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House of Cards

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CINE y TV

Los creadores de House of Cards lo han admitido ya muchas veces: la serie es un cóctel de tres obras, tres tragedias de Shakespeare. Hay mucho de Ricardo III en sus guiones, bastante de Macbeth y una pizca de Otelo. La historia de Francis Underwood, el protagonista que encarna Kevin Spacey, también es la del sueño americano: joven de clase trabajadora de Carolina del Sur que escala por sus propios medios a lo más alto del Congreso de los Estados Unidos, y por lo tanto, del poder mundial. Junto con su mujer, Claire, interpretada por Robin Wright en una versión actualizada de Lady Macbeth, de modos suaves y temperamento gélido, forman una unidad de poder imbatible, capaz de enfrentarse a adversidades políticas y personales de todos los tenores. El matrimonio Underwood es el pilar sobre el que se sostiene la serie, el ojo del huracán. Su retórica no es sólo la del poder y la inevitable soledad de la cima, también es la de la ascesis y la santidad: para llegar a lo más alto hay que desprenderse de todo lo que nos ata al mundo de los mortales. En las temporadas anteriores, en sintonía con ese camino de sacrificio, Francis dejó de frecuentar su restaurante y escondite favorito —un tugurio propiedad de un ex gangster entrañable— y Claire tuvo que deshacerse de la forma más dolorosa de su amante, un fotógrafo humanitario que la apreciaba sin dobles intenciones. La nueva temporada, lanzada completa por Netflix en febrero, avanza sobre dos ejes contrapuestos y en tensión constante: el mundo de la política exterior norteamericana y la esfera íntima de los Underwood, que empiezan a experimentar un gradual pero palpable desencanto con el poder y consigo mismos. Los momentos más intensos, lejos de la (ciencia) ficción política y el ritmo de thriller que aportan algunas de las subtramas, son aquellos en los que se tambalea el pacto de confianza inquebrantable que mantenía unido al matrimonio. Promediando la tercera temporada, Francis y Claire enfrentan el conflicto más importante de su relación en un viaje en el avión presidencial. El episodio termina con él mirando a la cámara y preguntándonos furioso: “¿qué miran?”. Porque en House of Cards, Underwood rompe la cuarta pared. Como Ricardo III, se dirige a nosotros para incluirnos en la obra y hacer de sí mismo un villano simpático. Y con intervenciones de ese estilo, que nos colocan de golpe como espectadores en el lugar del voyeur, Francis parece mover los hilos tanto dentro como fuera de la ficción. ¿Qué somos, entonces, cuando miramos House of Cards? Somos alternativamente testigos, confidentes, mirones. Somos lo que Francis quiere que seamos. El televidente ávido, el que ya sabe cómo termina la tercera temporada, sabe también que los guionistas tienen por delante el trabajo más difícil hasta ahora: mantener viva nuestra atención después de haber tomado una de las decisiones argumentales más arriesgadas con la tosca división de ese núcleo de sentido que formaban los Underwood. ¿Será House of Cards una tragedia moderna? Sólo esperamos que la cuarta temporada nos obligue a quedarnos para averiguarlo.

 

House of Cards, guión de Beau Willimon, dirección de David Fincher, Media Rights Capital / Netflix, 2013 – .

 

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