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Un lugar para vivir cuando seamos viejos

Ana Gallardo

ARTE

Ciertas obras tienen la capacidad de mantenernos inmóviles buscando la razón por la cual nos convocan. Producen en nosotros una amalgama de ideas, recuerdos, asociaciones; nos hacen sentir que estamos en el lugar de otro. La obra de Ana Gallardo tiene un registro social que inmediatamente interpela. Recuerdo el verde encendido de aquella instalación sobre el aborto clandestino en la que durante días un mural de perejiles se fue marchitando en las paredes del Centro Cultural Recoleta. La voz de los otros, el relato, las imágenes del lugar de origen de su tío, los muebles impregnados de historia, la empatía con los expulsados de la normalidad social, los desclasificados y la larga cadena de quienes quedan suspendidos en la historia de las vidas desamparadas, sin instituciones que los protejan y sin las únicas formas de empatía que una sociedad de afectos tabulados puede garantizar a los que no han acumulado prosapia, currículum, riqueza (prostitutas, ancianos, asilados, desposeídos). Coincido con la urgencia de esas obras. Sin embargo, no fue esto lo que me detuvo frente a tres piezas de su exposición antológica en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Fueron aspectos que tienen que ver con una dimensión dislocada, de reducción o de exceso.

El primero provino del momento en que escuché, leído por ella, sin un texto para seguirla, su currículum. Una obra sencilla. El desajuste proviene del contraste entre el descomunal despliegue retrospectivo y el relato de un itinerario por subempleos subsidiarios, de asistencias en galerías, en ferias, de venta al menudeo, promociones en la calle y, aunque ella no lo dice, completa inestabilidad. Pone en evidencia el absurdo mundo del arte, que expone en un museo y en una sala principal a una artista que siempre se mantuvo en los márgenes. Sentimos esa conmiseración estereotipada que entiende que el artista no es un trabajador de lo que hace, su obra, sino un ser desprotegido al borde del derrumbe. Para la sociedad no es un trabajador. La obra casi siempre se realiza a pesar de esta indiferencia. El sociólogo de la cultura Pierre Bourdieu explicó en miles de páginas cómo se articula el poder en el mundo de la cultura y del arte. Los pocos minutos del relato del currículum de la artista compactan esos complejos engranajes.

El fragmento de su diario, excavado en un muro entre el zócalo y el techo, de pared a pared (persistencia, rabia, exceso), en el que cuenta el fracaso de una residencia artística en México que la llevó a tener que ver el cuerpo abandonado de una anciana, sumerge en la tristeza. Es despiadada consigo misma, porque el texto no la muestra feliz ante esa tarea inesperada. Insulta, en la intimidad del diario convertido ahora en mural público, a quien le impone que el proyecto artístico vendrá después del contacto con ese cuerpo. Aunque queremos huir, la extensión física del texto, la obstinación del excavado, nos hacen permanecer hasta terminar la lectura. Las imágenes dislocadas tomadas con una cámara clandestina que captura las manos de la anciana buscando, en el parque, el contacto con otra piel, vuelven evidente el punto más extremo del abandono en el que tocar se vuelve urgente. Una forma de transmitir vida.

El inmenso memorial que le dedica a su madre, ritmado por el texto, la puesta escenográfica, la historia que allí se cuenta, fusión de tristeza, felicidad, espera, decisiones, hace del dispositivo ritual del arte de la memoria colectiva un lugar de identificación con la memoria privada. Nuevamente la desmesura del dibujo que ocupa todas las paredes de una extensa sala, el tránsito por un espacio estrecho entre el texto y la imagen, entre la ausencia de imágenes y el exceso, nos llevan a ser parte del homenaje. Allí somos ella.

 

Ana Gallardo, Un lugar para vivir cuando seamos viejos, curaduría de Victoria Noorthoorn, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 28 de noviembre de 2015 — 4 de abril de 2016.

24 Mar, 2016
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