LITERATURA IBEROAMERICANA

Al boliviano Rodrigo Hasbún le debemos una pequeña obra maestra, El lugar del cuerpo, en la que encontramos varios de los temas —aunque en su caso más bien convendría hablar de obsesiones— de los cuentos de Nueve. Ahí ya estaban, y acá reaparecen, casi como si se tratara de una de sus tramas, la imposibilidad de partir y de regresar, el sexo como único vínculo posible a la vez que como infalible camino hacia la despersonalización, el desarraigo, la familia vista como una pérdida y una traición permanentes, el presente ya modificado fatalmente por el futuro, y el futuro quebrado desde siempre por el pasado. Por encima de estos vaivenes, de estos círculos en los que los personajes se siguen adentrando mediante las insistentes preguntas —no tan retóricas— de los narradores y la aceptación tácita de que nada tiene remedio aunque haya que fingir lo contrario para sobrevivir, está el tono, en este caso casi un aura, que emana del libro.

“La veo echarse sobre mi cama, la calefacción está encendida, hace calor. Un calor de mentira, afuera todo permanece frío”, se dice en “Larga distancia”; la misma calidez acogedora y falsa se encuentra en todos los cuentos, que podrían compartir este mismo título, aunque varios de ellos describan escenas sedentarias y en apariencia sencillas que ocurren en la misma ciudad, ya sea Cochabamba o Syracuse. Porque da lo mismo si los personajes emprenden grandes viajes o si se niegan a partir o a regresar. Todos ellos, cada uno en consonancia con la vida —la anécdota— que le tocó vivir, se muestran obsesionados por perderse y esperanzados porque alguien los rescate. En ese quiebre, del que ellos mismos son conscientes, se levanta la literatura de Hasbún, tan similar a la actitud de ese personaje siniestro y entrañable que, conduciendo a toda velocidad en la carretera, cierra los ojos diez, quince, veinte segundos para sentirse vivo y muerto, y sobre todo para imaginar que al abrirlos encontrará de nuevo el abrazo que lo redima.

Del parco título del conjunto a la escritura de los textos queda claro que nos hallamos ante un logrado ejemplo de minimalismo, pero así como sucede con la mejor literatura de género, Nueve es mucho más que eso y ofrece discretas transgresiones de una estética que amenaza con uniformar a buena parte de la literatura latinoamericana actual. Hasbún escribe con delicadeza y sordidez, es lírico cuando quiere, no está peleado con el sentido del humor, descree de los trucos de manual, como la elipsis obligatoria o el final sorpresivo, y sus personajes raramente encuentran la otrora ansiada epifanía; nunca entienden nada o siempre entendieron todo, y se niegan a experimentar transformaciones porque, además de que en su universo eso es imposible, resulta por completo inútil. El lector, mientras tanto, pasa de cuento en cuento como ese personaje que cierra los ojos en la carretera para sentirse vivo y muerto, con la diferencia de que aquel sí alcanza, al final del libro, la reconciliación que de vez en cuando ofrece la literatura.

 

Rodrigo Hasbún, Nueve, Demipage, 2014, 176 págs.

19 Mar, 2015
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