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La vida de Adèle

Abdellatif Kechiche

CINE y TV

“Soy mujer y cuento una historia”, lee una compañera de Adèle del liceo en una de las primeras escenas de la película, y el profesor la interrumpe para que vuelva a leer la frase con más ímpetu. En La vie de Marianne de Marivaux, le explica, se trata de una verdad: una mujer cuenta su historia. “Es una verdad”, insiste, y la frase queda vibrando sobre el primero de los primerísimos primeros planos de Adèle que ocuparán al menos dos horas de las casi tres de la película, tratando de darle verdad fisionómica y gestual a la historia de iniciación lésbica con la que el tunecino Kechiche y sus dos actrices ganaron la Palma de Oro en el último Festival de Cannes y encendidos elogios de la crítica. El desafío queda así de claro desde el comienzo, y Kechiche y Adèle Exarchopoulos consiguen a dúo, cuando no en trío con Léa Seydoux, la nada desdeñable proeza cinematográfica de contar los infinitos avatares sentimentales de la pasión amorosa a través del rostro. Pero el torbellino pasional no se reduce a la elocuencia muda de los rostros. Hay también atléticas escenas de sexo que abrieron debates de lesbianas y feministas sobre la improbable verdad del sexo entre dos actrices heterosexuales filmadas por un director hombre y, aunque la objeción naturalista es pueril, queda demostrado una vez más, por si hiciera falta, que verdad y sexo son incompatibles en el cine.

De la frase que subraya en el comienzo, sin embargo, Kechiche parece haberse concentrado en el “Soy mujer” y relegado el “cuento una historia”. Porque ¿qué cuenta La vida de Adèle más allá de la iniciación lésbica? Los mil matices expresivos de la actriz se diluyen en el trazo grueso de las diferencias sociales y culturales que llevarán al desencuentro de las amantes, resumidas en la caracterización tópica de sus respectivas familias: los padres de Adèle comen espaguetis mientras miran televisión en silencio; los de Emma atesoran obras de arte y comen ostras elegidísimas. La “verdad” del mundo de Adèle, maestra jardinera, a gusto con la espontaneidad candorosa de los niños, contrasta con la impostura presuntuosa del círculo de Emma, artista ascendente, atenta a los favores de un galerista de renombre. Más que las escenas de sexo, la caracterización misma de Adèle –la voracidad sexual de una maestra jardinera– recuerda el esquematismo narrativo del porno. Pero también la “verdad del rostro”, cristalina en la escena en que Adèle se sonroja ante el primer atisbo de deseo lésbico –la mejor de la película–, acaba por esfumarse cuando la cámara no sólo la sigue para registrar los pliegues del sentimiento, sino que simplemente se complace en mirarla (Adèle con el pelo recogido y suelto, Adèle con anteojos, Adèle flotando en el agua…) o en variar infinitamente el repertorio más remanido del voyeurismo en el cine: Adèle baila cinco veces en la película en un espectro de ritmos que va de Likke Li al mambo y la música africana.

Razonablemente arrobados ante el rostro proteico de Adèle, los espectadores y los críticos (una corporación, por motivos todavía inexplicables, eminentemente masculina) parecen olvidar que esperaban algo más que un recambio de preferencias sexuales y un tour de force del primer plano para la vuelta del amour fou a la pantalla francesa. Si lo que se juzga es la verdad cinematográfica de un torrente de pasión, ¿cuántas palmas de oro hubiera entonces merecido John Cassavettes?

 

La vida de Adèle (Francia, Bélgica y España, 2013), guión de Abdellatif Kechiche y Ghalia Lacroix, dirección de Abdellatif Kechiche, 179 minutos.

 

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