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CINE y TV

Ida es un film monumental en el sentido menos ostentoso y lapidario del término. El décimo opus del realizador polaco Pawel Pawlikowski explora acontecimientos y hace sentir el peso de las ausencias que convoca sin que en ninguno de sus escasos ochenta minutos de duración las necesidades estéticas de la obra se vean trabadas o entorpecidas por las especificidades de su espacio de consumo, que es, concretamente, el del cine referido al Holocausto. En ese sentido, opera como un saludable manifiesto frente a la vertiente más reciente y demagógica de la tendencia que veda y elude el problema de la representación escudándose en señuelos melodramáticos (La lista de Schindler —1993— o El niño del pijama a rayas —2008—) o invirtiendo y distorsionando el sentido de los actos mediante la apelación a taras y desmanejos (La vida es bella —1997—) que algún día sabremos si fueron inocentemente involuntarios o específicamente calculados. Con independencia de la naturaleza del impulso, se sabe que el paso en falso en terreno tan delicado desemboca sin atenuantes en la nunca demasiado tensa red de la abyección, riesgo pegado al tema sobre el que Pawlikowski vuelve con la sensibilidad necesaria para hacer respirar entre nosotros aquello que las imágenes nunca muestran. Pocas veces a lo largo de su historia el cine ha logrado acomodar la deflagración de un modelo de civilización a los ojos de un único personaje, y si aquí la historia de Anna —una novicia de la Polonia católica que, a punto de hacer sus votos, es enviada a conocer a su tía Wanda, quien, para su sorpresa, guarda un secreto familiar horrorosamente vinculado a sucesos ocurridos durante la ocupación nazi— refiere a un área de retiro íntimo que intensifica los efectos devastadores de la revelación, la audacia y el mérito de Pawlikowski radican en su maestría para medir los efectos de una sobrevivencia sin ceder a imposturas deliberadas y escénicas, para verificar y constatar el estatuto de lo permanente en un país donde los horrores de un proceso (el de la ocupación alemana) fueron históricamente licuados por los de otro (la consolidación del régimen estalinista) en una extraña y aséptica solución de continuidad. Lo llamativo del caso es que aquí no resulta necesario convocar las imágenes emblemáticas de la memoria cinematográfica universal (Noche y niebla —1955— y Shoah —1985—, por citar dos ejemplos obligatorios) porque, en su obstinación por negarle a la Historia su rol de simple proveedora de motivos, Ida interactúa mejor con películas más recientes con las que comparte austeridad, contundencia y determinación. Con La cinta blanca (2009) de Michael Haneke —nota al pie del rigor autoritario de la moral protestante como germen original del nazismo— y La cuestión humana (2007) de Nicolas Klotz —trama sociológica montada sobre el descubrimiento de la carta fechada el 5 de junio de 1942 en la que ingenieros berlineses proponen modificaciones técnicas para la mayor eficacia de los camiones Saurer encargados de eliminar por asfixia a los judíos de Ucrania y Bielorrusia—, integra una suerte de trilogía involuntaria que obliga a mirar el futuro de la humanidad como un tiempo indefinido y en suspenso.

 

Ida (Polonia y Dinamarca, 2013), guión de Pawel Pawlikowski y Rebecca Lenkiewicz, dirección de Pawel Pawlikowski, 82 minutos.

3 Jul, 2014
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