorn llegó a Buenos Aires. Poco antes de la conferencia que dio en la universidad frente a una multitud, me cruzo con Diego, que me pregunta si necesito ayuda. Le digo que sí, que esa misma tarde hice un cartel, por puro entusiasmo, y me ayuda a pegarlo en el fondo del aula. El cartel dice “ENERGÍA SÍ”. Hace veinte años, Diego y yo hicimos una muestra tributo que llevaba su nombre, Escuelita Thomas Hirschhorn, una provocación divertida que se preguntaba muchas cosas y también por el precio de la autoría en el siglo XXI. De todas las instalaciones que pululaban, las de Sarah Sze, Jason Rhodes, Mark Manders, lo elegimos a Hirschhorn para nombrar nuestra “escuelita”. Fue acaso por su estética de materiales accesibles, por sus textos encendidos que ponían de manifiesto una forma de ser artista, pero también por su forma de construir ciudadanía. En esa misma aula, unos días antes había hablado el ministro de Economía Luis Caputo. No solo había hablado frente a los alumnos de la universidad, sino que había firmado billetes de mil pesos, y es por eso que varios jóvenes artistas llegaron a la conferencia de Hirschhorn con una remera que rechazaba la gestión del ministro explícitamente: “Fuera Caputo”.
A cada lado del estrado hay una pantalla y hay una tercera, más pequeña, colgada del techo, en la que Hirschhorn va siguiendo su powerpoint y comentando su último proyecto, el Pabellón Simone Weil. Abierto a su suerte en Ginebra durante setenta y ocho días, ofreció comida y bebidas gratis, decisión capital que funcionó como un imán para ampliar el espectro de participantes, incluyendo a muchos habitantes de la ciudad en situación de calle. El pabellón ofició de homenaje a la filósofa y activista Simone Weil. Pero Hirschhorn lleva años reinventando la noción de monumento: ¿por qué recordar a alguien con una figura inerte de metal y no con algo vivo? Recuperó entonces la noción de gracia de Weil, un vector vitalista para encarar lo que en principio parece complejo, por no decir imposible. Al final de la charla, cuando le preguntaron qué pensaba de la estética relacional de Nicolas Bourriaud, respondió que cada artista debe crear sus propios conceptos, ideas que le permitan ir más a fondo en su obra y su hacer en el mundo. También expuso situaciones de quiebre del proyecto: el momento en que tuvo que suspender el consumo de alcohol porque algunas personas se volvían violentas, lo que resolvió cuando le pidieron que sacara a tres personas que dormían en el ingreso, por qué decidió retirar las banderas, o lo que hizo para evitar cerrar anticipadamente la muestra por la alarma del City Council frente a que grupos anti-G7 tomaran el espacio y esto se convirtiera en el disparador de una nueva comuna europea… Hirschhorn contó en detalle todo el proceso, compartió fotos de la construcción, de la cocina, de las siestas, revelando todas esas aristas en las cuales la gestión de lo común se volvía difícil y urticante.
Días más tarde, en el Programa de Artistas ditelliano, vestido con camisa y blazer, propuso un método estricto en el cual diez personas debían mostrar sus obras, una a la vez, y los demás (incluido él) debían dar un veredicto, señalando si la obra tenía energía o no. ¿Qué implica hacer una obra con energía? El criterio, uno de sus caballitos de batalla, recuerda la discusión que tuvo alguna vez con un galerista que ponderaba las obras por la calidad de sus materiales, argumento al que Thomas contrapuso la importancia decisiva de la energía. Una manzana que huye por la vereda, un tacho de basura con moscas que hacen vuelos esquivos en derredor, una mujer que se arrastra con un parlante: los artistas muestran sus obras en la reunión. Cuando Hirschhorn interviene, es estratégico, así como impulsivo: a veces espera a que todos digan lo que piensan para luego dar su opinión, otras adelanta su parecer y observa el comportamiento grupal. Cuando interviene, la sala se estremece y los presentes tienen que sostener su energy yes o energy no. El ejercicio se extiende durante cuatro horas. Es agotador, pero convoca un temple. Hay que escuchar y hay que argumentar. Hirschhorn dibuja una grilla y la va completando, yes, no, no, yes; le sirve como una ayuda mnemotécnica para recordar caras nuevas, como base de datos y también como reloj que mide el ritmo al que avanza la velada. El estado de ánimo oscila entre mirar la obra, mirarse los unos a los otros y pensar en qué idioma hablar. La tecnología principal pareciera ser prestar atención. Exigirse más. Un poco más. Hay ojos achinados que delatan agotamiento, pero hay una belleza en esta vigilia grupal, un asedio de las propias capacidades dormidas y una confianza plena en la posibilidad de una crítica minuciosa en la cual todes tenemos algo que decir. Como subrayó Pablo Rosales después de conocer a Hirschhorn: artista no es solo el que crea algo, sino el que se hace responsable.
