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En El ejército ciego, la novela más reciente del mexicano David Toscana y ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2026, los hechos importan menos que las historias que se cuentan sobre ellos. La novela comienza con un episodio documentado: el cegamiento de miles de soldados búlgaros por orden del emperador bizantino Basilio II. Toscana toma ese hecho y lo devuelve a la imaginación. Lo que sigue es el relato de unos hombres que se transforman en “niños estrenando su ceguera”. Así, las páginas se pueblan de santos anónimos, panaderos, centinelas ciegos, vendedores de ojos, herreros que forjan espadas de arcángeles y humanos que se creen sirenas, cangrejos y mejillones. La victoria militar y el castigo impuesto por Basilio II dejan una larga lista de ciegos que deben regresar a Bulgaria. Ese camino de vuelta a casa constituye el territorio de la novela.
Toscana construye personajes memorables sin renunciar a la concisión. Adquieren la misma importancia los procedimientos de maese Zósimo, sacaojos oficial de Constantinopla, y los ronquidos ensordecedores de Igorón, guerrero que, se cuenta, dejó en casa a su princesa. En este mundo, los muertos se marchan a Samotracia, una isla con “vino abundante y mujeres dispuestas a consolar a los marinos tristes”. También se cuenta que un pescador llamado Longino robó los ojos de Serafim, tan azules que, al arrojarlos al mar, las aguas “se volvieron de un color azul que competía con los cielos. Pero esto, por supuesto, es mentira. O mala poesía”.
La erudición de Toscana nunca se vuelve ostentosa. Entre los ciegos aparece Kozaro, un escriba que sueña con convertirse en poeta. Lo encontramos transcribiendo a escondidas dos líneas del que llama “el más grande libro de los griegos”, la Ilíada. Los versos que pronuncia Héctor antes de enfrentarse a Aquiles le permiten a Toscana tender un puente entre Kozaro y Homero, el otro gran poeta ciego de la tradición occidental. Como ocurría con Tiresias, los hombres que han perdido los ojos adquieren una forma distinta de ver. La pérdida de la vista también transforma la relación que el escriba mantiene con el registro. Frente a los hombres mutilados, Kozaro insiste en que una tragedia colectiva está hecha de miles de experiencias irrepetibles y que la única respuesta posible consiste en narrarlas “porque si no para qué maldita sea la cosa tenían los búlgaros un alfabeto”.
Los capítulos aparecen numerados en glagolítico, el primer alfabeto eslavo. Me tomó varias páginas advertir que aquellos signos no eran ornamentales, sino que indicaban números. Busqué equivalencias, hice una tabla y terminé siguiendo el rastro de un sistema de escritura que ya existía en la época de los acontecimientos narrados. En glagolítico, sin embargo, los números nunca dejan de ser letras. Contar adquiere aquí un doble significado. Otro de los narradores se llama “el Numerista” y asegura que “olvida los nombres y recuerda los números”. La observación resulta paradójica: El ejército ciego comienza con una cifra y dedica el resto de sus páginas a volver inolvidable a cada uno de esos hombres.
Todo lo que se narra en El ejército ciego se presenta como verdadero, aunque tenga el aire de la leyenda. Kúbrat, uno de los soldados cegados por Basilio II, regresa a su puesto de centinela y descubre constelaciones a las que nombra, solo que casualmente les da “los nombres que ya tenían”. El mismo mundo alberga un par de ojos incorruptos que el patriarca identifica como prueba de la santidad y a Ripsimia, una mujer que se entierra con los ojos mutilados para que todos la vean más allá de la muerte. Nunca sabemos si los prodigios ocurren realmente, pero tampoco importa demasiado. El ejército ciego reivindica el derecho a narrar historias, aun cuando estas nos parezcan inverosímiles.
David Toscana, El ejército ciego, Alfaguara, 2026, 240 págs.
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