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CINE y TV

Su engañosa y turbia animación stop motion le otorga a Anomalisa un look ciertamente opresivo, al tiempo que le presta una manera curiosa de asociarse con lo real. Esta es una película sombría que incorpora la angustia suplementaria del anacronismo técnico para hablar sobre el miedo a un mundo que está dejando de ser concreto, construida sobre el pánico escénico que las extrañas mediaciones de diseño han contagiado a nuestra vida de relación. Sorteado el principal escollo de su propuesta —esto es, imponer su incomodidad y hacerse “tolerable” para el espectador desprevenido que muy probablemente espere encontrar en un “dibujo animado” cualquier cosa menos esta triste maqueta de espejos poblada por muñecos que sufren—, Kaufman y Johnson se agazapan en una libertad absoluta y nos van llevando de a poco hacia los múltiples derivados de un estado de gracia que consiste, principalmente, en cifrar afectos que giran en el vacío y extrañar las formas más retorcidas de la melancolía. Dos aciertos fundamentales le otorgan a esta rarísima propuesta una contemporaneidad fulminante y la apartan de cualquier resonancia quejosa sobre las distintas formas en que el cine contemporáneo colecciona relatos sobre la tristeza de un mundo hiperconectado pero, al mismo tiempo, hundido en la música serial del anónimato colectivo: donde algunos piensan que alcanza con poner a Bill Murray con su cara de oso triste, Kaufman y Johnson dan cuerda a juguetes enfermizamente románticos y mueven los hilos de marionetas que respiran dolor con dos de las voces más intensas que el cine nos haya dado en mucho tiempo. Y donde suele haber canchereadas psicoanalíticas, cinismo y una mutliplicación hiperbólica de un sentimentalismo tibio e inofensivo (ver cualquiera de las últimas películas en las que Al Pacino hace de sí mismo, por ejemplo), Anomalisa se inflama de simpatía y ternura cuando pone a sus criaturas a cantar —Jennifer Jason Leigh y su versión atenuada, casi dormida de “Girls Just Wanna Have Fun” es uno de los grandes momentos cinematográficos del año—, o cuando las deja hablar en un cuarto de hotel hasta quedar completamente desnudas mucho antes de empezar a quitarse la ropa. Como primer gesto de gentileza hacia el espectador (no va a ser el único), esta gran película sobre el desamparo comienza en un aeropuerto, en otro lugar; se extravía en el espacio y el tiempo como para darnos la mínima esperanza de que su realidad no sea exactamente la nuestra, mientras sugiere que no hay memoria de la especie si una época no sabe —todavía— lo que tiene para decir. Tal vez por ese motivo, lo que puede adivinarse de nuestro mundo en ese aterrador circuito de no-lugares que es Anomalisa debería ser apenas el detalle de entrada a esta paralela inquietante, tan oscura e impredecible como un accidente cerebral.

 

Anomalisa (EEUU, 2015), guón de Charlie Kaufman, dirección de Charlie Kaufman y Duke Johnson, 90 minutos.

24 Mar, 2016
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