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Magia a la luz de la luna

Woody Allen

CINE y TV

Estamos acostumbrados a recibir cada nueva película de Woody Allen como se recibe “la última novela de César Aira”: como un eslabón más en la cadena de producción de un artista prolífico, una nueva pieza más o menos autónoma que no viene a quebrar sino a continuar un programa. De vez en cuando, en esa serie de eslabones uno sobresale y brilla más que el resto. Y si bien Magia a la luz de la luna ciertamente no es una de las entregas que más recordaremos, ¿qué podíamos esperar después de Blue Jasmine (2013), esa historia construida a base de sutilezas e incorrecciones políticas que mostraba, sin juzgar, la amargura de las expectativas no cumplidas?

Como contracara de aquel desánimo contemporáneo se ubica la candidez de esta comedia romántica, situada en Provenza durante el período de entreguerras. El film tiene como protagonista a Stanley (Colin Firth), un inglés que recorre Europa disfrazado de ilusionista chino con su show de magia de primer nivel, y a Sophie Baker, la joven psíquica estadounidense a quien él tiene la misión de desenmascarar, interpretada por la radiante Emma Stone. El personaje de Firth es un cínico maduro, comprometido con una mujer como él: adulta, exitosa, a la que vemos brevemente durante los primeros minutos. Sophie, por otra parte, es varias décadas más joven y tiene la frescura de una Daisy Miller que se divierte con el duelo intelectual y se deja cortejar.

Con un pequeño misterio que pone en marcha el mecanismo narrativo y varios personajes planos y puramente instrumentales (el novio tonto y millonario, la tía confidente, el colega-rival), el film se encarga de desentrañar previsiblemente su nudo, recurriendo a un juego de simetrías y poniéndolo todo en palabras (como suele suceder en el universo de Allen, donde todo es confesado, expuesto). Lo único que los personajes no logran explicar(se) del todo, lo que está más allá —la irrupción misteriosa del amor— aparece cifrado en los bucólicos paisajes naturales y en la juventud luminosa (y concienzudamente iluminada) de la joven Sophie. Frente al escepticismo extremo de Stanley, que, además, verbaliza el progreso de todos sus razonamientos y cavilaciones, la belleza, la juventud y el enamoramiento —parece decirnos el director— sólo requieren de una justificación visual.

Si Magia a la luz de la luna fuera una comedia en la filmografía de otro director, podríamos decir que es demasiado liviana. Pero en el contínuum de la obra de Woody Allen, que se parece cada vez más a una versión dilatada del planteo formal de Melinda & Melinda (2004), la ligereza se perdona. Sobre todo porque sabemos que Woody se mantiene fiel a sí mismo cuando filma obsesivamente la belleza, e incluso la comedia más sencilla parece no ser otra cosa que la contracara de ese gran vacío que hace sospechar la muerte.

Magia a la luz de la luna (Estados Unidos, 2014), guión y dirección de Woody Allen, 97 minutos.

27 Nov, 2014
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