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ARTE

El trabajo. Descartar formas de producción manual y, con ellas, modos de existencia es moneda corriente en la era aciaga del capital. Cuando muchos (puestos de) trabajos se encuentran en vías de extinción, Gabriel Baggio se empeña en retener los saberes y destrezas involucrados en técnicas consideradas obsoletas. Modos de hacer, oficios de construcción que rescata en una tenaz pedagogía cuerpo a cuerpo. Cuando parte del arte contemporáneo se aletarga en sobreactuaciones dóciles del ready-made, Baggio emprende la factura de todo, cual condición de supervivencia humana: “Atravesar la experiencia de hacerse las cosas como posibilidad de pensarse de otra manera”, nos sugiere. En su exposición individual Fabers, la sala de la galería parece un cálido espacio de disección. El proceso de producción de un metro cuadrado de piso calcáreo se despliega completamente de fin a principio. Obra, descartes, accidentes, matrices, pruebas, bocetos, herramientas. Todo lo exhibe en una disposición donde el paso a paso rebota de pieza en pieza hasta llegar al registro primero del aprender a hacer con las propias manos. En un cuarto oscuro se proyectan las lecciones y los tropiezos de las jornadas de trabajo que Gabriel transitó junto a virtuosos hacedores de pisos de cemento líquido en la ciudad de Guatemala (en el marco de la residencia URRA/YAXS durante julio y agosto de 2017). Atento a experimentar con métodos ajenos, se esfuerza por dibujar contornos con soldaduras; se aventura a pintar encauzando fluidos de colores; se anima al manejo algo torpe de la gran prensa a tornillo.

El suelo. Esta técnica de fabricación que no necesita cocción se originó en Francia en el siglo XIX y con la eficacia de los imperios, su producto pavimentó las tierras americanas de norte a sur; desde sus estancias, sus templos y sus edificios públicos hasta sus casas, con sus patios. ¿Qué pisamos desde entonces? ¿Cómo nos paramos sobre esos civilizados y rígidos suelos cultivados con flores extranjeras y sus inertes implicancias? Como una sutil interferencia botánica, el artista planea y ejecuta un trasplante. Corrompe los modelos de belleza naturalizados, interfiere en la iconografía vegetal foránea con una nueva siembra de flores nativas de la pampa: salvia guaranítica, flor de la tarde, clavel del aire. Flores salvajes que Baggio excepcionaliza pictóricamente con cemento y pigmentos en el terreno de la cultura del pavimento.

La equidad. Las artes aplicadas o exentas se igualan. La muestra tiene la virtud de desarmar jerarquías o, al menos, de ponerlas en cuestión. Jerarquías difusas entre los objetos utilizados y puestos en mirada: la gran obra terminada a la par de los bocetos y moldes que se enmarcan; de las herramientas que transmutan en joyas doradas; de los primeros intentos y las pruebas de color que son también delicados cuadros; de los descartes que reingresan a la sala; de los accidentes del proceso de producción que se tensan sobre bastidores inaugurando una subgalería de arte apócrifa. Pero también se exponen relaciones de paridad entre los sujetos en juego, entre sus intercambios de conocimientos y experiencias de vida. La generosidad del maestro artesano con el aprendiz artista, en directa proporción a los secretos revelados por este a los visitantes de la exposición. Desoyendo la potestad del savoir-faire, casi burlándose del individualismo del do it yourself y despojándose del exhibicionismo distante de los tutoriales, el artista aprende y enseña. Baggio nos muestra la belleza del trabajo, como una criatura vulnerable a resguardar. Como lo hicieron Don Moisés y Don Julio, nos comparte una trabajosa belleza, arte de tracción a sangre en tiempos de acelerada automatización.

 

Gabriel Baggio, Fabers, Galería Zmud, Buenos Aires, 21 de marzo – 5 de mayo de 2018.

 

10 May, 2018
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