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Glótica

Nicanor Aráoz

ARTE

Dibujos nerviosos hechos sobre hojas con renglones y cuadriculadas arrancadas de cuadernos espiralados, calaveras adornadas con moños, una mano que emerge de un remolino garabateado por un lápiz negro y sostiene una cabeza con una larga cabellera verde. Decapitaciones, gatos. Una moto echando humo y una pala. Un cuerpo atado a un poste, dos hombrecitos acuchillando a otro que sonríe. Frases y anotaciones… crímenes de guerra, el tiempo está loca, nunca es mucho en cuestión de gatos y pijas. Tienen un ritmo vertiginoso y no apelan al virtuosismo. Tienen tachaduras, borrones, están escritos y dibujados también en su reverso. Del otro lado del panel que divide el galpón de Barro galería se encadena otra escena, donde crece el tintineo inquietante de una música que recuerda la banda sonora de Suspiria de Dario Argento, un ritmo que anticipa asesinatos, presencias espectrales o algo peor todavía, y encarna el miedo mismo.

Una serie de paneles enfrentados contienen sobre su superficie impresiones en blanco y negro de escenas de hombres desmayados o muertos, entregados voluntariamente —o no— a la mirada del otro. Envueltos entre jeringas, mordazas, botellas que podrían haber sido tomadas de archivos forenses o revistas sadomasoquistas. Entre los paneles se sitúa una serie de esculturas realizadas en chapa, madera, yeso, espuma de poliuretano, resina poliéster, neón. La hilera de cabinas Peep show, además de torsos desmembrados, cabezas estaqueadas entre neones y vísceras brotando como lava de cuerpos despedazados, nos recuerdan que la primera aproximación que la Modernidad occidental tuvo hacia ese terreno definido como Arte fue a través de las mutilaciones. Desde la Venus de Milo hasta la Victoria de Samotracia, desde el Altar de Pérgamo hasta los sarcófagos egipcios en el Louvre, la idea de belleza en Occidente no puede ser disociada del desmembramiento y la descontextualización.

Glótica es una exhibición estilizada y precisa. Si el preámbulo de los dibujos nos sitúa en el imaginario adolescente, la urgencia low-fi de una generación que transcurrió entre Belleza y Felicidad y Appetite dibujando y escribiendo en primera persona, haciendo uso de materiales próximos y accesibles, la segunda zona es un viraje hacia la monumentalidad.

Glótica se encuentra atravesada por el ritual. Sadomasoquismo, crucifixiones, un atrapasueños que encadena dildos dobles de cerámica esmaltada con inscripciones en tipografía de banda de heavy metal y estrellas de cinco puntas, y música house, hilvanan una alucinación festiva, una orgía equilibrada. La imaginación gótica a la que alude el título de la exhibición no puede pensarse por fuera de los géneros que han asumido sagazmente la simbolización de los terrores contemporáneos, encarnados en vampiros y zombis.

Los vampiros salen por las noches (y suelen andar de fiesta en bares y escuchar a Bauhaus en The Hunger, o White Hills en Only Lovers Left Alive), buscando sangre y sexo; los zombis, muertos-vivos, deambulan idiotamente a la caza de carne humana para alimentarse. Estas figuras introducen en el cuerpo el síndrome y el campo minado de las guerras materiales e ideológicas que transitamos. Es ahí, en el cuerpo ruinoso, con su sangre, vísceras y afecciones, donde transcurre, entre el humor y la pesadilla, el encuentro con el otro.

 

Nicanor Araoz, Glótica, Barro galería, Buenos Aires, 19 de septiembre – 7 de noviembre de 2015.

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