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La hora americana. 1910-1950

ARTE

La hora americana nos recibe con unas palabras introductorias: sólo en este contexto (político) es posible la relectura de obras olvidadas o subalternas dentro del canon de la historia del arte argentino. Mientras se transita el túnel que antecede a la sala, es inevitable recordar el Monumento a Cristóbal Colón, recientemente retirado del parque situado detrás de la Casa Rosada para erigir otro monumento, el de Juana Azurduy. Si en el caso de los monumentos públicos opera una lógica de sustitución y reemplazamiento desde el centro hacia la periferia y viceversa, en las salas del Museo Nacional de Bellas Artes vendrían a reconsiderarse relatos que han permanecido obturados por una visión europeizante de la historia del arte argentino, para instalar otras variables historiográficas ligadas al americanismo.

Centrada cronológicamente entre 1910 y 1950, la exhibición aborda la construcción de un imaginario americanista en Argentina, y su punto de partida no es otro que el programa ideológico de la Argentina del Centenario impulsado por Ricardo Rojas.

Al momento de observar las publicaciones que se disponen en las vitrinas de la sala, es imprescindible recordar la virulenta respuesta gubernamental de entonces ante la irrupción en el escenario político de la inmigración europea; en ese marco, la Ley de Residencia debería funcionar como una voz en off que no habría que silenciar mientras se visita La hora americana.

En dos extensas salas se despliega un imaginario pastoril, colorido, dócil, en una acumulación de estereotipos andinos que deviene en el montaje de una prolija narrativa de exotismo decimonónico. El Norte argentino equivale a retratar cholas, niños descalzos, curanderos, paisajes hechos de cactus, quebradas y cholas otra vez. La mirada es siempre etnográfica: decenas de retratos de la alteridad.

Lo exótico llega al paroxismo en La Chola, de Alfredo Guido (1924), el retrato de una mujer que lleva su sombrero bombín como un extraño tocado semejante a una mantilla. Su cuerpo desnudo fue debidamente blanqueado para poder ser deseable, erotizado: una chola europea pintada al modo de las odaliscas de Ingres.

Si La hora americana pretende interpelar un presente pluridimensional —político, cultural, geográfico— para posibilitar la inclusión simbólica —siempre en el nivel de las imágenes, del representado— de la Argentina nativa americana, resulta notablemente contradictorio el anclaje ideológico en textos elocuentemente conservadores y exclusivos. Si la interpelación se inscribe en el territorio específico de la historia del arte argentino, resulta llamativa la recuperación de imágenes y textos fijados en un imaginario tan reaccionario, tan colonial.

 

La hora americana, curaduría de Roberto Amigo y Alberto Petrina, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, 11 de junio – 3 de agosto de 2014.

24 Jul, 2014
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