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De algo así como las semirruinas de un mundo monótono cuyas excrecencias parecen el resultado de una catástrofe ocurrida en el que conocemos, de la aparición algo caprichosa de algunos personajes casi secundarios —como el linyera del auto o el “remero” —, de la imposibilidad de reparar un proyector de películas y de la inclinación por coleccionar notas periodísticas que refieren a la Unión Soviética, ese país “que de alguna manera ya no existe”, pero sobre todo de la andadura errática y tristemente paranoica de Víctor, su dilatadísimo protagonista, surge El pez rojo, la reciente novela de Leonardo Sabbatella.
Yendo de una ventana a la otra de su casa sin divisiones, calculando la necesidad o la oportunidad que lo obligará a traspasar el umbral al exterior, posponiendo infinitamente una visita a esa isla que tiene nombre de mujer y “maquinando”, permanentemente “maquinando”, Víctor deambula por todo lo que dura la novela obediente a un repertorio de manías tan diversas como constitutivas, de modo que él, sus pensamientos disparatados y El pez rojo son casi una misma cosa.
El entorno amenazador en el que se desplaza —allí “un hombre infectado”, acá los agentes encubiertos de una fuerza ¿secreta?, ¿enemiga?, prontos a desplazarlo de su vivienda o a eliminarlo—, y también una atmósfera sutil e inclasificable que se nutre de aquella especie de futuro apocalíptico tanto como de almacenes y juegos infantiles que parecen venidos del pasado, contribuyen a expandir esa deliberada sensación de extrañeza que se desprende de todo lo que hay y de todo lo que pasa, y que es como la marca de agua más perenne que deja la lectura.
Probablemente esa extrañeza, también, se aderece de —y con— el ritmo. Hay una música en sordina hecha de una puntuación a veces rara de la frase y de la no siempre pero llamativa elisión verbal —¿otro modo de menguar el espectro de la acción? —, que hacen de El pez rojo un artefacto continuamente peculiar, algo opaco y como aburbujado.
Raro ejemplar de una larga serie de ficciones argentinas contemporáneas en las que se elige el predominio del presente como tiempo narrativo, un poco exageradamente emparentada con el Bartleby de Melville, con Walser y con Kafka, El pez rojo se asemejamás a una prueba de laboratorio en la que un narrador somete a su criatura —novela y personaje— a ciertos hábitos que, aunque humanos, parecen desdibujarse hasta convertirse en otra cosa.
Leonardo Sabbatella, El pez rojo, Mardulce, 2014, 160 págs.
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