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ARTE

Luces parpadean dejando ver apenas destellos verdes que irrumpen desde la mitad de la sala marcando el ritmo. La oscuridad, los flashes y el crescendo musical recrean la atmósfera de una fiesta. De pronto, al encenderse la luz de tubo se rompe el hechizo y todo se detiene como en el juego de las sillas. Lo primero que percibo son las esculturas de Magdalena Petroni que permanecen de pie en el centro de la sala en una ronda imaginaria. Los tótems de latas vacías apiladas remiten al fin de fiesta y las partes de auto reorganizadas como transformers parecen encarnar un futuro distópico. Su actitud erecta es antropomórfica, su presencia inquietante. No son bellas pero tampoco podría decirse que son del todo feas. Proponen un imaginario espacial y subjetivo marcado por la disolución de las formas, la de-formación y trans-formación. En contraste, embastadas y prolijas, las pinturas que cuelgan de la pared pertenecen a una estética que resulta más cercana y familiar. Completa la sala un object trouve que consiste en la foto de una estatua a la que le pusieron el nombre de la artista y de la prostituta santa. “La Magdalena” no participa del baile de los dioses paganos: pudorosa, su mirada de piedra se dirige al piso.

En la segunda sala, que es en verdad la primera, el universo de El pelele es el que marca el ritmo. Su nombre se desprende del de un muñeco con forma humana que se usaba en algunas ceremonias antiguas populares para arrojar al aire. En esta propuesta, sin embargo, predomina la quietud. Varias telas cuelgan del techo como si fueran jirones de un cuerpo suspendido en el aire. En un rincón de la sala dos arañas batallan o copulan. Me siento observada: eso me devuelve la mirada. Su forma es también la de una máscara o más bien la de un antifaz como los que se usan en los bailes de disfraces. Debajo suyo se entreteje una mezcla amorfa de harina y lana. Lo que me lleva a pensar primero en una ofrenda de pan y luego en Pan, el dios griego de los rebaños y la virilidad. Un ser mixto que oscila entre dos especies: mitad humano, mitad bestia. Su figura de patas de cabra, cola y cuernos ha sido usada para darle imagen al diablo cristiano y poner así un juicio de valor sobre su falta de límites y definiciones. Contrario a la lógica binaria y a la superación de los opuestos, Pan habita en los intersticios del ser. Es en sí mismo una grieta en los discursos totalizadores, un rasguño en su superficie. Sin embargo, en griego “pan” significa todo. Se sabe eso hoy en día porque de ahí toma su raíz la palabra “pandemia”.

Esta exhibición surge de un intercambio entre dos artistas que comparten taller durante la cuarentena, unidxs por el azar de la coyuntura y por una búsqueda similar que atraviesa sus obras: ambxs trabajan en torno a los estados alterados de conciencia. Sus producciones instauran diversas formas de verdad que emergen de las drogas y de los sueños. Y ya se ha dicho: el sueño de la razón engendra monstruos. Pienso el monstruo como monstrum, una especie de designio divino, cuya naturaleza deforme funcionaba para los griegos como una señal del más allá en forma de advertencia. Hoy en día atravesamos una época de encierro y aislamiento que pareciera depararnos un futuro antiséptico muy poco prometedor en términos sociales. A modo de respuesta, esta exhibición se aleja de la normatividad humana y conecta de nuevo con lo sagrado, proponiendo la fiesta como un ritual pagano de liberación.

 

Magdalena Petroni y El Pelele, Rasguño, curaduría de Antonio Villa, La Verdi, Buenos Aires, julio – agosto de 2020.

3 Sep, 2020
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