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El método Covensky

Liv Schulman

ARTE

En la serie Control, la exposición que Liv Schulman mostró recientemente en la Galería Big Sur, la artista se pregunta por el afuera del relato en el arte contemporáneo. Cualquier experiencia cotidiana acompañada por el discurso del arte —parece decir esta serie— podría transformarse en una obra. Visto desde ahí, el arte contemporáneo es una matriz capaz de absorberlo todo, como si no existiese la posibilidad de un afuera del arte.

En El método Covensky, como en todo método, se conjugan saber y experimentación. En la novela se va sugiriendo que el arte es anterior a la vida, anterior a la naturaleza, al surgimiento del mundo, incluso a la formación del universo.

Lo que da inicio a cada “reconstrucción” es un largo encadenamiento de escenas que contienen ecos del Marqués de Sade, visibles en el recurso de la repetición y el relato como registro de las acciones. El resultado es una serie de performances y de instalaciones que se generan a través de las órdenes de Covensky, que es, al mismo tiempo, un coach, un mago y un terapeuta. Como en Sade, hay también una sujeción, más allá de que en El método la tortura ha sido reemplazada por otro tipo de control, ligado no con la represión sino con el dejar hacer.

En el libro de Liv Schulman se muestra además la contraposición entre los viejos modos de explotación y la empresa actual, a la que el arte contemporáneo parece ofrecerle un patrón de comportamiento. Las corporaciones usan una retórica cuyo vacío no sólo es evidente sino que también es parte de la comunicación. Usan un lenguaje que comunica en la medida en que no se confía en él y donde todos los interlocutores comparten la misma desconfianza.

A su manera, El método Convensky participa del viejo debate entre la esencia del objeto del arte y el arte del proceso. El libro parece ser el relato de puras acciones: las sesiones arman pequeños sistemas que fluyen y confluyen como un cosmos. Todo está en todo. Es por eso que, si uno lee un fragmento, tiene la sensación de haber leído todo el libro. La novela puede desarrollarse como puro proceso al costo de repetirse una y otra vez.

En un punto del relato aparece una imagen que llama la atención por su fijeza: es el ojo de un pato. Lo único que encontramos inmóvil es ese ojo y al propio Covensky. Esa figura tiene algo de resistencia, algo de indivisible. En este caso no alude al arte sino al órgano de la visión. A lo mejor existe allí la posibilidad de otra mirada que no sea la del método.

 

Liv Schulman, El método Covensky, Tammy Metzler, 2015, 100 págs.

3 Sep, 2015
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