En su segunda aparición pública, el sábado siguiente en PROA21, Hirschhorn sembró la pregunta “¿Qué se puede hacer sin IA?”, a contramano de una época en la que la IA parece venir en socorro del tiempo que nos falta. Dijo que el peligro es sumar una prótesis allí donde no es necesaria: reemplazar nuestra capacidad de pensar podría implicar perdernos en un limbo. Parece algo novedoso, pero Anne Almobert rastrea un escenario parecido frente al surgimiento de la escritura alfabética y la desconfianza de Platón a que esta les allanara el camino a los sofistas, sus clichés y su seductora persuasión. ¿Qué hicimos para responder esa pregunta? Un grupo de artistas ayudamos a los participantes a mirar revistas, elegir imágenes y recortarlas, pensar un texto o prescindir de él, distribuir los materiales sobre un cartón y darles cohesión. En su progresiva duración, una tarea en apariencia simple y hasta sonsa demostró convertirse en un movimiento inspirador. Espiar un poco en qué andaban los demás, intentar ayudarlos, acompañar cierto desorden que nunca falta en lo colectivo: tijeras, plasticolas, imágenes codiciadas pasaban de mano en mano mientras restos de recortes se iban acumulando en el piso con un patrón aleatorio y feliz. La pregunta “¿Qué se puede hacer sin IA?”, en su insistencia, demostró que la inteligencia humana opera de formas misteriosas. A la hora indicada, todos los participantes fueron invitados a pegar sus trabajos en las paredes y cotejarlos, un cierre que nos llenó de entusiasmo.
Había en el aire un orgullo escolar, algunas piezas incluso articulaban mecanismos, no había dos siquiera parecidas. En la diversidad y en el clima de algarabía parecía haber una respuesta. Una intuición práctica nos llevó de la pregunta inicial a otra, también esencial: “¿qué es lo que nos hace humanos?”. Acariciar, dar besos, hacer caca, escribir con faltas de ortografía, sentir el viento en la cara… O cuando venís con envión andando en bicicleta, y si conocés el camino, saber que también podés cerrar los ojos.

Equipo hirschhorniano de Buenos Aires, de izquierda a derecha, de pie: Nicolás Rodriguez, Nicolás Bacal, Thomas Hirschhorn, Denise Groesman, Diego Bianchi, Liv Schulman, Ariel Cusnir, Leonello Zambón, Julián D’Angiolillo, Marcela Sinclair. En cuclillas, Daniela Varone, Sol Ganim, Leo Estol y Lucie Haguenauer. Participaron también Lara Palmieri, Renzo Longobucco y Pilar Victorio, ausentes en la foto.
Un clavo cae al suelo y desaparece debajo de un mueble como una cucaracha cuando prendemos la luz. El incidente es insignificante, producto de un descuido cotidiano, pero...
Hong es un breve relato en el que Gonzalo Maier ensaya diversas aproximaciones a la obra de Hong Sang-soo, cineasta surcoreano independiente de estilo minimalista, mientras va...
En la era de duplicación digital del mundo y el realismo engañoso de la IA, las fotografías de Thomas Demand solo pueden desconcertar. A primera vista,...
Send this to friend