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MÚSICA

El genuino encuentro entre músicos es una costumbre en la que Argentina va a la zaga de Uruguay. Es paradójico, entonces, que Buenos Aires haya sido el lugar de la primera conjunción escénica entre Hugo Fattoruso y Leo Maslíah. Mientras Maslíah se formó extensivamente en la academia y concibe tanto la música popular como la “culta” como materiales a ser intervenidos desde el afuera de su peculiar programa estético, el no menos idiosincrásico Fattoruso trabaja desde adentro de los distintos géneros, pero puede incluir en un candombe o en una milonga una construcción de acordes o una disposición melódica que no responden a ninguna otra escuela que a la forjada por su propia imaginación.

Inteligentemente, las dos horas de programa del concierto en el teatro Sha alternaron bloques a dúo con otros individuales. La apertura “Corcheas blancas” encontró a ambos montevideanos partiendo de un mismo motivo de piano —Maslíah, en un Blüthner de cola; Fattoruso, en el convincente patch de un Roland digital—, que se bifurcó cuando el ex Shaker cambió al sonido de un piano eléctrico y luego asignó un timbre distinto para cada una de sus manos. En esta y otras composiciones de Fattoruso, arregladas para la ocasión por Maslíah, se destacó la capacidad de ambos para los unísonos, en especial en los pasajes compartidos en “La papa”, un instrumental de Hugo y su hermano Osvaldo. El sonido de la sala fue deficitario: por ejemplo, Fattoruso tuvo que soportar un monitor que alternativamente estaba muy bajo o muy fuerte; incluso, ante la falta de respuesta, debió correrlo para poder seguir tocando.

En el terreno de los arreglos, lo mejor fue la versión de “Uno”, retitulado por Maslíah como “Uno coma cinco”, en la cual Fattoruso extendía en acordeón cada una de las frases de la melodía: resultó inventivo y gracioso sin ser irrespetuoso. En algunas canciones de Maslíah, no obstante, la contribución del Fatto parecía hecha más a la parrilla, como en “Zamba del desfasado”, que de todas formas superó claramente a la espartana versión original.

La voz singularmente bella de Fattoruso volvió a recordar que “Biromes y servilletas”, uno de los bises, es una canción que le calza mejor a otros intérpretes que al propio autor Maslíah, quien como cantante se caracteriza por su estilo deadpan, por momentos casi sprechstimme, en el que las melodías actúan como mesetas donde se asientan largos textos, como lo ilustró el fragmento que musicalizó de su novela Líneas. Otra pieza de Maslíah en solitario que ejemplificó el personaje que supo crearse fue su rearmonización del primer movimiento de la Pequeña serenata nocturna de Mozart: el arreglo no haría reír si la archiconocida melodía no fuese cantada por él.

Así como el también autor teatral pudo en “Película ciega” recorrer en una serie de pastiches todos los estilos de la música de piano para cine mudo, Fattoruso encaró “Meu mundo caiu”, de Maysa, o “Tierra virgen”, de sus compatriotas Toto Méndez y Carlos Morales, con la misma naturalidad con que revisitó las propias “Mi prima Mabel (el júbilo)” o “Afroexpress”, donde invitó a sumarse en tambor piano a Albana Barrocas, con quien forma el HA Dúo.

Neo, el debut de este proyecto de teclados y percusión, se acaba de editar en nuestro país junto con otros dos discos vinculados a Fattoruso: la reedición de Montevideo dos (1999), de Rubén Rada, donde los compañeros en Opa comparten arreglos y producción, y la compilación de Jaime Roos Cine Metropol, música para cine, TV y teatro que incluye varias participaciones del Hugo.

Sólo queda esperar que Montevideo ambiguo tenga continuidad, para que así Fattoruso y Maslíah exploten las posibilidades arreglísticas que logran ese plus que convierte un muy buen recital como este en mucho más que la suma de sus partes.

 

Hugo Fattoruso y Leo Maslíah, Montevideo ambiguo, Teatro Sha, Buenos Aires, 3 de mayo de 2014.

5 Jun, 2014
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