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La apertura de Gravedad, de Alfonso Cuarón, es un viaje conmovedor por el espacio, ese paisaje aterrador que se activa con sólo imaginar todo lo que no se sabe de él, y por lo que siempre es mejor negarlo. Los astronautas de una misión al Hubble flotan sin otros inconvenientes que los del electricista al que se le ha dado la tarea de empalmar dos cables. La estación los apoya, al modo del caballo atado al palenque. Pero la escena de mano de obra interestelar y el efecto poético de la suspensión –la vida en slow motion del astronauta– se interrumpen por una tormenta de chatarra.
El desastre deriva en dos realidades:la de la percepción del daño, en la que los cadáveres agujereados como muñecos no nos privan de un instante de recreación snuff; y la del optimismo cerrado del astronauta Kowalsky (George Clooney), cuyo encanto tiene algún nexo con la psicosis de Buzz Ligthyear, de Toy Story.
En medio de ambas, la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock) comienza su carrera de supervivencia. Esquiva otra tormenta de chatarra que la sorprende a la “intemperie”, monta dos bólidos de aterrizaje (uno chino, el otro ruso) y regresa a la Tierra en una cápsula que no alcanza a hornearla del todo en su roce con la atmósfera. Los primeros pasos –de bebé– que da en una costa desierta con su hermoso cuerpo atrofiado por la gravedad nos traen recuerdos de las criaturas de Avatar (2009), luego de habernos traído los de la agente Ellen Ripley, de Alien (1979).
Pero debe reprocharse menos la posición groupie de Cuarón en relación con James Cameron (que le dio la plataforma tecnológica para lo que más se celebra de la película: lo que no narra), que haber desaprovechado el viaje en el espacio como motivo de una reflexión sobre el tiempo. La física, a semejante escala, es una metafísica. Pero Cuarón cortó por lo sano y sólo reportó, desde el punto de vista que contempla el mundo y la insignificancia que le corresponde, el factor belleza. Detrás de ese homenaje cinematográfico o museológico –el mundo como arte–, se asoma una apología de la gravedad que, en el sistema de Cuarón, parece representar la razón contra el delirio de no tener los pies sobre la Tierra. En una película pequeña acerca de la inmensidad no podía esperarse otra cosa que el triunfo –individual– de la grandeza humana.
Gravedad (Estados Unidos, 2013), guión de Alfonso Cuarón y Jonás Cuarón, dirección de Alfonso Cuarón, 90 minutos.
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