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Corazón de carne y hueso

Raúl Ruiz

LITERATURA IBEROAMERICANA

El cineasta chileno Raúl Ruiz (Puerto Montt, 1941-París, 2011) llegó a filmar más de un centenar de películas, algunas de las cuales siguen inéditas y alimentan el aura de misterio que todavía rodea su figura. Esa fecundidad no se agotó en el cine, pues Ruiz nunca dejó de escribir. Los relatos de Corazón de carne y hueso fueron redactados en 1975, cuando su autor acababa de instalarse en Francia tras el golpe de Estado que lo empujó al exilio. Estos cuentos permanecieron inéditos, salvo excepciones, hasta que Ediciones UDP los reunió en un volumen al cuidado de Bruno Cuneo y Andrés Braithwaite. Lo primero que puede tomar por sorpresa al lector es la destreza con que Ruiz se apropia de recursos exclusivamente literarios: el punto de estos cuentos no es traducir su estilo cinematográfico, sino desplegar su idiosincrasia y su espíritu en otro medio. Corazón de carne y hueso es, ante todo, literatura hecha por un escritor y no por un cineasta. 

La mayoría de los cuentos evoca la infancia y la adolescencia de Ruiz en Quilpué, la ciudad donde creció: experiencias a veces formativas, otras apenas anecdóticas. Paradójicamente, estas últimas suelen ser las más sustanciosas en lo literario, porque Ruiz las narra con una perspicacia infantil capaz de trascender la mera anécdota. Más de un relato destila nostalgia por una manera práctica de ver el mundo y de desenvolverse en él, más allá de las descripciones tácitas de la época: es literatura puesta a disposición de un estado mental. 

Es imposible, y sería contraproducente, leer estos cuentos al margen de las circunstancias en que fueron escritos. Corazón de carne y hueso puede leerse como un ejercicio de nostalgia, pero además entabla una reflexión sobre las múltiples caras de Chile que el tiempo fue extinguiendo, algunas incluso anteriores a la dictadura de Pinochet. Cuando Ruiz dialoga con la contingencia nacional, siempre subyace una contraposición con el pasado, no necesariamente el de la Unidad Popular, sino uno más remoto. Lejos del lamento, el exilio le permitió estudiar Chile desde su memoria y desde una distancia a la que no habría podido acceder de otra forma. 

Esa mirada queda patente en textos como “Gallinita ciega” y se despliega con mayor ambición en “Un aviador de nueve años”. Ruiz también recuerda su país natal a través de la sexualidad de sus habitantes, expuesta con ironía en “El hombre moderno exige el desnudo completo” y en la tripleta en clave de realismo mágico que conforman “Confesión”, “Un milagro” y “Piernas en alcohol”. 

El puente con su obra teórica ayuda a leer estos cuentos. En Poéticas del cine (1995), Ruiz rechazó la idea del relato lineal, contenido y autoconclusivo, y defendió un cine capaz de filmar la complejidad humana desde el caos de la propia mente; sostuvo, además, que las disciplinas narrativas debían adoptar formas de relato afines a la experiencia vital. Los relatos de esta antología obedecen a esa misma búsqueda: la manera en que Ruiz concatena cierres y aperturas de párrafos dialoga con el montaje aparentemente desordenado de sus películas, que en realidad siempre respondió a la emulación de ciertos estados mentales. Ese pulso les da a las historias una intensidad errática muy propia del raciocinio de la infancia. No es casualidad que el cuento “Lo mejor del día” contenga elementos que reaparecerían en La noche de enfrente (2012), su última película. 

Tampoco es descabellado emparentar Corazón de carne y hueso con las obsesiones y el imaginario de Carlos Droguett, el escritor responsable de las novelas canónicas Eloy y Patas de perro y quien también murió en el exilio. El parentesco no pasa tanto por las formas como por el tono y las fijaciones: mientras que Droguett denunciaba, Ruiz se inclina por la nostalgia. Pero el espacio que ambos exploran —el estudio activo de la esencia más profunda de la identidad chilena— es más o menos el mismo. El carácter impredecible, erótico y ligeramente fantástico de estos cuentos obliga al lector a recordar los temas más recurrentes de Droguett. 

Existen quienes se burlan de la insistencia en desenterrar hasta la última gota creativa que Ruiz dejó en vida, y esa es una crítica atendible, aunque difícil de sostener ante cuentos de este nivel. A quince años de su muerte, Ruiz sigue sorprendiendo, y pocas cosas podrían ser más propias de él. 

 

Raúl Ruiz, Corazón de carne y hueso, Ediciones UDP, 2026, 236 págs.

6 Ago, 2026
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