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La vida de Adèle

Abdellatif Kechiche

CINE y TV

Si hubiera –por suerte no lo hay– un sistema sencillo destinado a la elaboración de juicios por el cual el cine se dividiera en películas que buscan el “efecto arte” o el “efecto vida”, La vida de Adèle, de Abdellatif Kechiche, sería el no va más entre las segundas. Con una salvedad: que aquí el efecto vida es un logro que se desprende del efecto arte.

Sin sostener el mismo ánimo ideológico que le ha dado fuerza a la historia del naturalismo cinematográfico y literario, un ánimo superficial y reduccionista instigado por la emulación (que el arte se parezca a la vida, que sea su maqueta), la película de Kechiche se hunde en las profundidades a las que el naturalismo, que siempre se desvivió por el cuadro sociológico y el fresco intimista –organizado en términos de intimidad pública–, nunca pudo llegar.

Esta historia, en la que el arte no se parece a la vida sino que la efectúa, es la de una relación amorosa entre dos hermosas mujeres disonantes: Emma (Léa Seydoux), una artista plástica bastante mala, con ideas pueriles e interesadas sobre casi todo lo que la hace reflexionar, y que se va deslizando “hacia arriba” gracias a una estrategia hipócrita de relaciones, el arma burguesa de mayor eficacia a la hora de amasar el triunfo personal; y Adèle (Adèle Exarchopoulos), de perfil práctico (conoce a un único pintor: Picasso) y que sólo aspira a un empleo de magisterio.

Las diferencias saltan a la vista pero las equilibra la pasión. Sus encuentros se parecen a choques de trenes en los que el sexo es no más que el consumo industrial de la pasión que lo enciende. Desde el primero de esos choques, que han sido tan comentados, queda claro que Kechiche ha intentado representar la pasión sustrayéndole el elemento pornográfico. Porque así como la pornografía es el sexo que quiere hacerse ver (es el sexo de la antiintimidad), la pasión de La vida de Adèle oculta el sexo mientras ocurre. Las cosas suceden en un clima de escurrimiento, de desaparición, de agotamiento, imposible de ser representado. Directamente no se ve lo que está pasando. Sin embargo, Kechiche se las ingenia para darnos una idea de un modo indirecto pero duradero (la historia dura tres horas) a través de Adèle, el agujero negro de la película.

La Adèle de Adèle Exarchopoulos, una de las actuaciones “de rostro” más extraordinarias de la historia del cine, encarna la pasión cuando sufre sus efectos (las causas de la pasión quién sabe dónde están), todos ellos concentrados en dos ideas que siempre se acompañaron como la cima y el abismo: la idea del todo y la idea de la nada. Los desniveles de sensibilidad que actúan sobre Adèle lo hacen en el más absoluto silencio –el silencio hiperdescriptivo del primer plano– y nos dan, como otro producto del “efecto vida” en el arte de Kechiche, la biografía y la autobiografía más penetrantes que hubieran podido hacerse sobre cualquiera de nosotros.

 

La vida de Adèle (Francia, Bélgica y España, 2013), guión de Abdellatif Kechiche y Ghalia Lacroix, dirección de Abdellatif Kechiche, 179 minutos.

 

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