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Cuaderno de oficio

Mirta Rosenberg

LITERATURA ARGENTINA

Cuaderno —propone el título— de oficio; o sea: una invitación a adentrarnos en lo más íntimo de la poesía. Y el oficio de la poesía, que nos irá develando el libro, es humilde y tremendo: aprender a decir la verdad de la manera más clara y precisa posible.

“La poesía no sirve para quejarse”, “sólo admite / vida”; “La poesía nos ayuda: ver para afuera pero también ver para adentro”. Esa vocación de claridad y precisión, obviamente, no consiste simplemente en arriesgar aquí y allá frases de hondo calado. Es más compleja la forma en que van develándose los secretos de este Cuaderno de oficio: así “La poesía no sirve para nada. Esa es su mayor virtud”; pero también un poema lleva por título “Utilidad de la poesía a las tres de la mañana”: “Con los ojos abiertos en la oscuridad / pienso rimas: de silencio / todo lo que reverencio; / de naturaleza su delicadeza / o su fortaleza, aunque nada / me da”.

Para privilegiar la claridad y la precisión, el verso es libre, desasido; pero el oficio de la poesía consiste también en saber abrirse a lo imprevisto en el lenguaje, en dejar que el lenguaje obre, oficie, en nosotros. De ahí el uso de la rima: un uso asistemático, como para permitir que allí y acá, pero sin presionarlo, se manifieste el soplo de la palabra: hacer lugar para que la palabra dibuje “un paisaje / hecho de lenguaje”.

Y el oficio de la poesía aparece íntimamente ligado a esa otra forma de escritura que es la traducción. En una especie de poema-ensayo se nos comparten varios viejos y verdaderos secretos del oficio: “Decir menos, dejar hablar al otro”; “Escuchar. Interpretar. Trasladar”; “Ni literal ni libérrimo, no perder el hilo / del sentido: usarlo más bien para domar el narcisismo, para dar”; “Sin arrogancia, aprender a imitar. Copiar estructuras, asociaciones / pulsos, ritmos y acentos”. Y luego una muestra de traducción: del griego de Safo al inglés de Anne Carson, y luego de allí al castellano de Rosenberg. En las dos traducciones —la del griego al inglés, la del inglés al castellano— se privilegia el intentar recrear una atmósfera, una intimidad. Basta que un fragmento cualquiera —parece decir el Cuaderno— sea traducido con esa atención fiel para que se produzca un destello de poesía. Así “Ἔρος δ’ ἐτίναξέ <μοι> / φρένας, ὠς ἄνεμος κὰτ ὄρος δρύςιν ἐμπέτων” se convierte en “Eros shook my / mind like a mountain wind falling on oak tree”, y en “Eros sacude mi / mente como el viento de la montaña que cae sobre los robles”.

La última parte del libro, “Día a día”, ahonda en los distintos sentidos de la palabra oficio: porque el oficio es el trabajo cotidiano, claro, pero también designa la liturgia. Y así también lo cotidiano se ve atravesado por lo sagrado para el que trata de vivir abierto a la poesía. Ese cruce signa la voz que habla: una voz desguarnecida, directa, que no esquiva su nota amarga (“demasiado en detalle / aprendo lágrimas / de vivir en este valle”), pero que busca y encuentra en su oficio la fe que la salva: “Como dije: soy una isla / y la poesía es un camino / entre montañas y árboles / que por dentro me recorre / como sangre. Me alimenta / de mi hambre”.

 

Mirta Rosenberg, Cuaderno de oficio, Bajo la Luna, 2016, 72 págs.

23 Feb, 2017
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