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Aire libre

Anahí Berneri

CINE y TV

El principal problema de la tercera película de Anahí Berneri es de índole estrictamente coyuntural: surge en un momento específico del cine argentino (o del llamado “nuevo cine argentino”, si este existiera) en que suelen confundirse pudor y cautela (como recursos estéticos, entiéndase) con distanciamiento emocional y asepsia de los procedimientos. La apelación a estos últimos no debería constituir un problema en sí mismo en tanto Aire libre se propone el retrato de una desintegración, pero sus propias características de forma y contenido, considerando que la película entera se presenta como un ejercicio de observación minuciosa, obligan a preguntarse por el sentido de describir esa extinción. Dicho de otra manera: allí donde Antonioni inventó, fijó y clausuró una zona de penumbra, un modo de cine encaminado hacia el silencio que proponía la reconstrucción de las circunstancias que llevaron a él, muchos han fracasado apelando a la disminución de la anécdota (que encubre la falta de ideas argumentales, en algunas ocasiones) y la desaceleración de tiempo y ritmo (que tapa la escasez de recursos narrativos, en otras). La película de Berneri se asoma al quiebre interno en la pareja conformada por Lucía, una arquitecta (Celeste Cid) y Manuel, un ingeniero (Leonardo Sbaraglia), cuyo detonante parece ser la mudanza que emprenden al comenzar el film. El traslado de un espacio a otro instala la vacuidad y el vacío en la relación, que a partir de entonces sólo encontrará alivios agrios, circunstanciales y temporarios. La anécdota es mínima, por lo que cobra especial importancia la manera en que la directora se propone obligarla a tomar forma. Desde la puesta en escena, el cuidado de los detalles y la elección de la dinámica de cámara son elocuentes en cuanto a esa decisión. Aire libre es un ejercicio manierista, hueco por su banalidad —refiriéndonos a lo común y previsible que pueden resultar todas y cada una de sus propuestas y resoluciones formales y no por lo superficial y prefabricado del mundo que describe y en el que se mueven sus personajes— y apenas destacable por lo remanido de sus inquietudes. Su diseño visual, que quiere reforzar signos y presencias sutiles de la crisis, opera muchas veces en contra de las necesidades del relato (o de la ausencia de relato). La película luce, por momentos, recargada como un melodrama a la Douglas Sirk, pero la imposibilidad supuestamente “cassavetiana” de las relaciones que se propone retratar puede no contagiar curiosidad o interés, sino sólo la fascinación algo mecánica, inevitablemente pasajera, que hallaríamos en la contemplación de una pecera cuya agua va enturbiándose de manera progresiva. Es esta caligrafía de laboratorio (potente y luminosa, por cierto) la que ya hemos visto demasiadas veces utilizada para asomarse a las opacidades de los estados de ánimo. En esa inmovilidad apenas vivible, en la articulación apagada de detalles y sobreentendidos, Aire libre encuentra muchos puntos en común (no sólo su actor protagonista) con la notable El campo (2012) de Hernán Belón. Pero lo que en esta era un acertadísimo y siniestro decurso hacia oscuridades más propias del género fantástico que del llamado “cine de la incomunicación” —a esta altura de los acontecimientos, casi un género en sí mismo— en Aire libre aparece lastrado por imposturas y distancias demasiado forzadas, demasiado señaladas como para que, como decía Antonioni, realmente importe lo que falta.

 

Aire libre (Argentina y Uruguay, 2014), guión de Anahí Berneri y Javier van de Couter, dirección de Anahí Berneri, 104 minutos.

5 Jun, 2014
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